Los límites del cuerpo

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El conflicto entre el cuerpo y la mente no es nuevo. Juvenal en el siglo primero de nuestra era, ya elaboraba su máxima “mente sana en cuerpo sano”, que tantos centros de fitness han distorsionado en nuestros días para su interés comercial.
En el “siglo de las luces” este debate fue encarnizado. George Christoph Lichtenberg captura genialmente en varios de sus aforismos esta tensión entre la exacerbada defensa de la razón por parte de sus contemporáneos y el papel del cuerpo utilizado únicamente como un molesto vehículo: “Aquella cosa de cuyos ojos y orejas nada vemos, y de cuya nariz y cabeza muy poco, dicho en dos palabras: nuestro cuerpo”.
Incluso la guillotina, esa máquina para asesinar tan eficiente y democrática, tiene en su origen filosófico la encomienda de separar la cabeza del cuerpo y dejar en claro que la existencia termina en el momento en que se corta un cuello. En el mismo siglo XVIII, el Barón de Munchhausen (utilizado por el escritor Rudolf Erich Raspe como personaje rocambolesco) continuó la tradición quijotesca de aventurarse mental y físicamente en mundos imaginarios. Por ejemplo, al regreso de sus campañas turcas, asegura haber viajado a la Luna. En la película de Terry Gilliam, Las aventuras del barón Munchhausen (1988) es revelador cómo el “Rey de la Luna” (Robin Williams) tiene su cabeza separada del cuerpo —en una clara metáfora de la escisión entre los mundos sensorial y racional de la época— y se debate constantemente entre hacerle caso a uno o a otro.
A principios del siglo XX el cuerpo y su “gimnasia” todavía levantaban suspicacias. Como una concesión, el personaje de La guerra de los mundos de H. G. Wells pedalea en su bicicleta mientras piensa para sí: “La parte intelectual del ser humano ya es capaz de admitir que la vida es una lucha incesante por la existencia”. Necesitamos la energía vital después de todo, porque como las guerras y su técnica demostrarían, ya no se puede confiar sólo en la razón y en sus materializaciones científicas.
En Un mundo feliz (1932) Aldous Huxley critica, de manera visionaria, esta fe ciega en el progreso. En su distopía describe una sociedad controlada desde el nacimiento a través de la ciencia. La corona de la humanidad era “dejar de imitar servilmente a la naturaleza para adentrarnos en el mundo mucho más interesante de la invención humana”. Los Alfas de la novela se asemejan peligrosamente a los neocons de nuestra época. Una sociedad adicta a la tecnología, a los deportes y al entretenimiento. Una civilización que ha dejado atrás el salvajismo espiritual y que entierra sin remordimiento el universo mágico. El soma más que una droga alucinógena (para soñar) se presentaba como una panacea (para adormecer) más cercana al Prozac de nuestros días.
El propio Aldous Huxley se preocupó por esta dicotomía entre el cuerpo y la mente. Fue uno de los célebres seguidores de Frederick Matthias Alexander, cuya técnica de respiración y conciencia del movimiento es todavía muy popular hasta nuestros días. Huxley insertó muchos de estos conceptos en su novela La isla, obra de ficción utopista en la que sus personajes desarrollan una convivencia abierta y equilibrada con su entorno así como con sus cuerpos y sus mentes. En esta obra los jóvenes tienen una iniciación mística con lo que podría ser una metáfora al consumo de LCD, para abrir la mente y trascender.
Los trabajos de Aldous Huxley al lado de personajes como Timothy Leary, Albert Hofmann, e incluso la filosofía por la recuperación de lo sagrado de escritores como D. H. Lawrence y posteriormente de los beatniks, ayudarían a contruir los preceptos hippies que darían luz al llamado “new age” que recuperaría para el Occidente milenarios conceptos orientales respecto a la mente y su articulación con el cuerpo.
En nuestro tiempo, escritores como William S. Burroughs fueron críticos con la alienación que el consumo y la tecnología provocaban. “El hombre occidental se exterioriza a sí mismo a través de artefactos” escribió en El almuerzo desnudo. Y son estos artefactos los que probablemente terminen por sepultar al cuerpo.
La posibilidad de vivir en híbridos mecánicos ha sido un tema recurrente para la ciencia-ficción. Como lo ha descrito Naief Yehya, el cyborg representa esa posibilidad de vivir más allá del cuerpo. “Una de las fantasías de la cultura cibernética es liberarnos del peso de la carne, del caos del deterioro de la carne, al que estamos condenados”, escribió en Tecnocultura. Y como en la novela de Theodore Sturgeon, Más que humano, tal vez llegue el día en que nos comunicaremos de manera telepática, sin el lastre de nuestros toscos soportes, a través de intrincados diálogos que fluirán en un magma incorpóreo, un cúmulo de ideas dispuestas para ser utilizadas por cualquiera. Una nube. ¿O quizá ya estamos ahí?