El encumbrado hijo del pueblo

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La verdadera efigie de Vicente Fernández fue para mí, durante largos años, aquella vista –apenas por un instante– la tarde de un lluvioso junio de 1973. Lo sé ahora con certidumbre, cuando escucho sus canciones florecidas de un álbum triple, surgido del fondo de un estante colmado de polvo; lo recordé hace tres domingos al presenciar, en el auditorio de la feria de Zapotlán, la excelente imitación que de él hace el tapatío Víctor Padilla.
La imagen de Pancho Cuevas surgió de pronto en la mirada. Asomó del recodo del río. Su figura se alzaba en el caballo, y fue hasta adentro de su casa montado en la bestia. Luego, se derrumbó en el piso, borracho a más no poder. Patillas anchas, bigote poblado y un corte de cabello idéntico al de Vicente. Sonaba en ese tiempo en la radio de manera rotunda la canción “El remedio”, y en la cartelera del cine se anunciaba la película El hijo del pueblo.
Desde entonces, al escuchar a Vicente Fernández recordaba esa escena. Pero en realidad Vicente era otro. ¿Ese que ahora miro? ¿O el que habla de la pobreza de sus orígenes? Quien dice: “Yo, vengo de abajo.” “Yo me rozo con los de abajo.” “Yo, como Peña Nieto, la primera vez que tuve en mis manos un libro fue cuando comí menudo.” ¿El que habla de su pueblo? “Huentitán es tan pobre, tan pobre, que no tiene casa de citas, tiene casa de chaquetas…”.
Vicente Fernández, en realidad acaba de cumplir 71 años hace unos días; y anunció su retiro de los escenarios, que pisó por vez primera a los veintiún años en la Ciudad de México, a donde había ido a probar suerte. Fue a Garibaldi y cantó en el restaurante Amanecer Tapatío y en el programa “La calandria musical”. El verdadero Fernández dice, abonando a su leyenda, haber tenido muchos oficios, entre otros el de lustrador de calzado y albañil, y cantado a cambio de propinas. Retornó a Guadalajara. Se casó. Tuvo a su primer hijo y aprietos económicos. Logra, entonces, convertirse en cantante del cabaret El Sarape, en la Calzada Independencia –una ruta de camiones salía de la Central Camionera y lo podía llevar a Huentitán el Alto, donde había nacido en 1940.
Por tres años fue la primera voz de un mariachi, al lado de Felipe Arriaga. En 1966 se presentó en el Teatro Blanquita. Entonces su suerte cambió. Firmó para una disquera y “Tu camino y el mío” lo llevó a convertirse en el “ídolo del pueblo”. Luego la televisión lo popularizó, gracias a la influencia de Raúl Velasco. Después realizó su primer filme, bajo el sugestivo nombre de Tacos al carbón. De allí a la fama y la opulencia. Al desapego de su origen. A la leyenda de ser Chente, como discurso mediático entre el cielo y la tierra…
Imitado, ridiculizado, Vicente Fernández es el creador de su propio personaje. Es la envidia de muchos. Es la mofa del pueblo y el sueño del pueblo. Muchos quisieran ser Chente. Incontables seres envidian su poder y su fortuna. Cantante. Actor. Empresario. Productor. Ahora el pobre de Huentitán se ha borrado. Es bueno recordar su particular voz, que muchos detestan, sobre todo los intelectuales. No es un producto para ellos. El consumidor es de abajo. Pero como le ha ocurrido a Juan Gabriel: quizás muchos irán a escucharlo en su concierto de despedida. Cantor para el gusto del sector popular, su ambición fue convertirse en una figura como la de Pedro Infante, pero nunca le vimos la gracia del sinaloense. Su voz en ciertos momentos recuerda a la de Javier Solís. La verdad es que al menos durante los años setenta fue una de las mejores del género de la balada ranchera; llenó el vacío dejado por Infante y Solís. No mejor que ellos, no mejor que Chayito Valdez, una de sus sombras durante el comienzo de su carrera… Su trayectoria logra reconocimientos en México, Colombia y Estados Unidos, donde se le ha premiado con bastedad.
Resulta curioso: la fama lleva a ciertos seres a convertirse en personajes. ¿Aquel muchacho que caminaba por la Calzada Independencia rumbo a El Sarape, alguna vez existió? Cuando es nombrado se desvanece, no por el tiempo transcurrido, sino por su ilusoria esencia. Resulta más cierto el Chente cantando: “Pin Pon es un muñeco,/ de trapo y de cartón/ se lava la carita/ con agua y con jabón…” –en la imitación de Víctor Padilla.

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