
Antes de que lleguen los estudiantes y después de que se van, Rosa Elena Morales Tapia conoce un plantel distinto: el de los amaneceres, los pájaros cantando y el de los silencios de la noche
Todavía no son las seis de la mañana y el CUCBA ya está despierto. No por los estudiantes que cruzan apresurados los pasillos ni por los profesores que caminan hacia sus aulas. A esta hora, el centro universitario comienza a moverse poco a poco entre puertas que se abren, luces que se encienden y el sonido de los pájaros que, durante unos minutos, parece ser el ruido principal del campus.
Rosa Elena Morales Tapia, que para muchos es “Rosita, la guardia”, ya lleva varias horas despierta. Viene desde el rumbo de Tala. Su turno comienza formalmente a las ocho de la mañana, pero procura llegar antes de las siete. El trayecto puede tomar entre 40 y 50 minutos, dependiendo del tráfico, pero para ella es una costumbre llegar con tiempo, registrarse, tomarse la fotografía de asistencia y enviar la evidencia. Después comienza su jornada de 24 horas.
La persona que estuvo de guardia durante la noche todavía está ahí. Ambas saben que, en unos minutos, una jornada terminará y otra comenzará. En el CUCBA, el tiempo de Rosita se mide en relevos de 24 horas.
A las cinco cuarenta y cinco ya hay puertas que deben abrirse. Son los accesos para algunos profesores que llegan muy temprano. Después, a las seis, comienzan a abrirse otras entradas: las laterales de rectoría, los pasillos, los andadores y algunos accesos exteriores. Para entonces comienzan a llegar los estudiantes. Aunque a veces llegan antes. Rosita los llama, con una sonrisa, “los madrugadores”.
Hay alumnos que aparecen poco después de las cinco de la mañana porque sus padres los dejan de camino al trabajo. Cuando eso ocurre, ella los deja pasar y les indica que esperen en las bancas de rectoría. Mientras tanto, el centro termina de despertar. También están quienes llegan casi al mismo tiempo que Rosita. Uno de ellos es Alex, trabajador de mantenimiento encargado del aseo del edificio O. Él suele llegar muy temprano y, algunas veces, cuando todavía no han abierto ciertas aulas, le pide a Rosita que le permita entrar.
—Rosita, yo le ayudo a abrir —le dice.
Y ella le agradece. Son pequeños intercambios que ocurren antes de que la mayoría de la comunidad universitaria llegue y que forman parte de esa rutina invisible que permite que, cuando los estudiantes entran, todo parezca estar en su lugar. Desde las cinco o cinco quince de la mañana, se empiezan a abrir algunas aulas. A esa hora, dice, hay algo que le gusta especialmente: “La cantadera de los pájaros”.
Lo dice como quien recuerda algo sencillo pero importante. También le gusta el olor del campus, especialmente cuando el clima está fresco: “Huele rico, muy rico el eucalipto”. Para ella, esos primeros minutos tienen algo que durante el resto del día se pierde entre las voces, los pasos y el movimiento de cientos de personas.
El amanecer también forma parte de la jornada. Le ha tocado ver cientos de ellos durante los siete años laborando en el CUCBA. “Casi todos los he visto en cada rincón del centro universitario”. Después de tantos años, Rosita conoce el plantel de una manera que reconoce sus horarios, sus accesos, sus puertas y los momentos en que cada espacio comienza a llenarse.
Le gusta prácticamente todo, pero también tiene sus lugares favoritos como el pastito a un lado del edificio P. Allí ha disfrutado de un café por las mañanas y cuando hay menos movimiento, suele sentarse a disfrutar el canto de las aves. Pero también hay lugares que le producen una sensación distinta. Cerca del edificio M, dice, siempre ha sentido una “vibra bien pesada”.
Cuando llega la tarde, el campus comienza a cambiar nuevamente. Los salones se vacían, los estudiantes empiezan a salir, las conversaciones se trasladan de las aulas a los pasillos y algunos todavía se quedan un rato después de clases. Entonces llega otra de las tareas de Rosita: cerrar.
La instrucción es hacerlo cuando termina la jornada. Pero ella sabe que no siempre es tan sencillo. Hay profesores que terminan sus clases justo a las siete. Los estudiantes salen, pero algunos se quedan unos minutos más a platicar. Por eso, Rosita les da un poco de tolerancia: diez minutos, a veces quince.
Mantener las puertas abiertas también significa dejar un acceso disponible durante más tiempo del necesario. Para Rosita, cerrar una puerta no es solamente empujarla hasta que quede asegurada, es terminar una responsabilidad. Cuando finalmente los accesos quedan cerrados y el movimiento disminuye, siente algo parecido al descanso: “Para mí, cerrar puertas significa paz, tranquilidad”.
Después de un turno de 24 horas, dice, cerrar es como quitarse algo de encima. Ya no tiene la misma preocupación de que pueda entrar alguien cuando el centro universitario debería estar cerrado. Al abrir ocurre lo contrario: comienza un nuevo día, recibe personas, revisa accesos, abre aulas y permanece atenta a lo que ocurre alrededor. Durante la noche vigila y, cuando llega la mañana, vuelve a abrir.
Así, entre un turno y otro, ha conocido un CUCBA que pocos conocen: el que comienza a respirar antes de las seis de la mañana, el que huele a eucalipto mientras cantan los pájaros, el que duerme sus pasillos cuando los estudiantes se han ido y el que vuelve a despertar cada día detrás de una puerta que alguien tiene que abrir.
Y esa persona, muchas veces, es Rosita.
Cada mañana, cuando vuelve a abrir las puertas, no sabe exactamente qué traerá el día. Por eso antes de hacerlo, Rosita se encomienda a Dios.
—Que sea un buen día. ¡Y adelante!
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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