La literatura es una forma de vivir. Así es para muchos de nosotros. Y al escribir o leer por placer, hay que asumir el riesgo que implica acercarnos a otras ideas y permitir que éstas modifiquen nuestra propia experiencia.
El Premio Nacional de Poesía Alfonso Reyes y Premio a las Artes de la UANL, José Javier Villarreal, en el conversatorio Enseñanza y vigencia de la literatura en las universidades, que inauguró las actividades por el 30 aniversario de la revista Luvina, recordó a Doris Lessing, quien deseaba que en todas las carreras universitarias existiera un curso permanente de lectura de novela, porque la novela permite que podamos vernos no solamente como creemos que somos, sino también desde la manera en que los demás nos perciben.
Villarreal puso como ejemplo “La caída de la Casa Usher”, de Edgar Allan Poe: “Hay una descripción muy profusa de la Casa Usher, como ‘era un tapiz que daba miedo’. ¿Cómo es un tapiz que da miedo? O, ‘eran unas cortinas de una gran melancolía’. Cada lector va construyendo su propia Casa Usher”. De ahí que considere que la literatura es “un fin en sí mismo”, cargado de sentido, emoción, pasión e historia personal. La literatura sería como la historia íntima de cada lector.
En el conversatorio también estuvo Teresa González Arce, doctora en Estudios Románicos y profesora investigadora del Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara, quien al respecto señaló que leer significa enfrentarse a un otro y a una mirada distinta de la propia. Cada vez que abrimos un libro ocurren múltiples operaciones que nos permiten acercarnos a un mundo que puede enseñarnos algo sobre nosotros mismos y sobre la realidad. Ese encuentro es complicado; no nos damos cuenta mientras estamos leyendo, pero hay muchas operaciones que ocurren en el encuentro con ese mundo que nos propone un libro.
“Un libro nos expone a una mirada distinta de la nuestra y, cuando ese encuentro llega a buen puerto, modifica nuestro punto de vista sobre el mundo”.
Pero, ¿la universidad limita o amplía la experiencia literaria? Es decir, cuando leer y escribir va más allá del placer y hay que analizar lo que leemos y aprender a escribir con técnica.
González Arce considera que la literatura es libre en la universidad. El hecho de que existan programas académicos y materias no significa que se esté limitando la palabra, sino que se organiza el conocimiento para acercarse a la literatura desde distintas perspectivas.
En las aulas, explicó, la literatura puede estudiarse desde una visión histórica y también formal: qué formas ha tenido a lo largo de los siglos y cómo las entendemos en el presente. A ello se suman las herramientas críticas, que permiten mirar un libro desde otros ángulos.
“Los estudios literarios amplifican lo que está en un libro”, afirmó. Para ella, un análisis inteligente y la disposición de los lectores pueden hacer que una obra se multiplique y adquiera nuevos sentidos.
En ese sentido, la universidad no debería entenderse como un espacio que encierra la literatura, sino como un lugar que amplía las posibilidades de leerla.
Villarreal, por su parte, recuperó una reflexión de George Steiner: “Las universidades harían mucho si enseñaran a leer. Solamente a leer”. Porque al saber leer, ahí es donde se encuentra uno de los grandes valores de la formación universitaria: el desarrollo del pensamiento crítico, algo que considera necesario cuidar, ponderar y ejercer.
La pregunta por la utilidad de la literatura apareció inevitablemente durante la conversación. Para Villarreal, la respuesta es paradójica: “La literatura no sirve para nada, que es lo vital”.
En un mundo donde constantemente buscamos que todo tenga una función concreta, la literatura conserva su capacidad de ser ingobernable. No tiene que justificar su existencia a partir de una utilidad inmediata. Su valor está, entre otras cosas, en que nos permite vivir muchas vidas.
Y que la ficción produce emociones reales. Villarreal recuerda su experiencia al leer Drácula, de Bram Stoker: “Yo al leer Drácula, quiero pensar y seguir pensando que no existen los vampiros, pero cuando leo aquello, me asusto. ¿Cómo es posible que una novela que es ficción me haga sentir vergüenza, culpa, pena, alegría, si es ficción? Porque lo que produce la ficción es real, esos sentimientos son reales. Obviamente me estoy exponiendo a la mucha vida”.

Para González Arce, también es necesario cuestionar la idea de que la literatura se “consume”. La literatura no es una mercancía: se lee y se disfruta. Cuando la pensamos únicamente desde términos mercantiles, estamos limitando aquello que puede ofrecer
“La cultura nos alimenta y nos va formando en todos los sentidos, si no nos damos cuenta es porque es muy divertida. Y no estamos pensando en para qué estamos leyendo. En realidad, lo que nos hace es ver de otra manera y tener posibilidades de vida y de actuación que antes de leer no nos imaginábamos”.
Estas reflexiones formaron parte de las conversaciones que Luvina ha buscado generar durante sus 30 años de historia: encuentros entre distintas generaciones, voces y maneras de entender la literatura.
La celebración por el aniversario de la revista continúa durante septiembre con lecturas, presentaciones, diálogos y otras actividades en distintos espacios de la Universidad de Guadalajara. Además, pueden acercarse a los más de cien números de la revista a través de su hemeroteca digital. El programa de actividades y los 123 números de LUVINA, los puedes consultar en: luvina.com.mx








