martes, abril 14, 2026
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Sin polinizadores no hay vida

El CUCBA tiene un espacio que busca revertir la extinción de esas especies tan importantes para nuestro ecosistema, a través de acciones que toda la comunidad puede implementar para contribuir a su conservación

Dentro del Jardín botánico del CUCBA, que alberga colecciones como el agavario, cactáceas, plantas medicinales y bosque mesófilo, existe un rincón exclusivo: un espacio creado por el ser humano, pero pensado para devolver condiciones naturales que la urbanización ha ido borrando.

Un lugar soleado donde la vida ocurre en silencios pequeños: el aleteo breve de una mariposa, el zumbido constante de una abeja, la visita fugaz de un colibrí; un rincón que muchos atraviesan sin detenerse, pero que sostiene procesos esenciales para la vida: el jardín de polinizadores.Un jardín que nace desde el aula

Un jardín que nace desde el aula

La profesora e investigadora del Departamento de Botánica y Zoología, Leticia Hernández López, es la encargada de este proyecto que nació no desde un escritorio, sino desde el aula.

La idea surgió en la asignatura de Biodiversidad hace algunos años, al abordar los jardines de polinizadores como una respuesta ante una problemática global: la disminución de estos organismos. “Hubo alumnos interesados, gestionamos un espacio y, con ayuda de estudiantes y donaciones, comenzamos a construirlo”, menciona Hernández López.

Aquí, nada es casual.

Las plantas no están por estética, sino por función. Son, en su mayoría, especies nativas seleccionadas por su capacidad de ofrecer néctar, refugio y condiciones para la vida. Ese es el propósito: proporcionar alimento, espacios de anidación y las condiciones que necesitan los polinizadores.

En temporada de lluvias, cuando florecen las dalias, salvias y otras herbáceas, el jardín se transforma: llegan abejas, mariposas, moscas, escarabajos y colibríes. “Los alumnos pueden observar interacciones ecológicas en vivo, como la polinización o las visitas florales”, explica la académica.

El impacto del jardín no siempre se mide en cifras, sino en experiencias: estudiantes que fotografían insectos, profesores que lo integran a sus clases, personas que lo usan como un espacio para leer, o simplemente estar. Incluso, se han registrado pupas de mariposa monarca, evidencia de que este refugio está siendo habitado.

Aunque forma parte del Jardín botánico, este espacio tiene una condición esencial: el sol. A diferencia de las zonas sombreadas, aquí la luz lo es todo. “Cuando está nublado, casi no hay visitantes florales”, señala Leticia Hernández, recordando lo frágil que puede ser el equilibrio de la vida.

Con apoyo de estudiantes de servicio social, voluntarios y la colaboración del Departamento de Ecología, se ha iniciado un monitoreo semanal para documentar a los visitantes florales. Fotografías, videos y, en algunos casos, colectas permiten identificar especies y generar evidencia científica sobre el funcionamiento del jardín.

Sin embargo, el mayor reto no es crecer, sino permanecer.

“Mantener un jardín como éste requiere de mucho trabajo”, reconoce Hernández. Riego constante, incluso en periodos vacacionales; reemplazo de especies y, sobre todo, colaboración. Porque este espacio depende no sólo de quienes lo crearon, sino de quienes lo habitan y lo recorren.

Un llamado a la consciencia

En ese sentido, también hay una petición clara: consciencia. 

La extracción de insectos, el corte de flores o la alteración del espacio afectan directamente al jardín. “Estamos tratando de recrear las condiciones para que estos organismos sobrevivan, y este tipo de acciones lo impactan de forma negativa”, señala la doctora.

Pero el llamado va más allá de este espacio. El uso de pesticidas e insecticidas, tanto en cultivos como en hogares, es una de las principales causas de la disminución de polinizadores. Acciones cotidianas, como eliminar insectos sin considerar su función, también forman parte del problema.

Es más que nada una invitación a cambiar la forma en que nos relacionamos con estos organismos. Desde el jardín, la comunidad universitaria y la población en general pueden contribuir a la conservación de esas especies: evitando la extracción de ejemplares, respetando los espacios y fomentando el uso de plantas con flores, preferentemente nativas.

Porque conservar no es nada más proteger un lugar, sino entender que en cada pequeña acción también se decide el futuro de la vida que depende de ellos.

El Jardín de polinizadores es un espacio donde la vida se teje en interacciones diminutas, donde cada flor abierta es una posibilidad; porque ahí, en esos encuentros casi invisibles, se decide mucho más de lo que vemos.

Y si se le da espacio, si se le cuida, la naturaleza no sólo vuelve: permanece.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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