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La Revolución desde los corridos: la historia en versos de ocho sílabas y en cuartetos

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El propio Arreola llama a uno de sus mejores cuentos “Corrido”, y en realidad, pese a que está en prosa y no en verso, es un verdadero corrido.

El texto aparece en Confabulario (1952), y narra un hecho que abre así: “Hay en Zapotlán una plaza que se llama de Ameca, quien sabe por qué”, y ofrece el motivo de un conflicto amoroso entre dos rivales de ocasión.

La narración tiene apenas dos diálogos, pero son muy significativos: están escritos en versos octosílabos:

—Oiga amigo qué me mira.

—La vista es muy natural.

Lo recuerdo ahora porque los corridos, pese a su origen incierto de acuerdo con sus estudiosos, tiene un origen múltiple; desde mi punto de vista el corrido es primo hermano de los romances castellanos, herencia española, al que se le ha agregado la raíz mestiza y, claro, indígena. Una de las mejores definiciones de este género es la que nos ha obsequiado Vicente T. Mendoza en el prólogo a su Corridos mexicanos (1954), donde hace una antología de las diversas temáticas que en México se han dado a partir del siglo XIX.

Mendoza dice que es “un género épico-lírico-narrativo, en cuartetos de rima variable, […] forma literaria sobre la que se apoya una frase musical compuesta […] que relata aquellos sucesos que hieren poderosamente la sensibilidad de las multitudes”.

Hay, entonces, una selección dedicada a relatar los hechos más relevantes de la gesta de mexicana de 1910; la Revolución mexicana (1910-1920), sabemos, fue la primera de las revoluciones del siglo pasado y que lograron, todas en su conjunto (la revolución en Rusia fue la que siguió) el derrocamiento de tiranos y la modernizaron de países y sociedades.

El corrido, en todo caso, es un arte popular que se empleó por la gente para comunicar, honrar a sus héroes y heredar a la memoria colectiva, y a la Historia, hazañas de hombres ejemplares.

Lo que hizo desde el periodismo John Reed en México insurgente (1914), lo hizo el pueblo en sus corridos: dejó la historia en versos de ocho sílabas y en cuartetos, que es uno de los rigores de este muy mexicano género que, hay que decirlo de una vez, está vinculado con la noticia periodística, con el propio periodismo.

Son apenas dieciocho los corridos sobre la revolución que recoge Vicente T. Mendoza en su libro; pero sin duda desde ese puñado te textos cualquiera puede comenzar a estudiar la llamada Decena Trágica.

Generalmente anónimos, en esos corridos antologados por Mendoza, en uno de ellos el autor se nombra a sí mismo: “Lozano, un coplero popular”. Los nombres de los autores de esos cantos no eran, en general, los importantes, sino los líderes, los lugares y las fechas y los triunfos.

Madero, Villa, Zapata, Carranza, Amaro, entre muchos otros, son los que aparecen como los más grandes personajes; a ellos se les loaba y aún se sigue cantando. La lucha de esa revolución está en nuestra sangre y pese a que los ideales por los que se luchó ahora ya no existen, sí dejaron su huella en nosotros y en nuestra idiosincrasia. Lo que somos ahora, en el más puro sentido de esa gesta heroica, es lo que somos. Ya un tanto disminuida en nuestra fuerza, sigue calando cuando escuchamos alguna vez uno de esos corridos. Y tengo la impresión de que los mexicanos sabemos más por éstos, que por haber leído los libros de nuestra historia nacional contemporánea.

En tanto obra literaria, si leemos esos dieciocho corridos, podemos encontrar fallas, falta de rigor, impurezas, pero si alguien los canta y los completa entonces vuelve a hervir nuestra sangre y nos vuelve muy mexicanos.

Pese a todo, los nombres que tenemos más grabados gracias a los corridos de la Revolución no son esos grandes héroes, sino otros: nos suena más —aunque nunca hayamos investigado quiénes fueron—: los nombres de Benito Canales, Valente Quintero, Benito Canales, Valentín de la Sierra, y tal vez Pedro Zamora.

De algún modo todo es gracias a que esos corridos que los nombran quedaron para siempre en la memoria colectiva y, también, en el catálogo de los corridos que los cantantes populares mantienen en su repertorio.

Los corridos que reúne Vicente T. Mendoza son tan valiosos como muchas de las novelas de los escritores llamados “Narradores de la Revolución” (que en realidad fueron postrevolucionarios). Pero pongamos a Los de abajo, de Mariano Azuela, que es quizás la que mejor describe la cruenta lucha revolucionaria, pongamos esa frente a los corridos del libro Corridos mexicanos, y vemos que son de la misma importancia.

Y una cosa más: con cada uno de esos dieciochos corridos bien se podría comenzar el estudio histórico de una región y de toda la nación; se podría comenzar una serie de cuentos que (bien investigado el suceso) diera realce a la prosa de un buen narrador.

Nacido de la inspiración vernácula nacional y cantando por voces rasposas, el corrido aún sigue en vigencia; y la forma que adquirió a partir del siglo pasado sigue vigente. Todavía mantiene su función social: la de cantar sobre los hechos y los actos heroicos. Es, pues, el corrido, una herencia de los cantares de gestas medievales. Desde hace algunas décadas el corrido ha sido un medio para narrar los hechos y valentonadas del narco. Ahora ya no hay corridos de la revolución, sino narcocorridos.

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