La especialista explicó que las bacterias tienen una gran capacidad de adaptación. Algunas pueden desarrollar mutaciones espontáneas en su genoma, mientras que otras adquieren genes de resistencia de diferentes bacterias, lo que permite que estos mecanismos se transmitan entre ellas.
“Al administrar un antibiótico vamos a eliminar a las bacterias que sí son susceptibles, pero las que tienen algún mecanismo de resistencia pueden sobrevivir y al tener el campo libre, se van a multiplicar. Por ello, el uso incorrecto de los antimicrobianos acelera este proceso”.
Una de las consecuencias más inmediatas de la resistencia antimicrobiana es la reducción de las opciones terapéuticas. Una infección que por lo común podría tratarse con un antibiótico sencillo, seguro, económico y administrado por vía oral, puede convertirse en un padecimiento que requiera hospitalización y medicamentos intravenosos más complejos, tóxicos y costosos.
“Puede aumentar el riesgo de que el paciente necesite procedimientos adicionales; de que se incremente el costo para el paciente, el sistema de salud y, en algunos casos extremos, una infección que se pudo haber curado puede significar un desenlace fatal para el paciente”, subrayó Aguirre Díaz.
Respecto a las proyecciones para 2050, que advierten que la resistencia antimicrobiana podría estar relacionada con millones de muertes, la especialista señaló que estas cifras deben interpretarse con cuidado. Explicó que provienen de un estudio realizado en 200 países, según el cual, aproximadamente 1.9 millones de muertes podrían atribuirse directamente a la resistencia antimicrobiana y 8.2 millones estarían asociadas con ella.
“Esta predicción se puede modificar, obviamente mejorando, desde vacunación, saneamiento, diagnóstico, el control en los hospitales y la prescripción de los antibióticos”.