Bueno, creo que ahora entiendo

por qué nadie entiende mi pregunta.

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Amigdalatrópolis (2025), de B. R. Yeager, es un libro donde los lenguajes cubren la función de simular una exposición de textos trabados simultáneamente en miles de pantallas electrónicas; mensajes conformados –con diseños textuales distintos– cuyos emisores (narradores-usuarios) y destinatarios (narratarios) son personajes identificados con un mismo código de referencia: /1404er/.

Ya desde la portada del libro se nos advierte lo siguiente: “Esta novela propone una inmersión en las corrientes más oscuras de la cultura online. Leerla puede afectar su sensibilidad”. Efectivamente, hay mensajes que pueden provocar diferentes reacciones en el lector. Son mensajes que concurren en los fondos oscuros de la Deep web: “Con ella ni siquiera se sentiría como sexo, ni como violación (si tuviera que violarla). Sería una nueva comunión, como con todas las cosas que amaba bajo la cara del Ordenador. Quizás ella siempre soñó con tenerlo sobre su cuerpo”. Todo esto lo acota una de las voces narradoras, tras saber que hay alguien que ha estado pensando en violar a su propia madre. Una historia que se va entregando por episodios breves, como otras tantas historias, que se enredan con voces excéntricas y con estilos de escritura diversos. 

De entre todo este entretejido textual, se puede constatar la simulación de quien intenta ingresar por primera vez en la Deep web: “Pero no sé ni lo más básico, o sea, [¿]cómo entro? obviamente sé que en la Deep web hay drogas, piratería, hackers, porno, cosas nazis, instrucciones para hacer bombas, cómo fabricar armas [,,,]”. Con este índice de asuntos trabados en la oscura red, ya uno puede decidir si continuar explorando en todos esos recovecos del “alma social”, la cual anima a que sucedan, en estos tiempos de globalidad, los expresivos y aberrantes flujos de significación.

No deberíamos estar aquí –se abre así la página en que se inicia el ingreso a la Amigdalatrópolis. Nunca deberíamos haber llegado. Pero somos nosotros, nosotros en lugar de esas planicies talladas a mano flotando a la deriva por el aire. Estos son los lugares donde podemos entregarnos a lo impensable, a lo que no nos atrevemos siquiera a imaginar.

¿Quién o quiénes podrían ser parte de este nosotros en que se expresa dicha voz? No es posible saberlo. Lo cierto es que esta expresión nos coloca ante la posibilidad de un encuentro con lo “impensable” y a vernos ante nosotros mismos mediante la cuestión que dice, ¿qué sería eso a lo que no nos atrevemos siquiera a imaginar?

Por principio, habría que preguntarnos: ¿qué es lo impensable? ¿Cómo evidenciar eso que puede ser considerado impensable? La primera cuestión nos lanza hacia una realidad colmada de oscuridad y silencio; la segunda, muy probablemente, nos conduce por entre los espacios del recuerdo y la desmemoria. No obstante, una y otra cuestión hacen que aceptemos la idea de que lo impensable subyace dentro de los virtuales juegos que dentro del lenguaje humano laten para ser creados y expresados.

Por el contrario, la imaginación se realiza con base en los archivos de la historia y de la cultura. La imaginación es una síntesis que se da entre conocimiento y recuerdo, así como entre memoria y cultura. Por tanto, imaginar lo que no nos atrevemos siquiera, sería tanto como hacer expresable y visible todo eso que dentro de nosotros ocurre de una manera inquietante y escandalosa. A diferencia de lo que ocurre en la imaginación, en la realidad del afuera son hechos que acontecen y se expresan mediante formatos de referencia sociocultural heterogénea.

Las manos de su madre siguieron golpeando la puerta. Una leve repetición de golpes, a veces de arañazos. Ya era la tercera vez en el día. /1404er/ guardó silencio. Su negativa a responder le dio inicio a un loop. El deseo de su madre era la fuerza activa; dedos que tejían una cinta de Moebius.

Al entrar en Amigdalatrópolis va uno paulatinamente enfrentándose a todo eso que otros se atrevieron a imaginar, primero y luego, a realizar: “Este tipo violó a dos mujeres, sacó fotos, hizo unos videos y vendió el contenido que obtuvo mediante chantaje”.

Por otra parte, en I hate the internet, Jarett Kobek enmarca su novela con el siguiente paratexto, del cual cito sólo una parte:

El capitalismo, el hedor repugnante de los hombres, los anacronismos históricos, las amenazas de muerte, la violencia, la esclavitud humana, la cultura popular pasajera, la desesperación, la burla desenfrenada hacia los ricos, las amenazas de violación sexual, las versiones débiles del pensamiento epicúreo, la industria del cómic, la muerte del intelectualismo, ser mujer en una sociedad que odia a las mujeres, el populismo […]

Todas estas expresiones y otras más que he omitido, son la materia que Kobek utilizó para escribir su novela, con múltiples microhistorias que funcionan “argumentativamente” para asentar el por qué su “odio a internet” y por qué la novelística actual corre –según él– en dos vías: como bad novels y como good novels; las primeras serían todas aquellas historias que buscan poner en crisis los diversos sistemas de valor social –mostrándolos como sistemas inaceptables de perversión social–, en tanto que las “buenas novelas”, serán aquellas que, por el contrario, asegurarán, mediante sus historias, que los diversos sistemas de valor han de continuar prevaleciendo en el complejo mundo donde los cuerpos y los pensamientos, las sensaciones y las sensibilidades son formas de inversión que sirven para satisfacer un capital de deseos según la especie.  

Por otra parte, Mónica Ojeda, en su novela Nefando (2019), advierte que: “Todos los problemas sociales de nuestro mundo existen en la red: el robo, la pederastia, la pornografía, el crimen organizado, el narcotráfico, el sicariato… La única diferencia es que en el cibermundo todos nos atrevemos, al menos una vez, a ser criminales o moralmente incorrectos”.

Ya es moneda corriente decir que las redes sociales se han convertido en las redes de la desesperación y del odio, del insulto y del halago mezquino, del engaño y de la estafa; todo esto, como expresiones hechas con la fuerza que les da –a muchos usuarios– el “anonimato”.

Antes de internet, el espacio público y el espacio privado sólo mantenían dos clases de frontera: la urbana y la rural. Hoy, el espacio virtual ha venido borrando múltiples fronteras; hoy, al parecer, lo más íntimo ha ido borrándose como frontera entre lo privado y lo público. Ingresar a la realidad online es ingresar al difuso mundo de los interiores fantasmagóricos y del cual, al salir de allí, nos percibimos con la sensación intensa que hace vernos, de pronto, dentro de una realidad inmensa y silenciosa para los ojos, cuyas formas y colores hacen que experimentemos el gran vacío por el que se nos va yendo tristemente la vida.

/1404er/ no midió las horas, los días, ni el estado de su cuerpo. No sentía hambre ni fatiga. Ahora estaba en otro lugar. Un lugar separado de sus paredes, de su dormitorio, de su casa, del Ordenador y su historia. Apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio y contempló el azul infinito: el cielo sobre el Paso de Hirasawa, las 9:04 pm de su ciudad.

A semejanza de este otro personaje, salir de la realidad online hace que las cosas del afuera aparezcan como los límites de un territorio, desde donde es posible que contemplemos el azul de un cielo infinito que rodea la cima de otro espacio finito, del cual sabemos el nombre del lugar, y lo sabemos en un tiempo definido por el reloj, analógico o electrónico.

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