Hoy el cuerpo humano medio está
inmerso en una disonante sinfonía
de campos magnéticos de baja intensidad.
Erik Davis: Tecgnosis

En Tecgnosis leí que Beethoven había dicho que él era electricidad por naturaleza; más aún, dijo que la música era el suelo eléctrico en el que el espíritu vivía, pensaba e inventaba.

En efecto, la música es energía que nos electriza cuando la escuchamos; es tan poderosamente energética la sensación que padecemos, como cuando la electricidad nos toca y nos deja sin aliento; nos deja con la sensación de sabernos débiles, vulnerables ante el poder de esa fuerza natural y misteriosa. 

En la literatura, la palabra es flujo de sonora memoria; en la música, el ritmo y el tono fluyen en un silencio de instantes sensacionales. La música nos toca en lo más profundo de nuestra vulnerabilidad; en tanto que la literatura nos hace experimentar lo efímero que somos en la vida.

Tanto la música como la literatura generan experiencias por las que social y culturalmente las personas nos configuramos como seres sintientes e imaginantes. Por esto mismo, somos seres que hacemos viable la continuidad de diversos lenguajes en los que la sensibilidad y la inteligencia, el conocimiento y la memoria resultan ser las frecuencias de lo que fuimos y dejamos de ser, de lo que somos y dejaremos de ser.

En El perseguidor (1959), Julio Cortázar nos presenta dos formas de existir; una, la que tiene que ver con la razón, que todo lo quiere comprender y controlar mediante explicaciones; y la otra forma consiste en estar en el mundo padeciendo sin control y sin explicación alguna todo eso que sucede en los abismos del vivir. Dentro de la primera forma está Bruno, el crítico musical, el narrador que nos cuenta la vida de su amigo Johnny Carter; en tanto que la segunda forma la ocupa, efectivamente, el perseguidor, el saxofonista Johnny Carter, quien representa una existencia desarraigada del tiempo relojero y social. En él todo es necesidad y sensación, y todo puede ocurrir en un tiempo desarticulado. Por esto, escuchamos al perseguidor decir: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”. En este sentido, Johnny Carter es el perseguidor de esa frase musical, la cual estaría en el horizonte de un futuro posible; pero se trata de una frase que, de hecho, siente que ya la ejecutó, que ya la interpretó en un pasado improbable. 

El silencio es a la música lo que la mente es a la palabra. En la mente, pensamiento y silencio pueden hacerse realidades convergentes por las que fluyan formas de ser y de sentir. Por la música y por la literatura suceden formas de actuar y de experimentar en otro tiempo y en otro espacio. En la música sentimos esa energía electrizante, en tanto que en la literatura lo que nos ocurre es pensamiento; pensamos según la voz narrativa que va conduciéndonos por los espacios imantados de la imaginación y del conocimiento.

La cultura, como la historia y la literatura, como la música: son fuerzas que dan vigor y sentido al presente en que existimos entre instantes y por los que desaparecemos inevitablemente en los instantes. 

Bruno, en El perseguidor, nos permite saber de una interpretación que hizo Carter en torno a una obra llamada Amorous:

Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frases, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz.    

Amorous, en realidad, es Lover man; una obra que tiene una historia trágica y dramática, sobre todo, porque se trata de la famosa interpretación que Charlie Parker ejecutó en un estudio de grabación en California, en 1946, a donde llegó bajos los efectos de la heroína, con una buena cantidad de whisky en el cuerpo y con varios días de no comer, o sea, con una desnutrición preocupante. En dicha interpretación, Parker apenas tenía 26 años.

En El perseguidor, Bruno inicia colocándonos en la pieza de un cuarto piso de un hotel parisino, donde nos encontramos ante un Johnny que está en la peor de las miserias. Este saxofonista, nos dice el narrador, “tiene las manos largas, flacas”, y ha perdido su instrumento musical en el metro de París. ¿Cómo lo perdió? Lo dejó olvidado debajo del asiento del tren en que viajaba. 

De Bruno, escuchamos lo que piensa de sí mismo y del saxofonista Carter:

Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre de Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros.

Por otra parte, sabemos que cuando Charlie Parker (1920–1955) comenzó a estudiar el saxofón, se pasaba de once a catorce horas estudiando a diario; esto explica por qué se hizo un virtuoso en dicho instrumento. Fue también en la adolescencia, con apenas quince años de edad, que comenzó a consumir heroína.

Johnny Carter, al igual que Charlie Parker, nació dentro de una familia pobre, donde las deudas eran la causa de violencia cotidiana: “Debe ser algo terrible –dice Carter a Bruno–, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes”.

El narrador afirma que Johnny Carter no piensa, que sólo siente. Esto, porque el saxofonista le llegó a decir a Bruno: “No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo”. 

En el poema VI del libro Trilce, de César Vallejo, leemos este verso: “El traje que vestí mañana”. De acuerdo con esto, notamos cierta coincidencia con lo que dice Johnny Carter en la novela de Cortázar: “Esto ya lo toqué mañana”.

Para un músico como Johnny Carter / Charlie Parker, así como para un poeta como César Vallejo, es probable que el tiempo lo hayan experimentado dentro de una vida alejada de las mediciones y de las cuantificaciones razonables. En este sentido, Philip K. Dick diría que existen algunos personajes que viven el tiempo de manera desarticulada, que se mueven y piensan dentro de un tiempo desarticulado; muy distinto del tiempo normal en el que vivimos rutinariamente las personas normales.

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