jueves, junio 4, 2026
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Resistencia y apropiación colectiva ante el despojo de las ciudades

Muchas veces, las restauraciones de los espacios públicos responden a criterios estéticos y de modernización que no toman en cuenta la esencia de los lugares y las necesidades de quienes los habitan. Esto se agudiza cuando en puerta hay torneos internacionales, como sucede ahora con el Mundial de futbol, lo que favorece el fenómeno de “blanqueamiento”

Especial

Ha pasado más de un año desde que en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) comenzaron a realizar restauraciones en distintos puntos emblemáticos y cruciales: el Parque Revolución, la Plaza Tapatía, la Plaza de la Liberación, el corredor Chapultepec, la glorieta de La Minerva, entre otros, han sido intervenidos bajo la premisa de ser “mejorados” previo a la celebración del Mundial de futbol 2026.

Aunque algunos de estos cambios fueron celebrados por una parte de la ciudadanía, para otra significó una pérdida del espacio público, de la esencia colectiva y del patrimonio local para convertirse en una postal “linda”, una fachada sin folclor, atractivo para el turista extranjero y la élite.

Uno de los casos más emblemático en Guadalajara es el Parque Revolución, conocido también como «Parque Rojo», pues desde su cierre y hasta el día en el que anunció su reinauguración, colectivos de asociaciones civiles como Lesbobatukada GDL o Asamblea Popular contra el tarifazo, entre otros, realizaron diversas manifestaciones en las que exigían al gobierno municipal su reapertura y que se considerara la participación ciudadana en la toma de decisiones respecto a su restauración y la permanencia de las y los vendedores dentro del espacio.

“Este parque, que por generaciones nos ha llenado a las tapatías y tapatíos y que había estado relacionado con muchas dinámicas sociales muy positivas, llegó a un momento en el que colapsó. (…) Había dinámicas que estaban intoxicando a nuestra ciudad”, mencionó por su parte la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, durante el discurso de reinauguración del espacio.

Mar Medina, estudiante de octavo semestre en la licenciatura en Urbanismo y medio ambiente del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD), ha dedicado más de dos años a realizar contenido para redes sociales, mediante su cuenta @marmarurbana, que gira en torno a la educación urbanística y las necesidades de la ciudad, mostrando la realidad de quienes la habitan.

“A lo largo de mi carrera me he dado cuenta de lo que me rodea y he visto la ciudad con otros ojos, así nacieron estas ganas de compartir los problemas, pero también las cosas que a veces olvidamos o damos por sentadas de esta ciudad”, dijo.

Fotografía: Edgar Campechano Espinoza

Es por ello que ahora, con los cambios y transformaciones que ha sufrido la ciudad, Mar ha enfocado su atención en el fenómeno del “blanqueamiento”, que ha estado presente en nuestra ciudad desde antes de los preparativos del mundial y que evidencian los prejuicios de quienes diseñan, planifican y construyen la ciudad.

El blanqueamiento es este proceso en el se busca la modernización; que un espacio sea bello y estético, pero en el proceso, lo que algunos consideran como bello o estético, viene cargado de muchos estigmas, procesos y decisiones que pueden afectar a la población”, explicó Medina.

“Por ejemplo, a lo mejor, una persona sin hogar no es considerada algo bello en un espacio, tampoco un puesto ambulante; entonces, ya el default de qué consideramos un espacio bonito puede estar cargado de todos estos desplazamientos y despojos. Es algo que se ha visto en la historia de Guadalajara, no solamente ahorita con el Mundial, porque siempre hay algo que consideramos que no debería de estar en nuestro espacio público, que no cabe ahí”, mencionó.

Fotografía: Edgar Campechano Espinoza

El despojo de estos lugares se ha podido ver a lo largo de los meses, repercutiendo de forma negativa en la esencia y vivencia del espacio. Un Parque Revolución sin comercio, una Plaza Tapatía sin niños y niñas disfrutando de la fuente, una Plaza Liberación sin boleros, y aunque por la coyuntura es fácil culpar a la celebración futbolera mundialista de estos hechos, lo cierto es que estas acciones han existido en nuestra ciudad desde hace varias décadas.

“Eventos como el Mundial o los Panamericanos han impactado en diferentes zonas; por ejemplo, el Parque Morelos, donde se construyeron torres de departamentos, y para lo cual desalojaron a cientos de vecinos. Hasta la fecha, ese espacio sigue siendo un lugar donde nadie sabe en realidad quién es de ahí, ya no existe una apropiación del espacio. Se dice que hace muchos años la Plaza Tapatía también era un lugar de encuentro, principalmente para aquellos que se dedicaban a la zapatería; sin embargo, luego de diversas acciones de ‘modernización’, muchos locatarios fueron desplazados, invadiendo el espacio de comercios, despojando el lugar de su identidad”, explicó Mar Medina.

Aumento en las rentas de viviendas y locales, precios exorbitantes en restaurantes y el cambio de lo “barrial” por lo aesthetic renuevan la esencia, expulsan la singularidad de los sitios y los convierten en lugares blancos, armoniosos visualmente, pero vacíos y sin “personalidad urbana”, explicó la entrevistada. La queja aumenta cuando los ciudadanos perciben que aquellos cambios son superficiales y dejan de lado las necesidades urbanas de las y los habitantes.

