Bajo la amenaza del narco

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Juan Carlos (nombre supuesto) era respetado y temido en su barrio. Camisas alusivas a la película Scarface, barba estilizada, rodeado siempre de “morras” guapas. Un cholo, como se le conoce en la jerga callejera, risueño y elegante, pero que no claudicaba un segundo en “bajar“ a alguien si un compa lo necesitaba. En la colonia Del Sur de Guadalajara era alguien. Ahora, a los 25 años, Juan Carlos es un muerto que camina, un fantasma. Su vida vale apenas el precio de un kilo de cocaína.
El padre, traficante de armas asesinado cuando él estaba chico, era su ídolo, hacia el cual tenía una admiración rayana en adoración. Su adolescencia la pasó entre fiestas de reggaeton, riñas, pequeños hurtos, consumo y venta de droga, al igual que muchos jóvenes que nacen en zonas marginales de la metrópoli, donde las oportunidades para sobresalir escasean. Pero su vida cambió y su historia se convirtió en una insensata y arrolladora secuencia de fugas, de personas desaparecidas, de muerte.
“O estás con nosotros o si no, no trabajas”, le dijeron un día los jefecillos que controlan la venta de cocaína en la colonia por parte del cártel de Sinaloa, prometiéndole ganancias estratosféricas. “No resistí a la tentación del dinero fácil y el poder”, afirma Juan Carlos.
Corría el año 2009. Creyó que su vida no cambiaría mucho, pero de pronto lo enviaron de “camello” a ímsterdam, Holanda, con un kilo de cocaína en el estómago y apenas 200 euros de “viáticos”.
“Se me pegaron 28 cápsulas en el intestino. No podía sacarlas. Salieron de una en una, lento. Tuve mucho miedo, porque a otro ‘camello’ se le acababa de romper un envoltorio en la panza. Lo dejaron tirado en la calle y luego de que le abrieron la barriga en el hospital, lo agarró la policía. Casi se muere”.
Sin dinero, sin amigos, se enfrentó a la crueldad del mundo del narcotráfico, donde sólo el negocio importa. “Fue difícil. En Holanda hay un montón de cocaína, y la que me enviaba ‘El Gí¼ero’, mi jefe en guanatos, era de mala calidad, pero necio la quería vender a precios más altos, a 32 euros el gramo, cuando allá te la pagan máximo a 25”.
Vivió algunos meses rogando por comida y un techo con personas ajenas al tráfico de droga, que de vez en cuando le hacían algún préstamo sin saber para qué era en realidad. El dinero y el poder que creía obtener rápidamente se desvanecieron ante el miedo y el hambre. La vida de rey se transformó en la de un animal acechado.
En cuartos baratos de ímsterdam, Rotherham, Brujas o Frankfurt, empezó a extrañar su vida anterior en el barrio. “Una vez fui a Bruselas por un ‘camello’ que acababa de llegar de México con un kilo de cocaína. Cuando lo encontré, ya tenía fuera 38 gramos, pero yo no lo sabía”.
Con los 150 euros que traía se dirigieron rápidamente a un hostal. “Para un cuarto con baño tenía nada más por dos noches, pero lo necesitábamos para que sacara todas las cápsulas, pero el gí¼ey no podía. Eso fue demasiado. ¿Qué chingados estoy haciendo aquí? Me pregunté”. No sabe por qué, pero en aquel frío cuchitril lo primero que se acordó con añoranza fue de las tardes en que iba con los compas al ITESO, a ver a las “gí¼eritas fresas”. Y luego, fanfarroneando sobre supuestas aventuras con tal y cual morra espectacular, a emborracharse en los bares de micheladas sobre Periférico.
Vendió la droga que de a poco a poco salía del culo del camello. En cápsulas de látex y cera con 3000 euros, seis billetes de 50 cada una, envió las ganancias obtenidas al “Gí¼ero”. Reunió el poco dinero que le quedaba y decidió abandonar el negocio para regresar a México y, en balde, intentó esconderse en su propia ciudad.

