Los parientes de Tuima esperaban sentados por el oriente,
los parientes de Tsekurum esperaban sentados por el poniente,
por el sur los familiares de Kilái,
por el norte los de Wiiyeme,
y más allá, alrededor, estaban los visitantes.
En Tepari

En el libro de Gabriel Pacheco: Tepari (2024), la realidad del mundo se vive en dos dimensiones temporales: el tiempo eterno, que proviene del fuego ancestral y que es cuidado y alimentado por el canto del sabio wixárika, y el tiempo finito, propio de la vida de los humanos, quienes duran “solo un instante en la tierra y luego desaparecemos sin conocer el mundo eterno”. Esta manera de vivir en el mundo wixárika resulta extraña, difícil de comprender para quienes no somos parte de esa cultura. 

Cuando ingresamos en el mundo de Tepari, lo hacemos en el momento en que Maxa Yuawi, también llamado Kilái, acaba de despertar. Este hecho nos permite atender el instante en que la realidad no está todavía percibida con las tenazas de la vigilia. Es por esto que “Hasta un rato después [Kilái] se incorporó para ocuparse de su sueño”. Un ingreso así, es como aceptar que la realidad no será expresada única ni necesariamente según la perspectiva ordenada que dan la razón y la vigilia, sino que también podrá ser observada y expresada desde el sueño y desde un inconsciente colectivo alimentado con mitos, leyendas y narraciones mantenidas por la memoria de un pueblo y de una cultura en absoluto occidental ni occidentalizada. 

Por tanto, visitar el mundo al que nos da acceso Gabriel Pacheco (Iritemai), desde su condición de wixárika, de poeta, narrador, traductor y profesor de literatura prehispánica, es tanto como hacerlo bajo la idea y dentro de un imaginario experimentado en la extrañeza –para quienes no somos wixaritaris–. Extrañamiento que llega a ser abismal, por cuanto la sensación de extravío y de incomprensión de esa realidad wixárika hace que uno se pierda ante la ausencia –según sus referentes de valor social y cultural– del mundo occidental y occidentalizado.

Es el caso de cómo habría que entender el inicio o el principio de una historia o de un mito, o del libro escrito por Gabriel Pacheco, cuando sabemos que hubo un momento, un instante en que ingresamos a una realidad de mundo llamada, de manera sintética, Tepari. Resulta extraño que, cuando ya hemos ido avanzando y leyendo diversas historias del relato en torno a distintos acontecimientos históricos (la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera), nos encontremos, de pronto, dentro de un texto de inicio original entramado con diversos órdenes narrativos, que parecieran provenir de una memoria ancestral:

Durante su peregrinación las divinidades identificaron la meseta más alta de la sierra considerándola Casa de Nuestra Madre Tierra, lugar que albergó por tanto tiempo a los principales buscadores del mundo terrenal para establecer su pueblo. Los nativos no dudaron en llamar a ese pueblo Taatei Kie, haciendo alusión al espacio único y exclusivo de la divinidad femenina dueña de la tierra, en su lengua wixárika.

[…]

Kilái había nacido en esa meseta en medio de la trifulca revolucionaria. Ahí pasó su infancia, aunque sólo por un breve tiempo. Los malvados revolucionarios opacaron su juventud antes de que pudiera dejar descendientes en ese lugar. Muy temprano aprendió a evadir los enfrentamientos de las partes en conflicto. Nunca lo agarraron porque sabía esconderse entre los arroyos y los matorrales.

Con base en lo que acabo de citar, podemos notar que las jerarquías de los hechos narrativos, distribuidos según un orden histórico, en absoluto se corresponden, porque el orden de los hechos no está según una visión histórica occidentalizada, sino según una visión mítica, en la que es el espacio lo que más importa –por sobre la dimensión temporal– para relacionar tales hechos.

No obstante, o mejor, por esto mismo, el relato se vuelve extraño, porque quien lo organiza no siempre es –sólo y nada más– un narrador, sino que, también, quien participa en el relato es la voz de un poeta. En este sentido, podemos leer esto que dice: “eran ya cuatro días seguidos que el fuego no ardía normal, crepitaba y aventaba chispas de malos augurios. Justo a los cinco días de que las chispas sonaban raro ocurrió la desgracia. Por el lado donde están los tepames aparecieron los malvados”.

El espacio, los objetos que ocupan el espacio y las personas que en ese espacio viven y deambulan, son realidades comprendidas con el valor de lo sagrado. Quienes ven un río y nada más que un río –por ejemplo, los occidentales y los occidentalizados–, para el wixaritari es un río de aguas sagradas. Y lo mismo puede acontecer con los objetos; sean montes, plantas, animales y ciertas cosas de uso cotidiano, poseen el carácter de lo sagrado.

El espacio que es la tierra, y la tierra que es el mundo para los wixaritaris que allí habitan, hay zonas de significación diferenciada: 

A Kilái no lo trajeron a Xatsitsarie, las autoridades decían que ahí debía ser velado y sepultado cristianamente. Tuima se opuso rotundamente argumentando que él debía quedar entre los suyos en Kutsaraita, como el gran señor de la comarca de Tukipa, donde entregó su amor verdadero y su lealtad a su pueblo, y debía estar ahí al cobijo eterno de sus dioses de Kutsraita.

Los habitantes de esas regiones huicholas conllevan una historia cuyas visiones se interpolan y se extrapolan según se trate de ciertos acontecimientos y de ciertos posicionamientos, de tal manera que con todo ello podemos descubrir un mundo apreciado con el valor de lo sagrado (wixárika), al mismo tiempo que con el valor de lo económico (mestizos), y entre lo sagrado y lo económico inevitablemente se entretejen un interés político y un credo institucional: municipios e iglesia católica; y por sobre todo esto, el complejo cultural alimentado y nutrido con sus mitos, leyendas y toda una historia expuesta en el entretejido de ritos y de ceremonias, de rituales y de fiestas. 

Desde mi punto de vista, la mayor fuerza que me atrajo del texto de Gabriel Pacheco, y que me hizo padecer el extrañamiento en su máxima profundidad, la encontré en relación con la visión de lo sagrado, que es tanto como ingresar momentáneamente en la vida del tiempo eterno, del fuego ancestral. Por ejemplo, cuando asistimos a la ceremonia en que se casan Tuima y Kilái:

Resaltaban las razones de por qué las cosas presentes tenían razón de ser y por qué seguir la costumbre era un legado irrompible. Resaltaron la presencia de la jícara y de la flecha que, habiendo nacidos misteriosamente, eran capaces de dar vida y poder a la familia […] Se centraron en el origen de la vida, de cómo el maíz llamado Niwétsika llegó a obtener su propio xiriki, y cómo una mujer debe asear su altar y barrer el patio sagrado junto con una vela encendida […] Casi al amanecer, fueron apagándose las voces cuando la pareja iba siendo acostada en la cama de otate a la intemperie.

Luego de haber leído el libro de Gabriel Pacheco se me vinieron dos preguntas reflexivas: ¿quiénes somos actualmente los que no estamos seguros de pertenecer a una tradición cultural en específico? ¿Quiénes somos en este complejo y caótico mundo, dentro del cual existen, cada vez más, fuerzas simbólicas y políticas excluyentes cuyos efectos nos hacen experimentar que nos encontramos en las honduras del sinsentido? 

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