Un autor de este y otro mundo

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A lo largo del tiempo, desde que apareció en mi vida la obra de Juan Rulfo, he venido escuchando decir que El Llano en llamas y Pedro Páramo, en realidad los entenderían mejor los habitantes de los pueblos del sur de Jalisco –en particular– y –en general– los campesinos mexicanos. El argumento principal de quienes han hecho la afirmación es: “Los aldeanos de esos pueblos hablan así, son de ese modo y de lenguaje parco; de esa gente Rulfo lo tomó para llevarlo a sus libros…”. Todo cabe dentro de las posibilidades; sin embargo, ignoraré por siempre si quienes han llegado a tal conclusión visitaron los poblados sureños para escuchar las voces de los habitantes de (por ejemplo) San Gabriel, Sayula o Zapotlán.
Mi madre nació en San Gabriel, mi padre en Zapotlán y durante mi adolescencia realicé infinitos viajes a Sayula, donde tomé mis primeras lecciones de baile en el burdel. Atento a la conversación de la gente, conviví con los pobladores de esos tres espacios del sur; nunca los escuché hablar a la manera de los personajes de Rulfo.
Probablemente quienes hablaban como los personajes rulfianos hayan sido aquellos que Juan Rulfo conoció en su infancia, pero es dudoso, pues está Arreola para desmentir la afirmación (La feria, 1963) y también José Lepe Preciado (Del color del agua, 1964), narradores que han retratado el habla popular de sus pueblos y pertenecen a una misma generación de escritores del sur de Jalisco.
Es verdad que los narradores Rulfo, Arreola y Lepe Preciado tuvieron la preocupación de filtrar en sus historias mucho del habla popular de sus poblaciones. Es cierto también –y comprobable–, que la franja del sur de Jalisco mantiene una entidad lingí¼ística particular y semejante. Es una realidad, si se va a Zapotlán, San Gabriel, Sayula y Tonaya, que mantienen una (casi) igualdad en su historia pasada y presente, pero es también cierto que en cada uno de los escritores es de una diferencia sustancial y, al menos en el caso de Arreola y Rulfo, un mundo muy particular desde muchos aspectos.
Tomando solamente las obras de Rulfo y Arreola se puede descubrir con facilidad que en ambos hay un empeño en mostrar cierta idiosincrasia que es semejante, no solamente entre los personajes de cada uno. Pero es visible, por otra parte, que el abordaje es distinto, pese a que los dos describen ambientes cercanos. Retratan costumbres y abren a la vida a personajes que en su léxico utilizan lo que nosotros –no los personajes– sabemos son mexicanismos. Hay, entonces, en Arreola y Rulfo una voluntad de llevar esos giros del lenguaje a la literatura, cada uno a su modo y a sus intereses estrictamente literarios.
Entre Pedro Páramo (1955) y La feria (1963) hay una enorme distancia en propósitos y a su vez un alejamiento. Con casi diez años entre su publicación, fueron escritas por personajes que incluso comenzaron vida literaria juntos y formaron una increíble pareja que luego, con el paso del tiempo, se distanció. Arreola en su novela trajo el humor de la comedia de pueblo y Rulfo el dramatismo rural. Hay, es notable, una hermandad (su personaje es el pueblo) y, a la vez, un alejamiento (los personajes de Arreola están vivitos y coleando y los de Rulfo, muertos), mas todos surgen de una región más o menos equiparable. De allí que no sea tan cierta la afirmación de algunos al decir que los personajes de Rulfo son los aldeanos y los pueblerinos del sur. Quizá no hemos tomado en cuenta un detalle: Rulfo, excepto un claro pasaje (páginas 59-60 de Pedro Páramo, edición de 1984), huyó del realismo y el costumbrismo en su novela y dedicó su esfuerzo (esto me gusta pensarlo porque entro al mundo de las especulaciones) a revelarnos el lenguaje de los muertos que seguro se comunican en un lenguaje figurado de alta poesía.
Jean Franco lo ha dicho bien en su Historia de la literatura hispanoamericana (1975), al referirse a Pedro Páramo: “En el texto se intercalan elementos breves y a veces sin relación con lo que les rodea: trozos de diálogos o monólogos. La estructura es más poética que lógica, ya que los vínculos entre diferentes pasajes son a menudo un tono, una palabra repetida o una asociación de recuerdos”.
Rulfo supo escuchar el habla de los muertos, el mismo que tal vez enuncia ahora –y desde el 7 de enero de 1986, cuando abandonó este mundo y descendió al infierno nombrado Comala, que recuerda al de Dante en su Divina comedia.

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