“A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”. Esta dedicatoria la escribió Ernest Hemingway en el ejemplar Fiesta, que le regaló a Baroja cuando lo visitó en Madrid. Se tomaron fotografías de esos minutos memorables. El inmenso Hemingway aparece en ellas triste, mirando al otro, enfermo. En tanto el semblante de don Pío se intuye un tanto ausente. En la impresión no se aprecia el libro de regalo, ni los complementos: unos calcetines, un chaleco y una botella de whisky. Días después, Pío Baroja falleció y fue sepultado ante la expectación popular porque su funeral fue civil, omitiendo las ceremonias religiosas.

De joven, Pío Baroja y Nessi (Puerto Cantábrico de San Sebastián, 28 de diciembre de 1873— Madrid, 30 de octubre de 1953) estudió medicina sin ahínco. Al concluir la carrera, la ejerció por breve tiempo. “Don Pío asegura con ironía que como médico no mató a nadie porque fue muy prudente y que todos los remedios los dio en pequeñas dosis, por si acaso”, informa María Alfaro en su comentario a una entrevista con el escritor (El Informador. 20/VIII/1939). Baroja dejó la medicina para dedicarse, temporalmente, a la gerencia de una panadería. 

A las tertulias que se desarrollaban en la trastienda de la panadería acudían, entre otros, Valle Inclán y Azorín. El resultado de estas actividades marginales a la literatura (medicina y panadería) le sumaron a su obra un “humanismo” de escuela de la vida y un sinfín de anécdotas. Unos críticos opinaron que, en sus novelas, don Pío “escribía cosas bien amasadas”. 

Le preguntaron a Rubén Darío su opinión sobre la obra de Baroja, a lo que respondió: “Es un escritor de mucha miga; ya se nota que es panadero”. Al enterarse de la opinión del nicaragüense, le contestó que él “…era un escritor de mucha pluma. Ya se sabe que es indio” (El diario de Madrid). La respuesta carece de lo que ahora se conoce como un lenguaje políticamente correcto. 

Decenas de títulos engrosan la bibliografía de Baroja: “…se suceden los volúmenes con una periodicidad rigurosamente astronómica”, sostuvo Ortega y Gasset. Son de citar: La busca, El árbol de la ciencia, Opiniones y paradojas, Las inquietudes de Shanti Andia, Zalacaín el aventurero, El gran torbellino del mundo… A la fecha, los más leídos son los tres primeros citados. 

A la bibliografía se le agregan los comentarios a su estilo: directo, sin barroquismos, con el único fin de darse a entender, como lo recomendaba Azorín, su compañero de generación literaria conocida como la del 98: 

No existe hoy en España ningún escritor más sencillo: Baroja escribe con una fluidez extraordinaria. La sensación va directa y limpiamente del artista al lector, sin retóricas complicadas, sin digresiones, sin adjetivos innecesarios. Tales son las condiciones supremas del escritor: la claridad y la precisión” (Los clásicos revividos / Los clásicos futuros).

Sus dos novelas más conocidas, La busca y El árbol de la ciencia están escritas en lo que se dio por nombrar “realismo social”. Los personajes habitan una colectividad en continua descomposición y sus aspectos personales están disminuidos: pobreza, abulia, falta de higiene. Se ha dicho hasta la vastedad que estas dos novelas tienen grandes rasgos autobiográficos y, con énfasis, reflejan a la España de principios del siglo XX. El “mural” que describe Baroja sobre España visto desde este lado del Atlántico causa sorpresa: las grandes riquezas que viajaron de América para Europa en los tiempos de la Colonia quedaron en unas cuantas manos. A esta temática, Pedro Salinas la califica de “humildad realista”.

Un pasaje de El árbol de la ciencia hace recordar la entrevista arriba citada y confirma la cercanía al aspecto autobiográfico: “Andrés [el protagonista] casi siempre empleaba los medicamentos a pequeñas dosis; muchas veces no producían efecto; pero al menos no corría el peligro de una torpeza”.   

El título es una alusión al árbol bíblico del bien y del mal. Los que estudian, al tomar conciencia de su situación, sufren. Los que no lo hacen, pasan su vida en la indolencia. Esta tesis del libro recuerda lo escrito en el Eclesiastés, 1:18: “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”. 

La Generación del 98 la formaron principalmente Baroja, Azorín, Valle Inclán, Machado, Unamuno y los ahora más olvidados: Ángel Ganivet y Ramiro de Maeztu. Es la fecha, 1898, de cuando España pierde sus últimas colonias: las Filipinas, Puerto Rico, Guam y Cuba en una desastrosa guerra. Surgió entonces “el problema de España” en que afloraron las cuestiones del atraso social y su decadencia. Baroja expresa una crítica, tanto en lo social como en lo político. 

Sostiene José López Martínez: “…la casa del novelista guipuzcoano estaba abierta a todos cuantos quisieran visitarle: era la academia literaria de todos los escritores noveles con los que don Pío hablaba con camaradería y afecto”. Esta “camaradería” hace que se recuerde la siguiente anécdota:

Un joven escritor, con pedantería, le dijo a Baroja: 

—Maestro, aquí tiene mi último libro. 

—¿El último? Muy bien, muy bien…

La fotografía de la visita de Hemingway a don Pío, citada al inicio, atrae un fragmento bastante conocido tomado de un libro de Baroja, entre los más de cien publicados: “La noche está negra. La puerta de mi casa está abierta de par en par. Que entre quien quiera, sea la vida, sea la muerte”.  

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