La mirada en las manos

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Los ojos de Juan José Méndez Hernández eran privilegiados. Tenían la facilidad de mirar al pasado, que luego el artista con sus manos convertiría en materia viva. Muchos podrían pensar que sus pequeños ojos ovalados miraban poco, pero no es así; los retratos que hizo desde la infancia eran “cuerpos”. “Es algo hermoso lo que él hacía”, dice Miguel Ángel Gómez Mendivil, quien lo conoció en vida y fue uno de los pocos, cuenta, que el escultor admitió en su casa, aunque fuera por pocas horas. Una suerte de “confidente de un día”.

La labor que le dio reconocimiento a Juan José Méndez a lo largo de su carrera, la confeccionó en el taller de arte religioso del maestro José Pablo Macías Pinto, donde aprendió a tallar la madera, pero también estudió algunos cursos en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara.

Las huellas de Méndez Hernández, que falleció el pasado jueves 22 de enero, están regadas por toda la ciudad: algunas son representados por sus esculturas, como José Antonio “El Amo” Torres (ubicada en el desnivel de Hidalgo, a un costado de donde se localizaba el Mercado Corona), o las de los Niños Héroes (en la calle del mismo nombre, en el cruce con Chapultepec).

Otros saben de sus pasos por haber vivido cerca de él, como Carmen Díaz de León, quien lo conoció en su taller de San Felipe y la calle Moro, en una Guadalajara que ahora se conoce solamente por fotografías en blanco y negro.

La historia del escultor
Juan José Méndez Hernández nació en Poncitlán, Jalisco, en 1936, lugar donde, relata él mismo en un video de Youtube, comenzó con este arte: “Allí armaba caballos y toros con barro”. En 1966 recibió el Premio Jalisco por su obra, que se caracterizó por su marcado nacionalismo; entre otras obras sobresalientes que hizo, está el Francisco Zarco situado en la plazuela del mismo nombre en la Ciudad de México.

“Él es quien le daba mantenimiento a la Virgen de San Juan de los Lagos —dice Miguel Ángel—, también a la Virgen de Zapopan, pero no a la que está dentro de la parroquia, sino a la que sale a dar el recorrido por la ciudad. Yo lo conocí cuando le compré una escultura de Ángel a un amigo que ahora está en los Estados Unidos. Yo quería saber si esa obra era auténtica, también quería saber de quién era y luego de andar buscando, supe que era del maestro Méndez, yo partí mi búsqueda por una firma en la escultura que decía ‘Juan J. Méndez e hijo Guad. Jal. Sta Anita’”.

Miguel Ángel fue a Santa Anita, aquella pequeña población ubicada en Tlaquepaque y, luego de preguntar por diferentes partes, le dijeron quién era aquel hombre de ojos privilegiados a quien Miguel buscaba. “Él vivía a mitad de un cerro, ahí tiene su casa, muy grande, bonita. Arbolada. Allí mismo está su taller”. Miguel recuerda esa tarde en que lo conoció y la califica como un día extraño, pues cuando se encontró con Juan José Méndez, Miguel le dijo que solamente buscaba autenticar su obra, “luego de que le enseñé las fotos de la escultura, automáticamente me dijo, ‘Sí, yo hice ése’, y después quería hasta enseñarme a tallar la madera”.

El taller de Juan José Méndez guarda los secretos de lo que sus manos moldeaban: torsos de mujer al desnudo, cristos que miran al cielo y vírgenes que miran hacia la tierra, adonde están los mortales a los que hay que bendecir. También hay ángeles por doquier y brazos, rostros y cuerpos que serán esculturas de personajes que pasaban por su mirada. Allí Miguel Gómez, que se convirtió en el confidente del maestro por un día, vio los vestigios de la gestación de obras como el Colón que se ubica en la avenida Américas, o la propia Madre Patria que está mirando los ocasos de los atardeceres tapatíos en la plazoleta de la avenida México.

“Él me relató varias cosas, cosas muy de su familia, ahora me da un poco de nostalgia saber que ya falleció —me platica Miguel Ángel— yo lo vi con muchas ganas de seguir trabajando, eso hace apenas como un año, me decía a cada rato ‘hábleme, venga aquí, usted me da mucha energía’, ¡promuévame! Ahí sólo le dije: ‘Oiga, pero por qué no hay información de usted, me costó mucho trabajo encontrarlo’, pero esa tarde, el maestro sólo se rió y me volvió a decir: ‘Venga más seguido, yo le enseño a trabajar la madera’”.

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