Fotos: Salvador Encarnación

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El paisaje arbolado se abre y brota el intenso azul del Océano Pacífico. No hay mirada que lo abarque. En un huequito que su inmensidad lo permite, en sus orillas, se ampara el desarrollo de Puerto Vallarta.

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Treinta años después estoy de regreso. “Lo que se hace en Vallarta, en Vallarta se queda”, sostiene una nueva conseja. ¿Se podrá —comenté— dejar al menos treinta años? Aunque me doy por bien servido con ahogar estas enfermedades de mi incipiente vejez.

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“¿Ya supiste? Encarnación va a Puerto Vallarta. La última vez que fue estaba de moda la canción Puerto Vallarta cantada por las Hermanas Huerta”.

—Y de seguro se hospedó en El Rosita.

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Han convertido en una inmensa galería al aire libre el malecón del Puerto. Dicen que este es un Unicornio, aunque, a decir verdad, más parece un primo del caballito de mar.

Sediento de agua, el caballito se consuela dando sorbos de azul. Discreta, la palmera le ofrece unos cocos ya maduros para aminorar su sed.

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Camino por la playa. Manos anónimas hicieron montículos que indican el paso del ser humano. El mar los respeta. Es la una de la tarde. Por su tranquilidad el mar parece que termina en punto crochet. Envío un WhatsApp, cuasi telegrama, a Guadalupe Ángeles:

Salvador:         Un saludo desde Puerto Vallarta.

Guadalupe:     Saludos al mar de mi parte.

Salvador:         Le di tus saludos. Te recuerda bien. Dijo.

Guadalupe:     Nada como el amor bien correspondido.

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Un inmenso albatros cruza el cielo de Vallarta. Elegante, presume sus poderosas alas entre los tejados del puerto. El color café lo distingue. A su regreso, su efímera sombra nos cruza y eso causa emoción. Un avioncito se dibuja un instante en el piso en tanto que él se sumerge en los azules de la bahía. Llega, desde el infinito, la voz de Baudelaire: “Por distraerse, a veces, suelen los marineros/ dar caza a los albatros, grandes aves del mar,/ que siguen, indolentes compañeros de viaje,/ al navío surcando los amargos abismos”. (Trad. Antonio Martínez Sarrión. Mondadori)

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La parroquia con su torre coronada en honor a Santa María de Guadalupe domina el Puerto. Dicen los historiadores que esta corona es la tercera. La primera la destruyó un temblor; la segunda la intemperie; y la actual, que tiene quince metros y medio de altura fue esculpida por Carlos Terrés. Allá en las alturas, acuñada en la corona, está la fecha de 1851, el año de la fundación de Las Peñas de Santa María de Guadalupe, el primer nombre de Puerto Vallarta.

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Dos magos intentan acariciar las alturas. Los magos de antes volaban, pero al ver a estos usar una escalera se confirma que a ellos esa gracia les fue negada. Quizá aspiran, al menos, a mojar de cielo sus manos. Yo me pregunto si desde ese peldaño se mira el Japón.

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Un hombre de arena está en el malecón. Una la leyenda sostiene lo siguiente: caminado a Talpa, un pueblo tierra adentro, una danza se convirtió en piedra: quisieron regresar a sus casas sin concluir su manda a la Virgen del Rosario. Este parece no tener motivo alguno. Además, si es de arena, lo seguro es que salió del mar. Le tomo una foto. El hombre de arena mueve lo ojos y con ellos apunta la caja que tiene al frente. “Gracias por su cooperación”, se lee. Dejo unas monedas y como por arte de magia, agradece y saluda. “Ya salió el peine”, decía mi abuela.

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Marina
Rubén Darío
(Fragmento)

Mar armonioso,

mar maravilloso

de arcadas de diamante que se rompen en vuelos

rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,

espejo de mis vagas ciudades de los cielos,

blanco y azul tumulto

de donde brota un canto

inextinguible,

mar paternal, mar santo,

mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

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Atardece. La puesta de sol es simplemente hermosa. Pienso en los ojos de Elizabeth Taylor mirando esta belleza. Ella, oculta de cámaras y paparazis en este rincón de Jalisco. De seguro sus ojos color violeta fueron más soberbios después de mirar el fulgor del atardecer en Puerto Vallarta.

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Termina el día. El sol se ha ocultado. La ciudad se prepara para su vida nocturna. Para estos músicos llegó la hora del descanso. Su andar dice que el día fue bueno. Tocar en la güipa es apostarle a la suerte: días buenos, días malos. Pero a donde quiera que vayan, a ellos los acompaña santa Cecilia.

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Ni una nube interrumpe el paso del sol; cae pleno, lleno de felicidad. El mar, apenas movimiento, lo refleja. Es la hora del juego de los azules acompasados en el ir y venir de esas aguas que algo rumoran y no se entiende.

Es mediados de abril. Temporada baja de turismo. El puerto presume tranquilidad, paz y limpieza.

Llegó la hora de la despedida: “Puerto Vallarta, Puerto Vallarta,/ eres la imagen de un mundo ideal,/ para encontrarte hay que buscarte/ por los caminos de cielo y mar.// Puerto Vallarta, Puerto Vallarta,/ trópico y selva te dan su paz./ Como quisiera Puerto Vallarta/ que siempre fueras así de igual”. En voz de Víctor Iturbe, El Pirulí.

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