Mirar hacia el abismo: exobiología literaria

En muchos casos la ciencia ficción nos orilla a cuestionar nuestra naturaleza, los orígenes y propósito de nuestra realidad, misma que podría estar escrutándonos ahora mismo

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Hugo Gernsback acuñó la denominación Ciencia Ficción para aquella disciplina dedicada a la especulación científica; es decir, extrapolar la dirección de los descubrimientos e hipótesis de la ciencia actual y explorar consecuencias posibles. De ahí que la mayor parte de las obras se sitúen en un futuro próximo o lejano.

Cuando el escritor de CF describe colonias humanas en otros sistemas solares, parte de su convicción de que el futuro del ser humano está en las estrellas. Aún hay prejuicio entre lectores: que es inútil pensar en cosas tan distantes en el espacio y en el tiempo cuando hay que ocuparnos de nuestro mundo actual.

La respuesta del neófobo, como diría Robert Anton Wilson y como lo ha planteado otro Wilson, Colin: la respuesta de una civilización estancada. La de aquel sujeto que declaró a H. G. Wells un “retrasado mental” por su convicción de que el ser humano pronto tendría vehículos voladores.

En 1898, H. G. Wells retrata la arrogancia humana en La guerra de los mundos: “Con infinita complacencia, los hombres iban y venían por este globo absortos en sus pequeños asuntos, serenos en la certeza de su imperio sobre la materia. Es posible que las partículas bajo el microscopio hagan lo mismo. Nadie pensaba en los mundos más antiguos del espacio como fuentes de peligro para el ser humano, o pensaba en ellos solo para descartar la idea de que albergasen vida como imposible o improbable. Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados”.

Apenas 49 años después, en 1947, J. Robert Oppenheimer y Albert Einstein dirigían al presidente de Estados Unidos su documento “Relaciones con habitantes de cuerpos celestiales”, donde subrayaban la necesidad de una planificación legal y militar internacional ante la posibilidad de un encuentro con inteligencias extraterrestres. ¡Incluyendo la probabilidad –evocando a Wells- de que ya nos encontrásemos bajo su observación!

Sobra decir que un tema prioritario para la ciencia también lo es para la literatura.

La CF detalla las posibilidades más allá de lo inmediato. En su novela Contacto, Carl Sagan aborda la cuestión de cómo podría producirse una comprensión mutua con otra forma de vida.

La CF juega con las preconcepciones. Puede parecer chocante mencionar “La magia de Megas-Tu”, un episodio de Viaje a las Estrellas (Star Trek), pero es de la serie animada de 1973. Nominalmente dirigida a un público infantil, esta serie en particular contiene algunos de los episodios más memorables; este es uno de ellos:

Los protagonistas se encuentran con un ser de aspecto inconfundible: rojo, cornudo, con pezuñas hendidas; este personaje encara con optimismo resignado un juicio por sus crímenes: su pueblo le condena por haber transgredido sus leyes e interferido con el desarrollo de especies primitivas en diversos mundos, incluida la Tierra, enseñándoles autosuficiencia. La tripulación de la Enterprise aboga por él y consigue su absolución; y se marchan preguntándose si en verdad han salvado la vida del propio Satán, decidiendo que esto no importa, ya que tomaron partido a favor de la vida.

Este episodio fue quizá la primera ocasión que muchos tuvimos de intuir cómo la CF, en el fondo, nos orilla a cuestionar nuestra naturaleza, orígenes y propósito.

Porque aquellos vigilantes marcianos de Wells, en última instancia, eran un espejo; Wells les decía a los británicos del siglo XIX: los marcianos somos nosotros, arrogantes invasores de mundos.

Gran parte de la CF se centra en la exploración del cosmos; algunas novelas son equivalentes modernos de los libros de maravillas, como el del mítico John de Mandeville. Las mejores obras de Jack Vance son recorridos por diversos mundos, retratos cuasiantropológicos de civilizaciones, culturas, especies de gran diversidad y cuidadoso detalle. Precursor suyo es también el viaje a la luna escrito por Cyrano de Bergerac, que dedica tantas páginas a la pintoresca descripción de los selenitas, obvia sátira de nosotros mismos.

P. Lovecraft presenta civilizaciones que colonizaron la tierra en épocas prehumanas; para él, una forma de vida desarrollada en regiones remotas del cosmos debería tener una perspectiva ajena a nuestra concepción, además de que su forma física –los propios elementos que la constituyen─ tendrían que ser distintos de cualquier forma y especie perteneciente a nuestro mundo; para él, un alienígena humanoide era un absurdo. Sus obras encontraron escasa aceptación entre los lectores de CF debido a que, en busca de la verosimilitud, lo narraba todo desde la óptica de un hombre de su época, y enfatizaba otro aspecto cuya ausencia lamentaba en otras obras de CF: el asombro y terror del ser humano al atestiguar cosas ajenas a su experiencia. Los autores pulp, decía, presuponen una universalidad de la razón humana. Los procesos mentales de un ser desarrollado en sitios remotos del cosmos podrían –incluso deberían─ ser ajenos a los nuestros, incomprensibles.

“Una ciencia lo suficientemente avanzada resultaría imposible de distinguir de la magia”, escribió Arthur C. Clarke, el cual compartía esta concepción. Sus obras de mayor impacto plantean escenarios avasalladores, y nos obligan a reflexionar acerca de la trascendencia de la vida en el universo, y lo que hay más allá de lo humano. Los seres que nos visitan en su novela El fin de la infancia resultan inquietantemente semejantes, en su aspecto, a los demonios del folklore; sin embargo, su propósito aquí es conducir a la humanidad a una escala evolutiva muy por encima de cualquier cosa que hubiésemos concebido.

Philip K. Dick también apuesta por la experiencia humana, y por su encuentro con formas de vida sujetas a otras leyes naturales y espaciotemporales desconocidas, pero su visión es de desafío. Al leerlo es difícil a veces tener presente que Dick, al escribir, buscaba comprender y explicarse la realidad.

Y recordarnos que esa realidad podría estar escrutándonos ahora mismo.