Cruceros tierra de nadie

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Los cruceros de Guadalajara son barómetros que miden la presión social. En ellos se evidencia el antagonismo entre clases, la discriminación, además es lugar de encuentro de culturas. Esta es una de las reflexiones que hizo Ricardo Fletes Corona, profesor investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) en torno a su investigación 45 cruceros en la Zona Metropolitana 1994-2004, que tiene como fin principal cuantificar a las personas que trabajan en esos lugares, tomando a 1994 y 2004 como años comparativos.
En esos puntos de la ciudad es común la venta de artículos diversos como franelas, espejos, chicles, quesos, también hay personas que limpian vidrios de automóviles, además trabajan payasitos, malabaristas y tragafuegos, entre otros. Acuden a ofrecer sus productos menonitas, indígenas y mestizos. Algunas veces unos influyen sobre otros.
“Los menonitas llegan en una actitud pacífica utilizando un español muy correcto. El contacto con los mestizos los hace adoptar, en muchos casos, un nuevo vocabulario. Llegan a utilizar malas palabras y a entender los albures. Los mestizos quieren bromearlos con dobles sentidos y los menonitas llegan a contestarles de la misma manera.
”Es muy interesante su transformación. Le dan una visión muy particular al mundo de la calle y las esquinas. Llegan en un plan de que son pacíficos, que las malas palabras son inadecuadas y es pecado decirlas. El hecho de que contesten a un albur, los mestizos lo toman como gracia. Una vez oí como un chavo decía a otro divertido: ‘Ese gí¼ero quesero te fregó y te albureó’”.
Hace tiempo llegaron personas de Chiapas para incorporarse a los cruceros, pero fueron rechazados de manera enérgica por los mestizos. En parte el investigador lo atribuyó a una actitud racista. “Al menonita se lo tratan de alburear. De esa manera lo presionan, pero es suave. En cambio hacia los chiapanecos fue fuerte. Expresiones como: ‘Lárguense’, ‘Qué hacen esos pinches chaparros y prietos’, son comunes”.
Antagonismo social
“En los cruceros se pone en evidencia el antagonismo entre clases sociales. Me ha tocado presenciar que cuando un conductor no quiere que le limpien los vidrios de su auto, dicen: ‘Pinche rico, pero va a ver’. Otras veces he escuchado: ‘Ricos, tacaños, tienen y no jalan’”.
Algunas personas les dan de propina 50 centavos y los chavos se enojan. “También he observado chiquillos que avientan la moneda que les dan. Otros amenazan: ‘Antes diga que no lo asalto, cabrón, yo podría asaltarlo y qué’. Puede percibirse el odio.
”Las personas que trabajan en la calle distinguen que el otro está en una situación de mayor ventaja. Sobre todo los chavos se dan cuenta de las diferencias sociales”. Entre ellos hay un código no escrito; saben que no deben tener pleitos en la calle. No les conviene porque la policía los puede quitar. Saben que no lo deben de hacer, pero de pronto no se aguantan”.
Llama la atención el concepto que tienen de su trabajo. Una vez un limpiavidrios comentó, mientras un compañero lo calmaba: “Es que no le estoy pidiendo limosna, le estoy dando un servicio. Todavía que le limpio el coche cochino”. Este tipo de situaciones son preocupantes porque podrían llegar a agresiones más fuertes entre ciudadanos.
En los cruceros es común ver, en estos tiempos de crisis, conductores estresados y cómo descargan en las personas que trabajan en los cruceros esta tensión. “Si un chiquillo se acerca para limpiar los vidrios de un auto, muchas veces es ofendido”.
Deberían existir mecanismos eficientes de redistribución de la riqueza y mejores salarios, dijo el investigador. El hecho de que haya personas trabajando en la calle de manera informal es el reflejo de la carencia en los servicios educativos y de asistencia social, además de los precarios salarios que existen para personas que en promedio cursaron sólo la primaria.

Características de la población
Ricardo Fletes señaló que esa población que trabaja en la calle es flotante. En la mañana pueden estar en una parte y en la tarde irse a otra. “Incluso hay personas que en la noche acostumbran ubicarse en otro lugar, entonces es muy difícil contarlos”. El investigador seleccionó 45 cruceros, ubicados en Guadalajara. El conteo se hizo entre los meses de marzo y abril.
En 2004 el investigador encontró más niños y adultos del sexo femenino. De 27 por ciento de población en 1994, pasaron a un 36 por ciento. Si antes la edad promedio de los niños que trabajan en crucero era de 11.6 años, ahora es de 10 años. El espectro se amplió porque antes lo prevaleciente eran adolescentes y jóvenes, ahora pueden verse pequeños de menos años y personas de la tercera edad.
Ricardo Fletes percibió que cruceros donde en 1995 no había personas trabajando o había muy pocas ahora sí estaban ocupados, sobre todo rumbo a Providencia y en la zona oriente, por Río Nilo. De la misma manera, por Periférico en los puntos donde hay semáforos. En los más de 40 cruceros observados, el investigador detectó que trabajan en promedio 293 personas en 2004. Hace nueve años, en 1994 eran 356. Esto lo atribuye el investigador a la dispersión hacia otros cruceros.
Un crucero tiene capacidad para que trabaje un número limitado de personas, no puede saturarse, tiene que mantenerse un equilibrio. Las personas que en esos lugares se ganan la vida defienden su crucero y sólo toleran hasta cierto número de competidores. Incluso llegan a pelear con otros. “Un caso es el cruce de Revolución y Calzada Independencia y el de Federalismo y Lázaro Cárdenas, los cuales son muy disputados. A veces hasta hay pleitos”.