Bukowski vomitar al cielo

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Hay palabras que agrietan, como el rostro con acné. Palabras que caminan por callejones de Los íngeles; palabras alcohólicas, que buscan putas para enamorarse. Palabras de las que cuelga el dolor de una infancia herida. La escritura de Charles Bukowski (Andernach, 1920-Los íngeles, 1994) es arma cargada, llena de balas para enfrentar la realidad destazada por una sociedad ignorante, que lleva el cuchillo homicida en las manos.
Bukowski es el buscador, el solitario que resistió atado a una botella e ignoró la seductora voz de la fama; quien se ahogó en las tempestades del sexo y el hambre y la marginalidad, y escupió en las convenciones y escupió Escritos de un viejo indecente, La máquina de follar, La senda del perdedor, Música de cañerías y otras miles de páginas más.
La denuncia de Bukowski se erige desde las entrañas; es amarga. Pero no desilusión desértica, no páramo. Porque, aunque sólo sea por las noches, cuando todo el mundo duerme, “hay un pájaro azul en [su] corazón que canta, que no dejó morir…” Canto heredero de la tradición de los poetas malditos del XIX, en que poesía y vida se confunden; en que el ser errante, el ser desarraigado levanta como protesta su propia carne. Canto heredero también de las guerras mundiales, gestado en el útero de la Gran Depresión, creciendo con la gran mentira del trabajo y las colas en los supermercados, la mentira de tragarse todo —a Dios, a la patria— sin pensar, hasta olvidar lo que es pensar, hasta dejarlo a cargo de otros: no es terrible la muerte, sino esa vida vaciada en un cubo de basura sin saberlo, esa vida no vivida.
El autor de origen alemán señala que “la justicia está en todas partes y funciona / y las ametralladoras y los billetes / y los cercos / lo demuestran”. Lo señala desde su exclusión del “sueño americano”, tan pesadilla, tan bien disfrazado de grandes ciudades, hechas para matar a la gente, con avenidas planeadas para ratas, con Beverly Hills y tipos violando vírgenes de catorce años.
Y la gente tiene razón al sentir que está cayendo en trampas (sin saber que son trampas), en la oscuridad, malgastando sus vidas. Es preciso que las letras se conviertan en francotiradores. De diferentes maneras, pero todos estamos jodidos. No hay verdad. Nada real. Nada. Hay apuestas al sexo, a los caballos, al alcohol, a la poesía. Mejor el mundo en llamas a la conciencia adormecida. La certeza de las trampas. Porque estamos solos, completamente solos: “nadie encuentra al otro / pero siguen buscando / de cama / en cama / la carne cubre / el hueso y la carne busca / algo más que carne. / No hay ninguna posibilidad / estamos todos atrapados / por un destino singular. / Nadie encuentra jamás / al otro / los tugurios se llenan / los vertederos se llenan / los manicomios se llenan / los hospitales se llenan / las tumbas se llenan / nada más se llena”.
Construye entonces una estética decadente con los retazos de esta sociedad de espejos, una estética desnuda, lúcida, desmentida. A veces manchada o, mejor, con la tentación de una melancolía, que a diferencia de sus padres malditos no sueña ningún paraíso (que de cualquier forma no hay) y prefiere eyacular mirando las piernas de una chica. Ya no busca, como quería el autor de Una temporada en el infierno, “cambiar la vida”, pues no tiene importancia…
Henry Chinaski (alter ego literario de Bukowski), implacable, vomita sobre las promesas huecas, abúlicas; sobre los discursos referentes al terror y la miseria de la condición humana que se hacen desde los pedestales, desde la “desolación” de la mesa de un buen restaurante, con vino francés, bistec y ensalada (con esa sensación lee Resistencia, rebelión y muerte, de Camus). Sabe que es un alivio, “que hubo otros hombres desesperados”: Rimbaud, Séneca, Van Gogh; otras camareras, otras poetisas, otras enfermeras.
Nada se salva de los golpes bukowskianos, ni los beats: “esos escritores están liquidados, suavizados, atontados, agilipollados, afeminados […] y si yo fuese un poli qué ganas me darían de machacar sus cerebros podridos. Colgadme por eso si queréis. El escritor de la calle está dejando a los imbéciles chuparle la polla del alma. Sólo hay un lugar para escribir, SOLO ante una máquina”.
Sin coincidir en su referencia a los beatniks, la sinceridad, el ser auténtico, sin limitación u obediencias, es para él, como para los anarquistas, el único camino posible… Para la escritura: lo imprevisto, el desconocimiento de la siguiente frase, como sucede –a su parecer– con Ernest Hemingway y John Fante.
Para aprender, para ver es indispensable vibrar. Luchar a la contra, con la sabiduría de que la vida gira sobre un eje podrido y “la verdad tiene su manera de cambiar cada día, cada segundo”. Al borde del precipicio hubo algunas noches, cigarros, pastillas, hipódromo, apuestas perdidas, gente que termina en manicomios no por la muerte de su amor, no por incesto ni por robo, sino por “la serie continua de pequeñas tragedias”, por “el cordón del zapato que se rompe / cuando tiene prisa”.
Y es igual ser un artista raras veces a ser nada la mayor parte del tiempo, si la vida y la escritura “ha sido una buena pelea y lo sigue siendo”.