El precio de una vida
Al cabo de tres meses, a mediados del año pasado, los narcos encontraron a Juan Carlos en un antro de Guadalajara. “El Gí¼ero” le dijo que tenía una deuda con el capo del cártel. Una suma exorbitante, de miles de dólares, que él no había contraído y que no tenía para pagar. “Mira, la llevas de perder y si te escapas otra vez, ahí está tu jefa, que la va a pagar por ti”, le dijo, y lo citó al día siguiente en un centro comercial de la ciudad.
Allá lo esperaban además los hombres cercanos al capo. “Llegué 10 minutos tarde ¡Por eso me aumentaron la deuda de 10 mil dólares!”. “El Gí¼ero” lo apartó del grupito, y le dijo: “La neta, aviéntate la bronca, porque aquí alrededor hay ocho gí¼eyes armados que si te niegas, te levantan saliendo de la plaza, y te van a descuartizar”.
Frente a las amenazas accedió a hablar por Nextel con el jefe, quien le dijo: “Mire, a mí págueme. No me importa si roba, mata… o haga lo que quiera, pero quiero mi dinero”.
“Señor yo no le robé nada, pero si así fuera o de cualquier manera le tengo que pagar, pues yo veo cómo le hago”, le respondió Juan Carlos. “Eso fue mi más grande error; me puse la soga en el cuello yo solo”.
Desde entonces su vida es un recuento de gente asesinada, de traiciones, de arreglos de cuentas y de amenazas. Como la última que su jefe le mandó por correo en noviembre del año pasado:
Fue una gran pena averte conocido, y mas averte brindado una familia y una amistad. Tu no te mereces nada y eso es lo que vas a tener. Me gustaría decirte nos vemos pronto, pero ya no va a ser asi. Gente como tu no debe de estar en este mundo. Ke lastimas me das. Es tan triste tu vida, y va a acabar tan mal… (sic)
En Holanda, a donde lo reenviaron el verano pasado, todos le dieron la espalda y fracasó en el negocio. “Regresé allá porque temía por mi vida y por la de mi madre. Cuando esta gente te agarra, no tienes opción. Mi familia está al alcance de sus manos y como se sabe, en México no existe la ley ni nada. La ley es la de los narcos”.
¿Qué país es este?, se pregunta, “donde los narcos gobiernan y nadie los detiene, y que cuando te agarran te dicen cínicamente: ‘te soltamos solo si llama el Chapo o su Santidad’”.
Desesperado, al final decidió darse a la fuga. Nadie conoce su paradero; desapareció, a pesar de la amenaza que cae sobre su familia. No pudo pagar la deuda y además no logró vender la última partida de droga que le enviaron de México.
“Ahora todos en Guadalajara saben que me van a matar: mi cabeza tiene precio. ‘El Gí¼ero’ quiere el dinero de los 750 gramos de cocaína que me envió ¡No es ni siquiera un kilo!, pero ahora éste es el precio de mi vida”.

Jóvenes, carne de cañón
Alos jóvenes como Juan Carlos, que viven en barrios periféricos de Guadalajara, constituyen presas fáciles para los cárteles de la droga, que ahora como nunca, en la guerra desatada en el país, necesitan de manera urgente mano de obra y “carne de cañón” desesperada y barata.
“Los grupos de la delincuencia organizada le ofrecen desde tres mil hasta cinco mil pesos: algunos mensuales, otros semanales, para hacer actividades ilícitas de diferente índole. Desde venta de droga, homicidios… hasta mandar a descuartizar a alguien”, explica Dante Haro Reyes, investigador de la Universidad de Guadalajara y experto en temas de seguridad pública. “Lo que no saben estos jóvenes es que en el mundo del narcotráfico es fácil entrar, pero difícil salir”.
Durante una investigación que está realizando en las colonias conflictivas de la Zona Metropolitana de Guadalajara, encontró que éstas “constituyen un caldo de cultivo para el narcotráfico, por la falta de oportunidades para los jóvenes, desde niños de secundaria hasta los 25 años”. Ahí viven “la ausencia de áreas verdes, de iluminación pública, de servicios”.
Los barrios que señala Haro Reyes son la Colonia Jalisco para el municipio de Tonalá: “Inclusive hasta la policía dice que allí en la noche es muy difícil el acceso. Es tierra de los grupos delincuenciales, donde el territorio se defiende con la vida”.
Por lo que respecta Zapopan, señala las colonias de Santa Margarita, el Batán y La Experiencia.
De Guadalajara los barrios conflictivos son Mesa Colorada, Huentitán, La Mojonera, Santa Cecilia, San Andrés, “y El Fresno, por supuesto. Incluso sale en narcocorridos, porque allí se crió ‘gente pesada’”.
Estas áreas urbanas están delimitadas por grandes avenidas, ríos, barrancas, barreras naturales, que a la par de los complejos residenciales populares y hacinados, como en Miravalle, crean guetos donde mandan los grupos criminales.
“La falta de oportunidades lo único que hace es que las personas en lugar de estar cuidando carros, de trabajar de franeleros, en los semáforos, o en pequeños trabajos informales, sean presa fácil de los cárteles, que los enrolan por cantidades módicas de dinero”.

