Un sueño alucinado

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Francia debe de ser un país de lo más extraño, de lo más exótico y sorpresivo. Al salir de sala de cine, luego de ver La cueva de los sueños olvidados, muchas ideas se atropellan en la mente del espectadores que dejan las gafas 3D en la bandeja que sostiene un amable empleado del cine y caminan todavía un poco en trance por el pasillo alfombrado hacia la salida.
Si se incluye un perfumista en el equipo de científicos que estudian la cueva de Chauvet y su precioso contenido de pinturas rupestres, huesos de animales paleolíticos y huellas y restos de un momento hace 32 mil años; si se puede pasar de cirquero a arqueólogo como el joven que le explica a Werner Herzog los modelos en tercera dimensión de la caverna y cómo durante una semana entera soñó con leones; si cruzando un monte hay una planta de energía nuclear cuyos residuos de vapor y agua caliente sirven para alimentar viveros tropicales en los que se reproducen cocodrilos con tal fecundidad que incluso la variante albina se ha vuelto numerosa; si hay planes de hacer una réplica de la cueva para los turistas que incluya una réplica del aroma que olía entonces el o los autores de los dibujos, entonces Francia es un país de locos con maneras refinadas, amplísimo vocabulario e incapaces de pronunciar el fonema th del inglés.
Lo anterior es una posibilidad de esos pensamientos condensados y confundidos con la agradable sensación de alivio luego de hora y media de confrontación a una evidencia asombrosa de los orígenes de la humanidad, así como a los cuestionamientos y reflexiones de una voz en off que no nos guía por la cueva ni los misterios de las pinturas, sino que nos deja presenciar su propia búsqueda, sus propias preguntas y las respuestas de los expertos cuya faceta de personajes tampoco se le escapa al ojo agudo de un veterano que ha filmado la locura absoluta y el delirio megalómano en la selva, lo mismo que la distorsión del activismo animal en Alaska o la desesperanza y la culpa en la antesala de ejecuciones de una cárcel en Texas.
El tema, el objeto del documental es el descubrimiento de una gruta al sur de Francia y las bellísimas imágenes de animales que hay pintadas en sus muros con tal abstracción, técnica e intención que producen una fascinante impresión de movimiento. Pero, sobre todo, lo que estos dibujos implican dada su antigí¼edad: no hay ningún otro anterior que se conozca, y duplican la edad del que le sigue en cronología.
En realidad, el revuelo que alzó entre la crítica y los cinéfilos el uso del 3D en esta película pasa muy pronto a un segundo plano, me parece: el propio Herzog deja muy claro desde el principio que la elección es casi obvia dadas las características de los propios dibujos, trazados sobre relieves irregulares que fueron aprovechados por el artista para enfatizar la ilusión de movimiento evidente en las formas y en la repetición de miembros como si el caballo corriera o el rinoceronte embistiera. La danza de luces que desvela y ensombrece las figuras a lo largo del filme son otro elemento utilizado intencionalmente con el mismo fin, remedando de algún modo las antorchas de los primitivos, aunque también de seguro por la precaria situación de rodaje: apenas fueron permitidos cuatro cineastas equipados ligeramente con cámaras y lámparas no profesionales debido al riguroso cuidado oficial.
A pesar de que no ha faltado quien lo afirme, el 3D para Herzog no parece ser el nuevo punto de quiebre del arte visual, ni nada más que una herramienta más para expresar y para entender, igual que las sofisticadas réplicas computacionales de los dibujos, los análisis de carbono, los escaneos con toda clase de rayos, las bases de datos y demás avanzadas tecnologías que usan los arqueólogos, historiadores de arte, antropólogos y demás científicos que –así como él– ven en esas representaciones más que equinos, felinos, bovinos, etcétera: ven los vestigios de los primeros momentos de la condición humana.

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