Los dioses desdibujados

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En las capillas modernas, Dios debería ser plasmado como un ser suspendido en un cielo color naranja, contaminado por la lluvia ácida, sobrevolando los altos edificios de las grandes corporaciones privadas, por encima de las calles pútridas y peligrosas de las urbes.
Sin embargo, al entrar a una iglesia católica las representaciones de Dios —como hace siglos— continúan siendo realistas, sin muecas de asombro, iluminadas, majestuosas, en paisajes naturales casi inexistentes.
La iconografía religiosa se ha mantenido inmóvil, al igual que sus discursos sociales, sus teorías religiosas y su apoyo a los ciudadanos. La Iglesia Católica no se ha abierto a nuevos discursos para el ciudadano moderno.
Las imágenes religiosas (su iconografía) son el vehículo de todos los poderes y todas las vivencias, son la esencia de un pueblo creyente, por eso existe un fuerte control sobre éstas.

Canon y control de la imagen
El comienzo del arte sacro oriental es la inexpresividad, es decir, la imagen no debe proyectar ni dolor ni alegría, comentó el historiador por la Universidad Gregoriana de Roma y miembro del presbiterio de la diócesis de Guadalajara, Armando González Escoto. “Lo majestuoso e inexpresivo es fundamental del arte griego, y esto se mantiene hasta hoy”.
La imagen ha constituido uno de los principales instrumentos de colonización de la cultura europea, esa gigantesca empresa occidental se volcó sobre el continente americano a través de una guerra de imágenes que se perpetuó durante siglos y que aún hoy no parece haber concluido.
Serge Gruzinski, en su libro La guerra de las imágenes, describe cómo a los ídolos prehispánicos los llamaron falsos, herejes, y fueron sustituidos por imágenes de vírgenes y santos. Para evangelizar, los religiosos dibujaron tiras con la doctrina cristiana y con la exposición de milagros sobrenaturales.
Quien conquista la imagen mantiene el poder. Lo escribe Umberto Eco en Apocalípticos e integrados:
“Recordemos que en una educación a través de la imagen ha sido típica de todas las sociedades absolutistas y paternalistas; desde el antiguo Egipto hasta la Edad Media. La imagen es el resumen visible e indiscutible de una serie de conclusiones a las que se ha llegado a través de la elaboración cultural; y la elaboración cultural que se sirve de la palabra transmitida por escrito pertenece a la élite dirigente, mientras que la imagen final es construida para la masa sojuzgada”.
Cuando los europeos llegan a América, encuentran pueblos que también tienen una cultura de imágenes que son mucho más simbólicas, comentó el padre Armando González. “Los pueblos indígenas se identificaron con la cultura de la imagen, aunque para los europeos las imágenes fueran recursos pedagógicos donde se privilegiaba la iconografía que en España, en esa época, era importante, por ejemplo: cristos crucificados que reflejan las vivencias trágicas de Europa del siglo XV, como las epidemias y la peste negra”.
Las imágenes religiosas son importantes porque acaban siendo el símbolo del desarrollo de una región, superan su elemento estrictamente religioso, como la Virgen de Zapopan que es insignia del mestizaje, por el material de la que está hecha (pasta de maíz) y su vestuario español. Es patrona de la ciudad y porta un símbolo que la acredita. Lleva una banda militar que le colocaron después de la independencia de Jalisco. Cada vez que la población tenía una vivencia fuerte se mimetizaba con la imagen para representar las vivencias buenas y malas de la comunidad.
Darío Armando Flores Soria, profesor investigador de la Universidad de Guadalajara, dijo que siempre ha habido control de la Iglesia sobre las imágenes que se proyectan a los fieles. En la antigí¼edad quienes pertenecían al Santo Oficio eran los pintores que cuidaban que las imágenes religiosas no estuvieran caminando, comiendo o riéndose: “hay canon de cómo debe ser visto y cómo debe ser entendido”.
De acuerdo al colombiano Gustavo Arango Soto, profesor y maestro en filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, el arte religioso cristiano se volvió un sinónimo de inmovilidad, mientras que el arte profano, es decir, todas las manifestaciones religiosas elaboradas por manos del pueblo, cristos negros o vírgenes para adorno de las casas, fueron clasificadas por la Iglesia como símbolos de idolatría.
Los artistas que buscan otros temas no religiosos o fuera de los lineamientos establecidos por la Iglesia se han convertido en sinónimo de avance, cambio, confrontación y lucha.
La religión que había creado un lenguaje plástico y lo mantuvo, fijó reglas para la composición, para las formas, los colores, los asuntos que se debían representar y la forma de hacerlo, los sonidos adecuados y los inadecuados… finalmente esta formulación excesiva detuvo su marcha.

