De imágenes y palabras

Cada forma de comunicar contenido posee un campo de significados propio; así, en nuestra actualidad tecnológica e hiperconectada, lo visual se está apoderando del foro mediático imponiendo su intensidad e inmediatez, dejando atrás el papel y su manera más pausada y reflexiva de procesar la información

191

El orden visual dependía de un interés personal. Una primera imagen, que podía ser la última para otro espectador, poseía el momento de un asalto. El asalto ocurría ante una cámara, quizás pública o de dueño anónimo. En la imagen estaba registrado el dato temporal: 22-01-19. En la imagen se mostraba cómo dos personajes vestidos con gorra beisbolera, zapatos tenis, pantalones ajustados y playera oscura asaltaban a un hombre; quien en un instante aparecería levantando los brazos, mientras los ladrones iban sacando violentamente lo que había en los bolsillos: una cartera, algunas monedas, un llavero y el ansiado smartphone.

Después de quitarle todo, lo empezaron a golpear hasta tumbarlo en la banqueta y continuar golpeándolo a patadas. Luego se largaron en una motocicleta y se perdieron en la noche. No había indicación de ciudad ni de país. Sólo quedaría, como último dato, el registro de un hombre golpeado y tirado en la penumbra.

Después de esta imagen, o antes, según el interés del cibernauta, se mostraba en otro video el cuerpo de una muchacha bailando, aparentemente, sola en una habitación con espejos. Vestida con unas bragas finas y una blusa transparente, la chica ondulaba el cuerpo de manera lenta y sensual, esmerándose al máximo en resaltar sus virtudes. El baile no duraba más de quince segundos. Tiempo suficiente para borrar algún malestar emocional.

En seguida aparecería otra imagen cuya duración alcanzaba los dos minutos. En estos dos minutos sucederían ciertos eventos hasta llegar al tema definitorio: una breve historia en la que aparecería la ejecución de los pasajeros que viajaban en un auto compacto, detenido por una pick up de donde salieron varios sicarios con armas largas, tan potentes, que desbarataron el carro y los cuerpos en menos de dos minutos. Al igual que el asalto, en la imagen no quedaba registrada la ciudad, sólo la ejecución en su calendario.

Después de observar varios videos por poco más de media hora, la secuencia de imágenes poseía una frecuencia isotópica: asaltos, bailes eróticos, ejecuciones, bromas… En síntesis: placer, perturbación, placer, perturbación, comedia, perturbación, placer…

En los noticiarios la secuencia de imágenes tenía otra duración, otros ritmos, otros cromatismos, otras situaciones; pero en lo más profundo del relato audiovisual, la estructura guardaba el carácter de las isotopías. La diferencia con los otros materiales audiovisuales se daba en la duración, en el número de personajes, indumentaria, en el diseño de variadas escenografías y, desde luego, en la actuación correspondiente a distintos guiones.

Después de cada noticia con contenidos violentos o preocupantes, sucedía la nota deportiva o la nota de espectáculos, con mayor frecuencia en tonos distintos a los utilizados en las notas de política o de violencia. Si la nota deportiva terminaba marcando un suspenso, para esto estaban los comerciales. En resumen, la frecuencia isotópica podía ser: política–desilusión / violencia-miedo / espectáculo-diversión / deportes–ilusión; y entre todo esto: grandes dosis de comerciales cargados de alegría.

De alguna manera, los noticieros podían lograr que la piel de la consciencia fuera endureciéndose en el cuerpo de los espectadores, y atrofiándoles la sensibilidad hasta extremos peligrosos.

En el papel estaban otras imágenes, otras palabras, otros ritmos, otras sensaciones, otra manera de experimentar el tiempo. Por lo que parece, el lenguaje de las palabras ha venido paulatinamente borrándose o diluyéndose por los agujeros negros de la memoria secular.

Una palabra escrita en el desierto blanco de una página, exigía un instante de imaginación para refrescar la memoria. Exigía aceptar el cúmulo de toda una historia agazapada en la palabra. Una imagen en movimiento, en cambio, sólo exigía abandonarse en el afuera del pensamiento, borrar –por un instante– la acción de recordar y desprenderse de las restricciones históricas.

En la imagen se activaba un presente intenso, disparado por la implosión de olvidos. En efecto, el poder de la imagen dependería del poder tecnológico y de la habilidad de un sujeto: videasta-fotógrafo/a. Un sujeto que hubo disparado a la velocidad de una intuición y editado a la velocidad de un saber aventurado.

Sólo me interesa lo que no se puede pensar: lo que se puede pensar es demasiado poco para mí. (Ángela Pralini).

Con el movimiento de una voz suave, Ángela Pralini estremecería las ventanas por donde iba vislumbrándose el silencio de una realidad incomunicable. En ella, en su voz y en sus palabras, la imagen como reproductora de algo visible estaba lejos de su intención. Pensar era un acontecimiento, a veces, petrificado en los renglones de la historia. Sentir era la vida misma sin representaciones. Sobre todo, en horas de madrugada.

No era un lenguaje nuevo. Era solamente otro lenguaje el de Ángela Pralini. Era como un pensamiento lleno de noche. Sin estrellas pero con mucho silencio.

En el silencio estaba ese otro lenguaje. Estaba sin luna y con mucho sueño.

No era un nuevo lenguaje. Era solamente otro sueño en otro silencio.