El sol que hay en la sombra

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De Chihuahua a Ciudad Cuauhtémoc, hacia el suroeste, median unas dos horas por carretera, en cuyos extremos se alzan cordones montañosos ocres que el sol parece reblandecer con paciencia. Un poco antes de avistar el cerro de la Rana, el camino se bifurca hacia Parral, donde fue asesinado el mítico Pancho Villa. El hilo del asfalto serpentea entre cerros, y va a perderse en ese horizonte semidesértico y de insinuaciones verdes desperdigadas.
Casi atravesada en su totalidad, Ciudad Cuauhtémoc (fundada en 1948), surgen, en una planicie que se antoja interminable, los manzanares, coronados de una malla negra (que los protege de las granizadas en verano) y más allá los avenales, y a partir de allí se ensancha, inabarcable a la mirada, la tierra menonita.
A media tarde del día anterior, en casa de Mercedes y Emanuel, en Chihuahua, un café con sotol, y el jazz a ratos sosegado y a ratos furibundo de Charlie Mingus de fondo, me hizo saborear ese viaje: atizado por el recuerdo vago de esos menonitas tantas veces vistos en los cruceros de la ciudad ofreciendo quesos y galletas y por aquel luminoso paisaje de Luz silenciosa (Carlos Reygadas, 2007). La primera impresión de aquello es de una atmósfera detenida, austera si se quiere, pero de un paisaje abrillantado, poblado por personajes que siempre siguen hacia delante, porque saben qué hallarán.
Ese filme de Reygadas fue una pequeña rendija para asomar a la precaria forma de vida, férreas costumbres y religiosidad de los menonitas (llamados así, en un principio como burla, por Menno Simons, un sacerdote católico holandés que en 1536 abdicó de su religión y se unió a los anabaptistas pacifistas, parientes cercanos de los menonitas). El overol y el sombrero en el hombre, y el vestido negro largo y la cofia en la mujer, son las fotografías en blanco y negro o color en las que se les ve caminar, diligentes, silenciosos, en las calles polvosas, senderos agrícolas y locales comerciales en Cuauhtémoc.
Esa mañana que entramos al café Manitoba, el aire azul era frío, y la vida se desperezaba en las plazas, en el campo, en la carretera. Apenas cruzamos la puerta del local, los rostros –todos menonitas– se volvieron hacia nosotros: un cuadro de miradas aletargadas. Pedimos tres americanos. Las conversaciones entre los comensales eran en alemán. Se buscaban entre sí y esas miradas también decían algo. Salimos de allí café en mano y algunos ojos sobre nuestras espaldas.
A propósito del nombre del café, de la provincia canadiense de Manitoba salió el primero de los seis trenes que los menonitas contrataron para emigrar a México en 1922: llegaron a Cuauhtémoc, Namiquipa y Riva Palacio, en Chihuahua. Si bien su origen se remonta a Zurich, Suiza, en 1525 y los Países Bajos tras la Reforma Protestante en el siglo XVI, para llegar a México tuvieron que asentarse antes en Holanda (al norte de lo que hoy es Alemania), Polonia, Rusia, Ucrania, Canadá y Estados Unidos. Ya aquí se diseminarían por otros estados.
Una mujer caminaba a un costado de la carretera enfundada en un vestido largo. Miraba en todas direcciones. Al fin, entró a un comercio. Estacionamos la camioneta y entramos también. Había allí un joven, de overol oscuro, y cuyas pecas le cubrían el rostro que dejaba al descubierto los lentes. Llevaba un sombrero color hueso. Habló en alemán con la mujer y ella salió. El joven nos dijo entonces, en perfecto castellano, que la mujer todos los días hace lo mismo: anda por la carretera, entra allí y después de hablarle al oído sin decir nada relevante, se marcha.
Salimos de nuevo a la mañana soleada, dispuestos a caminar entre los manzanares, a aprisionar aquel horizonte que por los cuatro costados del mundo eran sólo cerros. Escoltando a la carretera, los sembradíos y casas, brillantes, polvosos, hierven en la línea oblicua de la distancia. Porque en Ciudad Cuauhtémoc, como en Chihuahua toda, siempre hay un sol descomunal. Entre ellos ese sol no es un inconveniente, ni tema de conversación siquiera, es apenas ese hilo de sombra que orgulloso brota de las huellas que va dejando a su paso la luz, el sol mismo.