Los pasos del tiranosaurio

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Tuvieron que coser al chico como si fuera un muñeco de trapo destartalado. Joseph piensa que por tanto daño que le habían hecho al maldito animal, aquello era inevitable. A Hannah la cárcel le ha dado el alivio y la paz que en un hogar cristiano no tuvo. Joseph se sentó a descansar en su sillón después de terminar su obra, para contemplarla. Su duro rostro ajado por los años y el dolor, lo parece más que de costumbre, pero esta vez, más que amenazante e iracundo, se le ve satisfecho, soberano, inamovible en el trono instalado en su patio. Las salpicaduras de sangre no son más que unas bermejas insignias, pero el verdadero trofeo de su redención yace entre sus piernas: la cabeza cercenada del perro de su vecino.
Algo de esto es Tyrannosaur, filme de tremenda fuerza y crudeza, de Paddy Considine, un actor británico que devino en director, y con el que debutó como su primer largometraje en 2011, consiguiendo los premios de mejor director, actriz y actor en el festival de cine independiente Sundance de ese año, aunque la verdadera iniciación de Considine como realizador de cine fue en 2007, con Dog altogether, que no es otra cosa que la versión en cortometraje de Tyrannosaur, y con el cual ganara entonces, entre otros tantos premios, el British Independent Film Award, y en 2008 el BAFTA. Hay que decir que ambos filmes también fueron escritos por la mano de Considine.
A pesar de que en los medios extranjeros se pueden encontrar referencias de Tyrannosaur, en lo local poco se conoce de ella fuera de los estudiosos y seguidores del cine no industrializado. Por ello, el FICG27 tuvo un gran acierto al traer la cinta como parte del programa cinematográfico del Reino Unido, país invitado del festival este 2012, pero cometió un imperdonable error: darle una función única, cuando películas de menor talla tuvieron mayor espacio y difusión, porque es una obra que merece ser vista y revisada por una gran cantidad de audiencia. Dudosamente se podrá apreciar de nuevo en alguna sala mexicana, a menos que sea bajo el aura de algún festival o del amparo de un local de cine “de arte”.
El meollo de esto es que Tyrannosaur, como ocurre normalmente con el resto del cine independiente, sigue siendo poco atractivo para los grandes distribuidores. Irónicamente, porque en su mismo origen, los creadores de estas cintas desean no ser parte de ese establishment. El cineasta inglés Mike Leigh, quien fue homenajeado en pasado FICG27, y precisamente reconocido por sus propuestas alejadas de las sirenas del cine empresarial, advierte que “la gran batalla es para el cine independiente, para poder hacer películas con libertad y sin interferencia […] con total integridad y empujar los límites de la película lo más lejos que uno pueda”. Pero ese alejarse del Gran Monstruo que es Hollywood y sus ramificaciones, tiene consecuencias: “He sido afortunado por poder producir mis películas sin interferencia de nadie más, pero hay un precio que se paga y estos son los bajos presupuestos”, ha dicho Leigh.
Bajo esa premisa está hecha Tyrannosaur. La de saber que se puede armar y contar una buena historia que no tiene por qué llegar a ningún lado. Con un argumento montado no en el efecto, el artificio, ni mucho menos en la caricaturización, sino a través de dos personajes honestos, y que no está de más decirlo, seguramente no habrían logrado el mismo resultado sin los buenos oficios de Peter Mullan y Olivia Colman. Así, la vida de Joseph, alcohólico desempleado, destructivo, lleno de enojo y frustración; y la de Hannah, miserable santurrona que no lo es tanto, oprimida por la hipócrita apariencia social, religiosa, se vuelven verosímiles y sinceras ante la pantalla. Caracteres de unos jodidos comunes, y de los que se hace necesaria su narración en un cine con mayor impulso y vitalidad de la que, parafraseando a Peter Biskind, tienen los geriátricos de los grandes estudios, y a los que él se refería en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes, sobre cómo en los años sesenta y setenta un puñado de directores hippies habían llegado a reventarles la apolillada creatividad a los oxidados dueños del cine norteamericano, y que sin duda han sido inspiración de los recientes directores que abordan un cine más atrevido.
Entonces, aún cuando el mismo Peter Mullan, sobre quien recae el peso completo de la película, al inicio no estaba muy convencido de que después del éxito de Dog altogether, éste tuviera futuro como largometraje, porque “normalmente” la tensión se diluye, como pasaría si se quiere trasladar un cuento a novela, el proyecto sí cuajó, ofreciendo profundidad y mayor perspectiva cinematográfica de Joseph y Hannah. De la realidad de nada más que un par de seres humanos. Del enojo de un tipo con la vida. Más auténtico que la bondad que envuelve la desdicha contenida. Joseph podrá estar hundido, y lo acepta. Pero es su propia desazón y angustia la que redime con una paz que termina por saber amarga.

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