Para Sebastián Lelio quitarse del medio mientras filma una historia es, paradójicamente, no estar ahí, sino buscar la posibilidad de ver al otro, las ganas de mirar a los actores interpretando y atestiguar la oscilación de esta batalla o intercambio de frecuencias artísticas. 

“Me ha nacido hacer un cine sobre el otro, no sobre mí: filmar es un ejercicio para sacarme del camino y hacer que acontezca algo donde uno sólo interviene para que ocurra; pero uno no tiene control de eso que procuro”, confesó.

La directora del FICG, Estrella Araiza, le entregó al cineasta argentino el Mayahuel Iberoamericano “porque su cine es precioso, preciso; tiene una mirada empática con temáticas sobre las relaciones, sobre la identidad”, declaró.

Esto previo a que el director y guionista argentino dictara la clase magistral “El cine como un caballo de Troya”, en la que compartió su trayectoria y las ideas que han dado forma a su cine.

Lelio agradeció el reconocimiento y la participación en un festival donde la gente lo hace suyo. 

“Tengo 20 años de carrera y, lo más alucinante, ha sido tener la suerte de conocer a personas extraordinarias en todo el camino de una película; es un ejercicio colectivo, creativo y de comunicación; es un privilegio ser parte de ello y por el encuentro con otros seres humanos”, concluyó Lelio.

Para él, lo que ofrece el cine es la observación de un pedazo de la realidad, como si se tratara de mirar un round de box, donde él establece las condiciones del cuadrilátero, “para que se genere la chispa creativa y esos momentos de chispa, porque lo que me permite es no hablar de mí, sino mirar al otro”.

Porque Lelio está descolocado desde su infancia, años desde los que ha vivido un singular proceso de cambios de apellidos, lecturas formativas, escritura de poesía juvenil, viajes, una batalla de identidad.

“Que para mí fue algo dado, y se convirtió en la posibilidad de construcción y un territorio abierto que me llevó al retrato de los personajes que he venido haciendo; donde el protagonista es absoluto bajo el punto de vista extremo en primera persona”, compartió.

Su punto de vista se observa en películas como Una mujer fantástica (2017), Gloria (2013) y Disobedience (2017), en las que reflexiona sobre la construcción de personajes, los procesos de transformación y la búsqueda de identidad que atraviesan sus historias.

Para mí, hacer cine es concesión, todo es concesión, porque, contrario a lo del cliché del artista que no hace concesiones para tener la fidelidad, mi trabajo es producto de las concesiones”.

Quizá una de sus características ha sido no disociar entre la realidad, la política en específico y el arte. “Porque todo se enreda: la política con el arte, y el arte con la política son inseparables. Y puedo decir, hay un 80 por ciento de política y un 20 por ciento de arte. Nuestra utopía como artistas en realidad es un problema de producción”, es decir, de la política económica para conseguir recursos para el rodaje versus la creación artística.

Para el cineasta, el término de una película no siempre empata con la concepción, los dibujos que profundamente hace de ellas ni el corte final, “porque yo no veo el final, ni siempre siento que quedó como imaginaba, porque yo veo el proceso para que, al final, existiera. Filmar es ir en contra de la propia pequeñez, no sé lo qué saldrá de la película, (porque) me la paso fantaseando”, confesó.

Sebastián Lelio escoge con atención las actrices que trabajan en sus películas. “El común denominador, lo que las une, es mi deseo de filmar a esas personas, ellas no lo saben, pero yo sí. Para mí es difícil hablar por ellas y, para hacerlo, no sentir el hambre por mirar bien, por el tiempo para mirarlas e interpretar a esos seres humanos”, dijo.

Y esto se enlaza con una de sus peticiones irrenunciables: “Para dirigir necesito un set que llegue al tono, sin más tensión que la que ya implica rodar y filmar, porque ahí se juega todo y esto, para mí, no cambia la forma en que se hace cine”. 

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