Ninis al servicio del narco
No sólo a pandilleros o a cholos se le hace atractivo el mundo del narcotráfico. También a otro sector de jóvenes mexicanos conocido como los nini (que ni estudian ni trabajan) y que, según el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro, superan los siete millones. Además, se estima que en el país existen tres millones de analfabetas, y el promedio de educación es de apenas siete años.
La investigadora del Centro Universitario de Ciencias de la Salud, de la Universidad de Guadalajara, Claudia Chan Gamboa, considera que en Jalisco los ninis son 238 mil, de una edad que va de los 14 hasta los 29 años, que “no tienen planes de vida ni proyectos personales, fenómeno que obedece a la falta de oportunidades y al fracaso del modelo económico en México”.
Es el caso de Alberto Pérez Vázquez, alias “El Gordo”, nacido en Guadalajara hace 21 años, y que el 15 de enero pasado participó con otros 10 sujetos relacionados con el grupo de La Resistencia, en el atentado con granadas en contra de Reynol Contreras, jefe de la policía municipal de Chapala. Nueve de ellos tienen entre 18 y 24 años.
Desempleado, a finales de 2010, supo que estaban ofreciendo tres mil pesos para colaborar con una banda. Aceptó y entró como “halcón”, pero quería ser sicario para ganar hasta 12 mil pesos. “Antes tienes que ganarte su confianza”, dijo cuando lo agarraron. El riesgo no le importaba: sólo el dinero, “pues uno tiene familia, hijos”. Sobre el móvil del intento de homicidio del policía, contestó sencillamente: “no quería jalar”.
Según expertos, en Jalisco desde mediados del año pasado se está dando una ola de reclutamientos originados por la creación de dos nuevos grupos delictivos: La Resistencia, que nació de una escisión de la Familia Michoacana, en colaboración con el cártel del Golfo, comandada por un sujeto conocido como “El Melón”, y el cártel Jalisco Nueva Generación, formado por gente afín al “Chapo” Guzmán, al mando de familiares de Nacho Coronel.
La creación de estos nuevos grupos, entre factores como la desestabilización de los cárteles dominantes, contribuyó al aumento de la violencia registrada el año pasado en la entidad, y que sigue ascendiendo en 2011. Según datos de la PGR, 2010 cerró con 1,120 crímenes violentos, con un aumento de más del 100 por ciento respecto al año anterior, mientras que en el pasado enero se registraron 48: más del doble del mismo mes de 2010.
Lo preocupante es que muchas veces los jóvenes no entran a esos cárteles por necesidad, sino por aburrimiento. Chan Gamboa dice que “lejos de preocuparse por no tener un empleo o acceso a estudiar, viven en una situación cómoda, por lo que son presa fácil para involucrarse en adicciones y grupos delictivos”.
Elmer Mendoza, escritor sinaloense que trata ampliamente el tema del narcotráfico en sus libros, asevera que “esos chicos tienen deseos, y los referentes más atractivos son los delincuentes, porque tienen lo que ellos desean: carros, chicas pelirrojas, dinero. Y para que este deseo se convierta en realidad hay una ruta, rápida, que es la de la violencia”.
Expresiones como “más vale vivir cinco años como rey que 50 como gí¼ey”, “te dan la idea de cuál es la percepción que un sector muy numeroso del país tiene sobre el fenómeno del narcotráfico: de ser nini, a correr los riesgos para convertirse en un icono, cada quien hace su apuesta”.

En México, el crimen paga
Pero, ¿cómo puede un jóven, aun si es pobre, pasar de franelero a sicario, de no hacer nada a matar hombres, por tan solo cinco mil pesos? Según Marcos Pablo Moloeznik, investigador del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, las explicaciones se tienen que buscar también en la dimensión cultural. “En muchos lugares de México hay una cultura de la violencia, del enriquecimiento fácil, donde gran parte de la población porta armas de fuego”.
Las barreras culturales y de educación se suman a las sociales y económicas: “Las abismales diferencias sociales y sobre todo la pésima distribución de la riqueza que existe en una sociedad injusta como la mexicana, tienen una estrecha correlación con la delincuencia organizada”.
Además la impunidad es una clara invitación a la comisión de actos criminales: “es claro que hoy en México el crimen paga. Es tan alto el nivel de corrupción, que en una relación costo-beneficio, uno puede preguntarse por qué no hay más mexicanos que se dediquen a cometer algún delito”.
Y concluye: “La sociedad mexicana se caracteriza por la transgresión. No es solamente una sociedad donde existe un déficit de cultura de la legalidad, sino que culturalmente desde el punto de vista de la idiosincrasia, estamos acostumbrados a quebrantar la ley”.