Pasado y futuro del Huapango

887

Después de concluida la Revolución mexicana, diversas manifestaciones artísticas en nuestro país se abocaron a legitimar y hacer posible una visión nacional y, en todo caso, nacionalista. En la música los nombres de Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, José Rolón, son fundamentales. A la lista se debe agregar el nombre de José Pablo Moncayo.
No menos importante uno del otro, habrá que decir que Revueltas, Chávez y Rolón apenas sobreviven en la memoria de aquellos que disfrutan de las creaciones orquestales fincadas durante el periodo posrevolucionario, pues ya en pocas ocasiones los directores de las orquestas sinfónicas de México los colocan dentro de su repertorio; no sucede lo mismo con los trabajos de Moncayo, que están vigentes, sobre todo su obra cumbre, el célebre Huapango. No hace falta ser erudito en música para descubrir que esta pieza logra el milagro de la permanencia en el gusto (menguando, es cierto) de todos nosotros los mexicanos que algunas veces nos emocionamos con obras filarmónicas.
La permanencia en el gusto de la gente a favor del Huapango tiene vertientes muy fértiles en su lectura, pues la obra es rica per se. Sin embargo han influido otros factores para lograr que desde los primeros acordes la distingamos, en todo lugar, una enorme mayoría. Entre el Huapango de Moncayo, creado en el mismo tiempo que Zapotlán, de Rolón, en 1941, existen diferencias sustanciales: la obra de José Rolón, pese a ser también admirable, se ha quedado estancada en su propio tiempo; es decir, la obra del zapotlense nos fija en un tiempo determinado y nos habla de ese momento como si no hubiera logrado un crecimiento más allá de los años cuarenta. Lo que no ocurre con el Huapango, que también incluye en sus notas motivos mexicanistas y resonancias de la música popular. En comparación con las obras de Revueltas (su liga con las redes en el Partido Comunista, con el tiempo no fue bien vista) y Chávez (la orquestación del Himno Nacional le trajo innumerables críticas), las de Moncayo se deslindan de las ideologías de su época.
Todos pertenecientes al movimiento nacionalista musical, Moncayo ha logrado una permanencia en el gusto de los mexicanos, por la riqueza y trascendencia en el tiempo con su Huapango, no obstante que durante un largo momento de nuestra historia (que al parecer se volverá a repetir), en todo acto político, y a lo largo y ancho del país, los priistas la colocaban en sus aparatos de sonido justo antes de la aparición de cualquier presidente municipal, gobernador o presidente de la república, de allí que se haya quedado en nuestra pobre memoria musical. Fue una especie de “himno político” del PRI. Fue la única oportunidad, para muchos, de escuchar una sinfonía mexicana de altas magnitudes.
Con todo, el Huapango del tapatío José Pablo Moncayo (1912-1958), logra liberarse del uso y abuso del partido-Estado, no sólo porque lo recordamos, sino por la riqueza musical que embarga. Alumno de Carlos Chávez; hijo de su tiempo y de la Historia, la obra mayor del músico ha crecido con los años: su actualidad es inmejorable y nos habla del pasado glorioso de México y va hacia el futuro por sí misma. No ha ocurrido lo mismo con La mulata de Córdoba (1948), los Muros verdes (1951); Amatzinac (1935), Sinfonía (1944), Sinfonietta (1945), Cumbres (1953), Bosques (1954), que pocos recodamos en realidad, contrario a Huapango.
El mexicanismo musical de Moncayo resiste los embates de los años, de las ideologías. Obra de atmósferas, el Huapango es emocionante. Eleva de inmediato y nos lleva como un vuelo por los caminos de la mexicanidad sin pretensiones intelectuales ni ideológicas. Es sobre todo una obra sensitiva y estimulante: logra exaltar todo ánimo y permite su entendimiento a cualquiera; no por ello obra menor, resulta exquisita. Moncayo logra, en todo caso, ausentar voluntades que a lo largo de los últimos tiempos le han otorgado los políticos al colocarla entre sus arrebatos proselitistas.
¿Sobrevivirá a los posibles abusos en el futuro inmediato?