Fotos: Cortesía Salvador Encarnación

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Antes de llegar a San Gabriel, vía Sayula, está el bosque de Apango. El viento fresco hace olvidar los calorones del bajo, con sus lagunas secas. Pinos y encinos airean dejando un olor a verde entrecortado por los retazos de cielo. 

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Entre Apango y San Gabriel los cerros están tupidos de árboles. Ahora se miran por doquier desmontes, donde han sembrado agave. Y más. Los surcos siguen la pendiente del cerro y eso hace que con la lluvia la tierra fértil se deslave. “Y hará que se recorra el Llano Grande”.

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Grité: “¿Allá es Comala?”. La hondura se tragó mis palabras para nunca más volver. Volví a gritar: “¿Allá es San Gabriel?”. Nadie contestó. Sólo un silencio de miedo. Recordé las palabras del maestrísimo: “¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pues detrasito de ella está la Media Luna” (Pedro Páramo).  Estoy en el Mirador, la antesala del pueblo de San Gabriel. Es una mañana de cielo azul. En su lejanía la bruma se levanta por el calor. 

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«Año de 1576, aprox. Cuenta la tradición que unos indígenas del pueblo de Amula, hoy Sayulapa, huían de las erupciones del volcán de Colima. Traían en hombros a su Cristo; su destino era Jiquilpan. Descansaron a la sombra de unos mezquites ubicados a la orilla del río. Al querer continuar su viaje, el santo Cristo se hizo pesado, inamovible. Los indígenas al ver que “ya no se quería ir”, decidieron establecerse en esas tierras ahora conocidas como de San Gabriel…»,  Y como dice la canción: “Qué viva mi San Gabriel/ pueblito lindo que yo he adorado,/ qué viva el Señor de Amula/ el Cristo que veneramos…” (Son de San Gabriel. Letra y música de José González Barajas).

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José Mojica es otro hijo ilustre de San Gabriel. Cantante y actor, se hizo famoso por sus interpretaciones de las canciones Júrame, Granada, Solamente una vez, Alma mía. El poeta y médico Elías Nandino, amigo de Mojica, platicó en una entrevista: “Una vez andaba Pepe muy emocionado con una artista, no recuerdo su nombre, era después del desayuno, como a las once, y ya iban para allá, ya salían para acá; bueno, la felicidad en pleno. De pronto, como que le quiere dar el ataque a su señora madre. Un, «¡Ay qué mal me siento!». Y Pepe que ya iba y volvía a venir con la artista; y con la mamá el ataque. Cuando de pronto, un golpe. La señora cae al suelo con el ataque encima. Yo ya estaba acostumbrado a esa enfermedad: la acostaba boca arriba y le daba respiración artificial. Esa vez me entró el enfado y fui, lentamente, por el maletín. Al volver les ordené que la voltearan boca abajo. Saqué mi jeringa. Le puse un centímetro de alcohol. Le bajé la falda y que le pongo la inyección. «¡Pendejo!», me gritó. Entonces yo le dije a Pepe: Simulación”. (El Financiero, Gdl. 1991).

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La Casa de la Cultura de San Gabriel es hermosa. Ahí trabaja la biblioteca y el archivo histórico. Su pequeño patio se usa para conferencias cuando el sol lo permite. Sus muros se utilizan para exposiciones. Antes de ser Casa de la Cultura ahí vivía, digamos enterrado en documentos, el cronista Enrique Trujillo González. Fue fotógrafo, pintor y escritor de la historia y costumbres de la ciudad. Entre sus libros están: Historia de mi pueblo/ Primer centenario fiestas patronales San Gabriel, Jal. 1865-1965 y Apuntes para un ensayo histórico sobre la antigua ciudad de San Gabriel, Jal. El recinto ahora lleva su nombre.

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Fuimos a comer a Casa Grande. Los huaraches con bistec y el pozole fueron los elegidos. Pues, les diré… Mi huarache era como del número doce. Breve, chico, una minucia. Lo corté para probarlo y estaba suave, exquisito, sublime. La masa bien cocida y la carne blanda. 

—Oiga —le pregunté al mesero, —¿por qué está tan insignificante mi platillo? 

—Usted pidió un huarache. La orden son dos.

—Pues traiga el derecho, porque esto no me va a llenar. 

Dicen que el pozole estaba de antología y el agua de ciruela amarilla, excelsa. El cronista de San Gabriel comentó: “Los jueves hacen comida mexicana, muy buena”.   

Después de unas bien merecidas chelas con la comida, me acordé de la canción Rayando el sol, en la voz de Ana Gabriel: “Rayando el sol me despedí./ Bajo la brisa, y ahí me acordé de ti,/ llegando al puente./ Del puente me devolví bañado en lágrimas,/ las que derramé por ti…”. Sepan, señores, que esta canción es autoría de Juan Díaz Santana de San Gabriel. Y ésta es la foto del puente, el galápago de la novela Pedro Páramo. 

—A éste se le subieron las chelas.

—Éste tiene su nombre.  

8

Cierta vez regresábamos de San Gabriel. Las curvas de la carretera, casi todas cerradas, parece que te avientan al precipicio. “¡Párate! ¡Alto, por favor!”. Eran los gritos de Rafael López Castro que venía ventaneando en la camioneta. “No se puede –dijo Miguel Ángel–. No hay dónde…”. En plena curva se bajó López Castro y le tomó varias fotografías al pueblo rulfiano. Tiempo después presumió su cartel: 1917 JUAN RULFO 1986 (2003). Sobre la cabeza del maestrísimo situó la foto de San Gabriel tomada desde las curvas. 

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“En Sayula están las actas de fe de bautismo y del registro civil de Juan Rulfo, pero acá en San Gabriel tenemos su corazón, su infancia, su familia, su mítica Comala que es su pueblo de San Gabriel. A unos kilómetros de La Guadalupe están dos volcanes apagados que les nombramos Los Comalitos. En el pueblo está el río, el puente, la casa de Eduviges Dyada, la capilla de la Sangre de Cristo; por allá, Apango…”.

—Calma, calma…      

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Ya de regreso llegamos a Apango a los quesos, panelas y crema. De ahí, pasamos al pueblo. La capilla antigua luce su puerta de arco de medio punto y del lado derecho tiene empotrada una cruz de cantera. En su atrio levantaron un templo estilo armatroste. A la capilla, vista desde la calle, se le miran los muros de adobe sin enjarre, casi revenidos. Dicho en otras palabras: la capilla está maquillada y así espera su final.

Seguimos. El cambio de vegetación indica que estamos en el municipio de Sayula. Los mezquites predominan en el paisaje. Luego, allá a lo lejos, en el atardecer, se logra divisar la laguna seca, con sus ocres y, sobre ella, un cielo azul. 

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Y como decía el mariachero José González Barajas, cuando terminaba una canción: “¡Comuéstas mi niño!”.

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