Para llegar a Tapalpa existen dos caminos principales. El viejo, que se encuentra pasando Amacueca y el otro, por Las Catarinas, después de pasar la laguna seca de Zacoalco. Decidimos “subir” a la población por el camino viejo y “bajar” por el segundo para ver qué jais, como dijo Pedro Páramo. Por supuesto que hay otros caminos: por Sayula y San Gabriel. El menos conocido está por el lado de la Sierra de Quila, pasa por Ayotitlán y sale a Chiquilistlán. Todos una belleza.
Los pronósticos del tiempo no eran los más favorables. El huracán Polo merodeaba por las costas de Colima y los noticiarios estaban atentos al suceso. También Protección Civil y los gobiernos municipales; y nosotros de paseo. Pero el 22 de septiembre es una vez al año y, con chamarra y paraguas, iniciamos el camino.
2
Por la carretera unos letreros informan de la cercanía del crucero a Tapalpa. Lo imponente de la sierra, una cordillera alta, azul de tan verde, se mira de frente.
—Antes se hacían horas en la subida. El ingeniero Luis Enrique Bracamontes Gálvez, oriundo de Tapalpa, perfeccionó el camino cuando fue titular de Obras Públicas en el gobierno de Echeverría. Es hijo ilustre del pueblo.
—Mínimo.
3

Entramos a Tepec, “Tierra de músicos”, presume el letrero de la entrada. Vamos a visitar el amplio atrio. Lo encontramos como siempre, lleno de paz, de silencio. El sol cae sereno, omitiendo los pronósticos. Un frescor baja de la sierra. Entramos al templo. Una inundación de cortinas contrasta con la armonía del altar mayor. Las bóvedas armonizan con la blancura. Un Cristo sobresale en el presbiterio.
—¿Ya se fijaron? Para hacer más bello lo bello, lo adornamos con cortinas.
—Tenemos el corazón barroco.
Cuentan que una vez, los de Amacueca trajeron al Santo Niño de visita a Tepec. Casi al término, una inmensa nube amenazaba con lluvia. De golpe cayó el agua. Todos corrieron. La tormenta seguía. «Es una tromba, una borrasca, una culebra, el fin del mundo…». Los de Amacueca llegaron a su pueblo y depositaron al Santo Niño en su altar. «Tepec la va a pasar mal. Traigan lo que puedan: ropa, cobijas, comida. Para llevarlas al amanecer». Otro día, temprano, llegaron con la ayuda humanitaria. El padre de Tepec les dijo:
—Gracias. Mañana se traen al Cristo grande.
—¿Para qué?
—Para que vea las travesuras que hizo el Chiquito.
Cuentan, a mí no me crean.
4

Buscamos “La piedra del Caracol”, un inmenso petroglifo que está en plena calle. Rodeamos algunas manzanas para llegar al sitio. “¿Qué ven mis ojos?” (Los griegos, dixit). Lo que antes era una pitayera que le servía de fondo a la inmensa mole ahora es una casa en construcción. Sin el verdor hasta escasa se mira de grabados prehistóricos.
Llegamos a Tapalpa. El antiguo templo, ahora museo de arte sacro, está abierto. Ahí se encuentran antigüedades del servicio religioso. La ficha técnica de un Divino Preso sostiene que su hechura es en pasta de caña.
Un medio cuerpo del buen Jesús llama la atención. En su mano derecha trae una estaca y parece que intenta sacarla de su pecho bajo. Sus ojos miran hacia lo alto, buscando la compasión. No tiene ficha. Nos retiramos con el dolor a secas.
Caminamos por los portales. Es martes, en la plaza sólo encontramos a los habitantes del lugar. Los fines de semana todo está lleno, hoy no. Es el pueblo de antaño. Se antoja comer unos tamales con acelgas, carne asada, un queso fundido y de postre un pan de elote con un café de olla… Todo eso en Paulinos, arriba del portal.
—Mil disculpas —dice la mesera—. Los tamales están hasta las cuatro.
—¿Qué?

5
El cielo se empieza a encapotar. “Ahí les hablan arriba”. El huracán manda sus primeros mensajes. De prisa fuimos a los sarapes hasta la calle Independencia. Blancos, grises, cafés, con grecas, todos en lana pura; y nada caros. Pregunto por los sarapes café oscuro con grecas rojas, el tradicional. “Hace años que no hacemos ese modelo”.
Salimos de Tapalpa. Vamos de regreso. En La Frontera, el cruce de caminos, damos vuelta rumbo a Atemajac. Leemos: “San Antonio country”.
En Juanacatlán, a bordo de carretera, encontramos una nueva artesanía de la zona: el grabado en piedra laja. Tal parece que la especialidad es el tema religioso. Las Guadalupes abundan por doquier, seguida por Vírgenes de la Defensa, San Josés, etc.

Es visita obligada. Entramos a Juanacatlán para saludar a la Virgen de la Defensa. Esta imagen es venerada en los pueblos serranos. El templo está en penumbras. De los muros cuelgan lazos adornados con acículas, la hoja del pino que parece aguja verde. El templo huele a bosque. Allá, en lo alto, la santa imagen resplandece. Recuerdo los versos de san Rodrigo Alemán: «Quisiste ser su Reina y su Defensa/ y te ofrece en humilde recompensa,/ la corona que brilla hoy en tu sien”.
Seguimos el camino. Cae la tarde. Entre los pinos sopla un aire fresco. “El ventalle de cedros aire daba” (San Juan de la Cruz). Sobre el parabrisas unas gotas de agua avisan la llegada del huracán.
—Por aquí pasó don Benito Juárez.
—¿En serio?
—En su paso a Manzanillo, en 1858, llegó a Acatlán de Juárez, de ahí a la hacienda de Estipac en donde pasó su cumpleños…
—¿Le cantaron Las mañanitas?
—…de ahí al Tecuán, el Ojo de Agua, Lagunillas. De Atemajac salió a su encuentro Miguel Brizuela con un grupo de amigos para hacerlo fuerte. Los conservadores los venían persiguiendo. Aquellos viejos caminos ya no existen, sólo quedan los pueblos.
—En llegando, cada quien pone un letrero en su puerta: “Se organizan tours religiosos”.
Pura capilla visitamos.








