Menos dolor en el piso siete

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El Hospital Civil de Guadalajara “Doctor Juan I. Menchaca” recibió 96 porth-a-caths para distribuirlos entre los niños con cáncer del piso siete.
Dichos aditamentos son un tipo de puerto que implantan los especialistas debajo de la piel del paciente, para suministrar con facilidad los medicamentos por medio de una inyección y que lleguen de manera precisa a la sangre.
Sin dicho puerto, los niños con leucemia o cáncer deben soportar el dolor que les producen los piquetes del tratamiento quimioterapéutico, en ocasiones varias veces por semana, durante tres o más años. Las venas llegan a “esconderse”. Reciben la punta de las agujas en las manos, pies e incluso en el cuello. Es doloroso.
El poth-a-cath puede disminuir el número de piquetes durante el tratamiento de quimioterapia, de 15 aguijonazos a uno. Y puede durar hasta 10 años o más debajo de la piel.
Lo mejor, dijo el director del “Juan I. Menchaca”, Roberto Kumasawa Ichikawa, es que “disminuye la ansiedad, el sufrimiento y el dolor”.

Incendio en la zona lumbar
Le diagnosticaron leucemia en Tampico, Tamaulipas. La llevaban de visita con sus abuelos. Apenas tenía dos años y medio. Las vacaciones no resultaron relajantes para los padres. Con la niña en brazos, buscaron en la ciudad norteña un especialista en cáncer infantil.
Llegaron al hospital general tampiqueño. Ni modo de regresar hasta Puerto Vallarta o Guadalajara. Lejísimos. La niña estaba mal y necesitaba atención de inmediato. Le inyectaron cierta sustancia paliativa en la zona baja de la espalda.
De regreso a la costa occidental, la madre le notó a Sarita una ampolla negra por encima del picotazo reciente. Supuso que era una infección. “No se ve nada bien”, pensó.
Ya en Vallarta, le limpiaba el área infectada. Nada. No mejoraba. Se le puso más negra. Pedazos de piel ceniza comenzaron a desprenderse del cuerpo. El sitio lumbar “estaba podrido”. Sarita dejó de caminar. Tenía un boquete oscuro, como quemadura en la espalda baja.
Madre e hija viajaron a la capital jalisciense. En el piso siete del “Juan I. Menchaca” le recetaron “unos antibióticos fuertes” para detener la infección.
En el transcurso de los siguientes seis meses, Sarita recibió quimioterapia, con los sucesivos piquetes.
“Eran 12 o 13 inyecciones en esas primeras semanas. Tuvimos que quedarnos en Guadalajara. Fue horrible. Se le caían pedazos de su carnita. Una vez me dijo la niña: ‘mira mi agujerito, mamá’. Se le había hecho un hueco en su mano y podían verse los tendones. En la pantorrilla también se le formó un pozo”.
El cáncer corría por el cuerpo. En ese tiempo, el ayuntamiento de Vallarta donó a la niña un porth-a-cath. Los médicos lo instalaron debajo del hueso posterior a la clavícula.
Las inyecciones fueron menos. Comenzaron a transmitir el medicamento por medio de este artefacto.
Voltea Ana Teresa Cárdenas, la madre, hacia Sarita. Le pregunta: “¿Te dolió menos cuando te inyectaron en tu portacats?” La niña contesta que sí. La madre reinventa la cuestión. “¿Te duelen tus manitas cuando te ponen tu medicina?” La niña entiende la intención materna y agita las manos de un lado a otro, también la cabeza, con expresión negativa.
Sarita ya tiene más de cinco años. Desde hace dos años y ocho meses recibe quimioterapia. Sin embargo, Ana Teresa afirma que con el nuevo aparato “es más a gusto el tratamiento, porque recibe un solo piquete cada 15 días o hasta un mes, según como ande la salud de la niña”.
Para que la pequeña Sara reciba su tratamiento debe llegar al hospital en buen estado de salud.
“Nosotros venimos cada semana desde Vallarta, y a veces lo hacemos en balde, porque si la niña anda mala, como con diarrea o cualquier cosa, nos regresan. Y es que así se puede poner peor, dice el doctor. La niña tiene que estar fuerte para recibir el tratamiento”.
En lo que va del tratamiento, a Sara se le ha caído en cuatro ocasiones el cabello. En particular cuando recibe radiaciones. Los primeros siete días de tratamiento estuvo en ayunas. Recibió 10 días continuos de radiaciones.
Ahora parece más recuperada. Ganó peso y tiene su cabello oscuro, menudo y rizado.
No por eso debe dejar el tratamiento. De hecho, deberá seguir bajo vigilancia médica durante el resto de su vida.
La siguiente fase es una serie de medicamentos en tabletas para evitar que la leucemia retorne a su cuerpo.

Los 96
Cada porth-a-cath cuesta alrededor de mil 500 pesos. Los criterios que atenderá el HC para colocarlos en los pacientes, serán: a quienes tengan un diagnóstico de leucemia, sean menores de un año, sigan un tratamiento con quimioterapia y requieran más de seis meses de aplicación; a multipuncionados, los que ingresarán al programa de trasplante de médula ósea.
El jefe de la Unidad de trasplante de médula ósea, del nosocomio tapatío, Óscar González Ramella, señaló que los 96 aditamentos donados por el Movimiento Azteca y la Fundación por los niños con cáncer, alcanzarán para los niños con cáncer que arriben al piso siete durante los próximos seis meses.
El aditamento, colocado en la vena subclavia, detrás de la clavícula, sirve para ingresar de manera más directa al sistema circulatorio central, por lo que es una cirugía de mínima invasión y con una corta estancia hospitalaria.
En días pasados, Leobardo Alcalá Padilla dijo a los niños con cáncer y padres de familia asistentes a la ceremonia de entrega de los mencionados dispositivos, que en 2000, ocho de cada 10 pequeños con cáncer morían en el occidente del país. Hoy, el Servicio de hemato-oncología pediátrica ha curado a 555 niños y niñas; 456 están en control y 355 en tratamiento.
“Quienes vivimos en el hospital, podemos tener la fortaleza que nos dan”, manifestó Alcalá Padilla, “pero hay gente fuera que no conoce el sufrimiento, que no sabe de estos niños pelones, que ni siquiera conoce la solidaridad que viven entre ellos estos niños con cáncer. Ellos deberían ser un ejemplo nacional en torno a cómo debemos unificarnos y trabajar”.