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Poeta agradecido, amigo generoso

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Víctor Manuel Pazarín fue un poeta que escribía como vivía: agradecido. Si hubo alguien que conocí que demostrara tanto amor por la poesía y por la vida, en todo lo que hacía, fue ese pequeño grande escritor originario de Zapotlán El Grande, a quien las vivencias y los andares literarios llevaron antes a Colima y luego a Guadalajara, ciudad donde hace poco terminó su viaje terrenal.

Escritura, vivencias, literatura, andanzas; todo esto se fundía en la figura de Víctor, a tal punto de que no se lograba entender qué venía antes para él: si la vida o la poesía. 

Tanto en sus escritos como en sus pláticas, realidad y ficción se mezclaban de una forma peculiar, se sobreponían, se salpicaban mutuamente con sus tonos y colores, llegando al punto de no distinguirse una de la otra; y dando forma así a algo muy característico en él, peculiar mas no afectado: un “personaje”, en el verdadero sentido de la palabra. Auténtico, sin poses.

Para él crear era todo uno con el pensar, con el caminar, en suma, con el vivir. Era una necesidad. Un prahna que le nutría más allá de los estímulos y las percepciones diarias, que él convertía en alimento, en alimento poético, como si todo el tiempo estuviera respirando poesía.

Muchas veces en las largas horas muertas de la redacción lo comentábamos: la escritura era un ancla de salvación, una manera para salirnos del inevitable tedio del vivir la vida “real”. Una suerte de remedio.

“Pero has visto, amigo, que no es una panacea como creíamos, un elixir de vida eterna, ¿verdad?”

Amanuense infatigable, Víctor escribía y escribía, de todo y acerca de todo, lo mismo que discurría sobre cualquier asunto. Siempre tenía una opinión o una anécdota, tanto que fuera sobre algo vivido “de verdad” en el pasado, como el punto de partida para crear una nueva historia, sin que nunca pudiéramos saber si una y otra fueran reales o imaginadas.

¿Y qué importa? ¿Qué importa si lo eran o no, o si te las creíamos o no? ¿Importa el pasado y el futuro, lo sucedido o lo no sucedido en la poesía?

Lo que cuenta es el resultado. El resultado y la calidad estética ¿verdad? 

Porque, ¿cuál es el objetivo de todo arte, sino el de reconocer lo fantástico en lo corriente, la diversidad en lo uniforme, manifestar lo extraordinario en lo ordinario?

A Víctor lo he leído mucho y poco al mismo tiempo. A lo largo de años de ser compañeros de trabajo, nos compartimos muchos textos; así que creo que leí más sus cosas inéditas que las publicadas; y de las publicadas, las de periodismo y crónica; y ambas son muchas: pues él escribía como si no hubiera mañana (¿verdad?) y fue prolífico hasta el final: unos días antes de fallecer me mandó dos crónicas más y, como dijo su esposa Deana, estaba aún lleno de proyectos. 

Siempre fui crítico con su obra, tanto cuanto, o quizás más, de lo que él lo fue con la mía. Pero mi objetivo aquí no es hablar de su calidad como escritor, creo que hay otros más calificados que yo para eso. Lo que sé, es que independientemente del tamaño, suyo y de su producción literaria, y de la calidad humana, enorme, Víctor fue y será un Escritor, así, con mayúscula, cuya obra, no siempre valorada como lo merece, se inscribe entre los grandes.

Finalmente, para él publicar ya no era tan importante. O más bien, dónde publicar. Lo importante era escribir, plasmar, poetizar, narrar. Desde el corazón.

Así es cómo me lo enseñaste. 

Y así era cómo lo hacía él. Sin importar la fama, los premios, o los círculos literarios de los cuales Víctor ya hace mucho que se había alejado. 

“Ese corazón tan grande, el suyo, que siempre sabía compartir, en dónde solía abrigar a los demás, donde siempre había algo guardado para quien lo quisiera.”

Ese corazón tan traicionero ¿verdad?

Se dice que la mejor manera de recordar al escritor es leyendo su obra. Recordar a Víctor, para mí, será conservar las experiencias vividas juntos, aprender de sus, y nuestros, aciertos y errores, vivenciar sus enseñanzas para, de alguna manera, hacerle sobrevivir no sólo a través de la palabra, sino también de los hechos.

Esta es, creo yo, la mejor manera para recordar al amigo.

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