Fotografía: Edgar Campechano Espinoza

“Se hicieron las remodelaciones del Parque Revolución, pero si tú pasas por por ahí te darás cuenta de que, siendo uno de los puntos más importantes en cuanto a conexión del transporte público, no hay una parada digna en el lugar; ni una banca, ni un lugar para cubrirse del sol mientras esperas. En ese caso específico, el retirar bancas y mesas de convivencia nos deja ver un problema mucho más grande: una arquitectura hostil que busca que ese espacio no sea un punto de encuentro, de convivencia; buscan que sea sólo un lugar fotografiable y pasajero, y para eso no son los parques ni los lugares públicos”, declaró enfática.

El investigador del Departamento de Proyectos Urbanísticos, del CUAAD, Carlos Crespo Sánchez, mencionó lo siguiente sobre este tema: “La arquitectura hostil son diversos dispositivos aplicables para tratar de resolver (sin planteamientos) diversas tensiones entre lo público y lo privado. El umbral público-privado genera estas tensiones y estos dispositivos quieren ser un resolutivo superficial a temas no resueltos. Sin embargo, en estos modelos es evidente la imposición de parte de quien tiene poder hacia quien no lo tiene”, dijo.

“Un sitio público también suele impedir algunas actividades, derivarlas a lo privado. Cuando no hay un diálogo sin jerarquizar surgen estos dispositivos violentos que se aplican siempre bajo el criterio de lucha de clases. Afecta, porque es un síntoma de que como sociedad no nos hemos puesto a dialogar sobre los intereses comunes”, matizó Crespo Sánchez.

Esta falta de conciencia urbana, la cual debería ser la prioridad de las remodelaciones, ha sido una falla repetida en diferentes proyectos de la ciudad, dijo Mar Medina. Un Macro Periférico mal diseñado, calles poco caminables, inseguras, oscuras, sucias; fauna plantada en espacios que no van a propiciar su apto crecimiento, señalización nula, avenidas planeadas bajo una visión «cochista» nos muestran que en realidad las modernizaciones no consideran a la ciudadanía.

“Yo pensaría que quiénes realizan estos cambios tienen la obligación de salirse de su escritorio. Hay un problema severo con la escuela de arquitectura, la cual, en muchas ocasiones, ni siquiera conoce el lugar y no es capaz de observar si su idea o concepción funcionará en los sitios que busca renovar. Muchas veces, olvidan la funcionalidad de los espacios por buscar la estética, pero la prioridad debería ser que aquellos sitios sean habitables. Los espacios no son neutros y la arquitectura tampoco; entonces, a partir de estas remodelaciones hay un discurso detrás de que la ciudad tiene que ser limpia, tiene que ser adecuada y sólo serán bienvenidas las personas que consideran adecuadas”, mencionó Medina.

Fotografía: Edgar Campechano Espinoza

Mediante sus redes sociales, el académico del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) y Coordinador del Observatorio de Desigualdades de dicho centro, Máximo Jaramillo, manifestó algunas de sus visiones tras dichas remodelaciones.

Ante la mercantilización de las ciudades como objetos de consumo para turistas internacionales y élites empresariales, podría pensarse que la población trabajadora estorba. Pero eso no es del todo cierto. La población trabajadora es indispensable: alguien tiene que limpiar las calles, atender restaurantes, manejar el transporte público y sostener el funcionamiento cotidiano de la ciudad. No importa que se les pague mal, que no puedan acceder a una vivienda propia y tengan que compartir renta con varias personas, ni que destinen una parte creciente de su salario y de su tiempo al transporte. La ciudad debe seguir funcionando”, mencionó a través de su página de instagram “Gatitos contra la desigualdad”.

“El círculo vicioso se completa cuando el dinero que estas personas producen y tributan no se utiliza para mejorar sus condiciones de vida, sino para que un turista pueda tomarse la mejor selfie en una ciudad cada vez más excluyente. Esa es, al final, la verdadera pregunta detrás del Mundial: ¿Para quién se está mejorando la ciudad? ¿Para su población trabajadora, o para los turistas? Y, ¿quién se beneficiará más del paso del Mundial por la ciudad?”, planteó Jaramillo.

 

Fotografía: Edgar Campechano Espinoza

Es cómo si esos espacios hubieran sido vaciados de su esencia. Y es que una ciudad es mucho más que sus lugares emblemáticos; es la gente mojando su piel en las fuentes de las plazas, es el ruido de las personas al conversar y reír en los parques, el color de las frutas que se venden en la calle, los árboles grandes que dan sombra, las flores que atraviesan el pavimento.

“A lo largo de la historia, en Guadalajara han destruido una cantidad inimaginable de patrimonio histórico, sobre todo edificios, con el pretexto de la modernidad. Los espacios más representativos ahora están abandonados, ya nadie los cuida; se volvieron lugares de nadie. La Plaza Tapatía, por ejemplo, al momento en el que cierran los locales, ya nadie la habita, es un lugar desierto o se dan otras actividades que tal vez no son lícitas. Así se va perdiendo el tejido social, ya que los espacios no son de quienes tenían este sentido de identidad con el lugar”, subrayó Medina.

Lo que corresponde ahora como ciudadanos y ciudadanas, agregó, es recuperar poco a poco esos espacios que nos han sido arrebatados de su esencia original. Recordar que si existen es para que puedan ser habitados, utilizados; que están ahí para el disfrute, el goce y la convivencia. Apropiarse de ellos con fuerza, regresarles la esencia, el color y la vida.

“El despojo de estos lugares ha fortalecido una lucha que también ha creado una comunidad. Nosotros seguimos aquí, y vamos a seguir yendo al Parque Rojo, al Morelos, a la Minerva y Chapultepec, y si eso evoluciona, pues vamos a ver en qué se convierte. Es importante la resistencia, que no sea tan fácil quitarnos los espacios”, concluyó.

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