Beber de la realidad

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Días atrás se cumplieron 84 años del nacimiento de Jorge Ibargí¼engoitia. Su muerte en 1983, cuando –con ciertas dudas según contaba su mujer– se embarcaba en un viaje de Francia a Colombia para asistir a un encuentro de escritores, y al que no llegó al ver terminar sus días entre llamas y fierros retorcidos del Boeing 747 que se despanzurraba en Madrid proveniente de París, y como han querido difundir, abrazando celosamente el manuscrito de la que sería su próxima novela; tiene los tintes de una tragedia medio irónica a la que se le podrían aplicar las palabras que él sarcásticamente mencionaba sobre las desgracias de los próceres mexicanos, y que no son más que una sarta de burlonas e inútiles justificaciones: “Cómo no va a resultar triste una historia que después de empezar tan bien y seguir regular, […] hay frases como ‘se fortificaron en un lugar en que había de todo menos agua’, ‘si tuviéramos parque’”. Si no se hubiera estrellado el avión.
Huelga señalar que lo trascendente en la obra de Ibargí¼engoitia es el humor con que trata sus asuntos. De lo variado de su arte y que abarca obras de teatro, novela, cuentos y escritos periodísticos, no puede sino decirse que buscaba con la risa hacer evidente lo absurda que puede ser la condición humana, y cómo en el regodeo de su necedad hasta lo más terrible podría tornarse hilarante, precisamente por su empeño en no modificarlo. Decía Oscar Wilde: “Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas”.
Lejos está Ibargí¼engotia de ser un bufón de la literatura que pastelee al lector con chistoretes para causarle una gracia barata. Su humor sí es voluntario, y es obvio que el fino efecto que logra se da a base de corrección y revisión de sus textos, pero que tiene origen no en una percepción feliz y placentera de la vida; lo que ahí se encuentra escrito es la traslación de la mirada aguda sobre las frustraciones e infortunios de la vida, las manías y mezquindad de las personas, cosas de las que el autor rió no sin pesimismo, molestia.
Basta con leer Los relámpagos de agosto, la novela más famosa de Ibargí¼engoitia, y que ganara el premio Casa de las Américas en 1964, para encontrarse con esos recurrentes personajes a los que el autor enreda sin descanso en las estupideces de sus acciones, y en la impotencia de no poder acabar de remediarlas. Todo desde la óptica de lo mexicano, al punto de que al lector no le queda más que reírse de su desgastada desgracia nacional.
De esta novela, Ibargí¼engoitia, al que algunos equivocadamente imaginarían como un tipo amable, alegre, pero que más bien era alguien un tanto adusto, comentaba: “Cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie”.
Aunque en cualquiera de los textos de Ibargí¼engoitia a los que él mismo clasifica dentro dos tendencias; una pública como Las muertas, y otra más íntima como Estas ruinas que ves, se pueden hallar esos personajes incapaces de evadir el fracaso de su cómica cotidianidad, es en Instrucciones para vivir en México, serie de crónicas y editoriales sobre temas tan diversos como la democracia; los héroes nacionales; el uso del claxón en la ciudad; o los tacos y las tortas, donde a partir de lo real el escritor aborda los usos y costumbres mexicanas que van de lo más simple a lo más solemne, pero que no por ello deja de encontrar que siempre existe un lado ridículo, inútil y desproporcionado del que no se escapa.
A fin de cuentas, lo que buscaba Ibargí¼engoitia es que el lector se volviera cómplice en la burla de las miserias. Y aunque su perspectiva literaria estuviera por encima del ámbito local, resulta obvio que su abrevadero es la realidad nacional que a veces promete, pero nunca termina de cuajar, y que hay algo que lo echa todo a perder: “Tiene defectos. El principal de ellos es el estar poblado por mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores […] Además […] son quejumbrosos, y peor, están satisfechos. ‘Ni modo’, dicen, ‘así nacimos’. Lo cual es mentira. Todos los defectos que he señalado podrían corregirse si no hubiera aquí ‘fuerzas oscuras’ tratando de fomentarlos”.