Fe sin metáforas
La Iglesia Católica durante siglos ha sido mecenas de artistas, ha impulsado la música, la pintura, la escultura y la arquitectura; ha hecho hincapié en el drama humano, en las pasiones, en el gusto por la grandeza y la desmesura del adorno.
En las salas del Vaticano se concentra uno de los mayores legados artísticos de la humanidad. La Iglesia es, después de todo, una portadora de cultura y no sólo una asociación caritativa o una institución dogmática.
La historia del divorcio entre el arte moderno y la Iglesia comenzó en el siglo XVIII, cuando la religión era atacada por los ideólogos de la Revolución Francesa por ser uno de los pilares del antiguo orden y las nuevas ideas, conceptos e inventos ocupaban a los humanos y sus sociedades, analiza el filósofo Gustavo Arango en su texto ¿Existe dios en el arte moderno?.
Nacía la sociedad industrial y había nuevas ciudades que construir: fábricas, estaciones de ferrocarril, hospitales y escuelas. Las urbes crecieron y con ellas el número de habitantes; el transporte y los espacios comenzaron a valorarse en términos de rentabilidad económica, la arquitectura se construye de forma vertical y funcionalista (Frank Lloyd Wright, Le Corbusier) y los nuevos edificios modernos terminan elevándose por encima de las catedrales.
El imperio de la razón, la ciencia, la tecnología y el dinero tomaban una nueva dirección, y la inercia del progreso alcanzaba a los artistas. Los pintores a finales del siglo XIX y principios del XX se dedicaron a pintar la luz, el paisaje, la gente común y corriente en calles y avenidas, o en las noches, en los cafés o en las salas de baile, e incluso en los prostíbulos. El arte se vuelve íntimo y subjetivo, y se esfuerza por retratar lo efímero (impresionismo).
El mundo hervía entre el nuevo liberalismo económico, las ideas sobre la economía y la historia de Marx y Engels, la separación de funciones de Iglesia y Estado, los descubrimientos de Darwin sobre el origen de la humanidad —sobre que no habíamos sido creados a imagen y semejanza de Dios, sino merced a las leyes de la selección y la genética (evolucionismo). ¿Y la religión?… era el opio para el pueblo, según Marx.
La lejanía entre el arte y la Iglesia se acentuó a través del tiempo.
Gianfranco Ravasi, el ministro actual de cultura del Vaticano, en una entrevista realizada por el periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, el año pasado, dijo que el arte contemporáneo apenas ha sido considerado por la Iglesia Católica. Más bien se ha concentrado en la arquitectura. “Los artistas piensan demasiado en qué es lo que le agradaría a la Iglesia y entregan obras débiles. Ya no se busca la belleza estética, descartan, quizá por temor, las preguntas últimas, las preguntas sobre lo divino, la trascendencia”.
Y continúa: “La instalación del espacio sagrado es algo que se le deja al párroco, quien instala un altar horrible y una figura de la Virgen de pésima calidad. Ni siquiera somos capaces de generar lugares de culto nuevos y convincentes. El arte contemporáneo debe estar presente en los nuevos espacios de las iglesias”.
La Iglesia Católica está encerrada en sí misma. Tiene un cierto temor de introducirse en el mundo de la razón y ha perdido el contacto con la creatividad.
En la década de los 60, Pablo VI impulsó la adquisición de obras de artistas modernos como Carlo Carrá, Matisse, De Chirico y el mexicano David Alfaro Siqueiros, que conformaron la poco conocida colección de arte religioso moderno de los Museos Vaticanos, ya que sólo algunos tienen acceso a las obras.
Para observar arte moderno religioso es necesario encargar obras o que los creativos realicen alguna exposición en un museo o galería como crítica a la Iglesia (ver bloc de notas), pero poco se encuentra para ser contemplado por el público en general.

Santuario de los Mártires
El historiador Armando González expresó que la arquitectura tiene la capacidad de soportar mayores cambios artísticos porque las personas no se identifican con un espacio, se identifican con la imagen. “En la arquitectura puede ser aceptable la modernidad, pero a la hora que te concentras en hacer una oración y ves la imagen, entre más abstracta menos le va a decir a la gente”.
Construcciones arquitectónicas religiosas modernas son la sede de la Séptima Vicaria, en Polanco, ciudad de México, o el templo San Javier de las Colinas, en Guadalajara. En el mundo: la inacabada Sagrada Familia de Antoni Gaudí en Barcelona, patrimonio de la Humanidad, o la Capilla del Rosario, en Niza, que decoró el pintor francés Henri Matisse, o la famosa catedral de Brasilia, obra del revolucionario arquitecto Oscar Niemeyer.
Para el arquitecto José Manuel Gómez Vázquez Aldana, quien está a cargo del Santuario de los Mártires, la mente y el espíritu se van actualizando. “Estamos en la época de avanzada, entonces el espíritu cambia, y la arquitectura tiene que estar de acuerdo”.
El Santuario de los Mártires es un ejemplo de arquitectura moderna y bioorgánica sustentable, que no tendrá aire acondicionado, ya que se instalará un sistema natural de ventilación, para evitar que los 13 mil fieles que cabrán en el recinto se duerman cuando sube la temperatura hasta 36 grados.
“Es una arquitectura moderna con carácter de un gran monumento que tenga dignidad perecedera, para que atraiga e impresione y le dé buenas vibraciones al visitante”. Sin embargo, el museo que albergará reliquias, fotografías y pinturas de los 29 mártires, será de un arte realista.
Gustavo Arango dice que si a los feligreses de una comunidad se les dijera que destinen sus ahorros de toda la vida para construir una nueva iglesia de millones de dólares, probablemente responderían que con la que tienen es suficiente, porque la religiosidad de hoy necesita menos de los edificios, de la parafernalia, necesita discursos artísticos y espirituales que hablen de una nueva época.