Chicano: sin instrucciones de uso

77

Aunque para algunos el concepto chicano siga siendo cuestionado, las generaciones de escritores de origen mexicano en L. A., no son beaners, ni ladinos, ni latinos: son chicanos”, comentó Susan Straight, catedrática de la Universidad de California, al hablar de Alex Espinoza y Michael Jaime Becerra, quienes fueron sus alumnos y hoy consolidan su carrera como escritores. En el Café literario de La FIL se abrió la mesa “Chicanismos” para hablar de la literatura que hacen autores de herencia mexicana.
La posibilidad de distinguirse de los demás, diferenciarse y reconocerse en los otros para existir, determina todas las formas sociales. En Estados Unidos el término genérico “hispano”, contiene muchas variedades. Si buscamos un nombre que contenga algo que distinga a las personas de origen mexicano de otros grupos étnicos incluidos en lo hispano, aparece el encuadre específico de los chicanos. Ha pasado mucho tiempo desde que Octavio Paz reflexionara sobre este grupo en El laberinto de la soledad. Hoy el término chicano refiere el universo cultural de un grupo cuya importancia demográfica y social continúa buscando explicaciones.
El origen histórico de los chicanos suele estar centrado en la migración mexicana hacia Estados Unidos a partir del siglo XX. Sin embargo, se olvida que muchos mexicanos no cruzaron voluntariamente el río Bravo: la historia los cruzó a partir del movimiento político de las fronteras.

La pizca y la universidad
Para Alex Espinoza, su historia describe muy bien lo que significa ser chicano. Él compara esta identidad con el sincretismo del catolicismo construido en América Latina a partir de la colonia. El autor de la novela Still Water Saints (2007) fue el último de 11 hijos de una pareja de migrantes michoacanos que dejaron una ranchería de La Piedad para aventurarse en un suburbio angelino. Sin embargo, Espinoza nació en Tijuana, porque su madre volvió a cruzar la frontera sólo para dar a luz, puesto que no confiaba en los médicos americanos. El autor se siente orgulloso de que lo llamen chicano.
Susan Straight habló de su experiencia, de lo extraño y divertido que fue ser hija de un alemán y una suiza avecindados en un barrio mexicano de Riverside, en donde todos sus vecinos trabajaban en los campos de naranja. Eran tiempos en los que se escuchaba a César Chávez por Radio Aztlán. En esa estación hoy los jóvenes chicanos se abren camino como pinchadiscos.
Michael Jaime Becerra publicó en 2004 la colección de cuentos Every night is ladies’ night. Ahora espera la publicación de su novela This time tomorrow, que saldrá a la venta en febrero de 2010.
Nació y creció en El Monte, un barrio mexicano en Los íngeles. Para este escritor no se debe discutir si lo chicano existe o no: sencillamente este es el nombre con el que se identifica. “Hay mucho alboroto sobre el origen étnico y la identidad de la gente, pero no hay que confundirse: eso que hoy llaman latino, es un invento de la música pop. Lo chicano tiene que ver no sólo con el origen geográfico, sino también con el sentido que le damos al dinero y al trabajo. Mis padres trabajaron en el campo y yo soy universitario. Si bien la realidad ha cambiado en la superficie, se continúa peleando por lo mismo.”
El espíritu agrícola de lucha se ha traducido en modos diferentes de transformar la realidad californiana y también las formas de manifestación artística. La aparente desorganización de la sociedad angelina, distrae y hace pensar en que comunidades como la mexicana tienen grandes debilidades. Los jóvenes autores chicanos insisten en que todo son fortalezas. Aun cuando haya discriminación, los chicanos no son diferentes a ningún otro grupo. Incluso los migrantes caucásicos tienen que sortear la intolerancia.

Postal chicana
Espinoza y Becerra saben que ser bilingí¼e es una ventaja práctica, igual que la medicina tradicional que practica su familia. Su identidad está de los dos lados de una garita fronteriza, que afirman el sinsentido de borrar un título para inventar un adjetivo antropológico que coloque a este grupo en un cuadro taxonómico. No se trata de una moda estrafalaria, de tatuajes y paliacates, de acentos y medias en la cabeza, sino de prismas vivenciales de millones de sujetos que comparten esta dualidad cultural. No hay lugar para la uniformidad. Eso no explica nada ni a nadie.
El término chicano no ampara a un grupo de gente lastimada. Al contrario, da nombre a quienes aseguran atravesar todo el tiempo dos grandes mundos sin pertenecer a ninguno. Eso –afirma Espinoza– es enriquecedor, no un motivo de queja.
El salón estaba repleto: amigos, catedráticos, familiares y curiosos, usaban intermitentemente los audífonos para viajar del inglés al español. En la última fila, sentada en la alfombra, una mujer morena de cabello oscuro y largo amamantaba a su hijo y escuchaba atenta. Poco antes de cerrar la charla, esta mujer sonrió a los panelistas, habló en perfecto inglés con su acompañante y formó una cruz extraña con sus dedos. Algunos asistentes de las primeras filas le contestaron el ademán, mientras gritaban: “Trouble Makers”.