
Entre las páginas impresas y las pantallas de los algoritmos, la comunidad del CUCSH debate sobre el futuro del aprendizaje, la investigación científica y la sobrevivencia del libro físico
Entre las carpas y stands instalados a lo largo del Paseo de las jacarandas en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH), el aire huele a tinta fresca durante la Muestra bibliográfica El confabulario – Juan José Arreola, organizada por la biblioteca del campus.
A lo largo de dos jornadas –el miércoles 30 de septiembre y el jueves 1 de octubre– proveedores nacionales e internacionales abrieron sus catálogos a la comunidad universitaria y todo público para ofrecer novedades y proponer adquisiciones para el acervo institucional.
Sin embargo, sobre las mesas repletas de obras académicas flota una tensión invisible: la inmediatez de la inteligencia artificial frente al ritmo pausado de la lectura tradicional. Mientras docentes, alumnos y editores examinan los volúmenes en físico, una pregunta atraviesa el ambiente: ¿estamos presenciando la extinción del hábito lector o la transición hacia una nueva era donde la máquina es solo una herramienta?
El diagnóstico inicial no oculta la preocupación. Para Candela Bernal, estudiante de la licenciatura en Historia, la falta de contacto con la lectura en la comunidad estudiantil es evidente: “La gente no lee, voy a ser absolutamente sincera, la gente no tiene la cultura del libro, de leer. Aquí me he dado cuenta”.
Esta desconexión coincide con el auge del formato digital y los resúmenes generados en segundos por la IA. Tadeo Olivares, estudiante de Criminología, reflexiona sobre cómo la facilidad técnica ha cambiado las rutinas universitarias. “En la comunidad universitaria es preocupante el poco hábito de la lectura, es tan fundamental y a la vez se está perdiendo porque es más accesible el consumir libros en digital, en PDF”.
Sin embargo, el hábito de recurrir a la tecnología para resolver tareas rápidas empieza a cuestionarse en las aulas. Añade el propio Tadeo: “Abusamos mucho del uso de la IA en muchas ocasiones por accesibilidad, por tiempos o simplemente porque ya se nos está haciendo costumbre que ella lo haga todo, pero la estamos empezando a desarrollar como un copiloto más que como que ellos lo hagan todo”.
Desde el sector editorial, la mirada combina cautela y firmeza. Erica Sante, representante de ALEF programas educativos (distribuidora de sellos universitarios españoles), advierte sobre los riesgos de abandonar la consulta directa en obras especializadas.
“La inteligencia artificial nunca va a sustituir un texto científico o un texto de formación profesional. Están los jóvenes muy condicionados a buscar en Google y en la inteligencia artificial todas las respuestas. Sin embargo, la inteligencia artificial no las tiene y no brinda datos duros o datos científicos del todo. Debe de prevalecer, a mi juicio, el libro como un medio de formación científica y de investigación profesional”.
A pesar del auge algorítmico, Saúl Palacios, de Distribuidora Perseo de la Ciudad de México, llegó al CUCSH con muestras de más de 500 títulos físicos y una oferta de cerca de mil 900 obras para nutrir la biblioteca del centro, pero reconoce que el consumo en ferias ha cambiado en los últimos años.
“Hemos notado, de dos o tres años para acá, que ante el auge de las inteligencias artificiales ha venido a menos el consumo de libros”. Aunque destaca la respuesta y la inversión institucional de la UdeG para mantener los acervos actualizados en áreas como derecho, criminología y filosofía.
Las opiniones entre los propios estudiantes varían drásticamente según la disciplina y el enfoque personal. Por un lado, Pedro Daniel, estudiante de Historia, se posiciona a favor del rigor analítico tradicional: “Soy más tradicionalista, he notado que se aprende más con los libros. Hay bastantes conflictos a la hora de usar los formatos digitales y se pierde contacto con los autores, con las ideas y con el contexto del mismo material”.
Respecto al uso de los asistentes virtuales en la investigación histórica, comparte un hallazgo rotundo: “Siento que hay un problema especialmente para la carrera que yo estudio, porque simplemente es una tecnología que no está hecha para beneficiar a mi ámbito, las pocas veces que la he intentado utilizar fuera de mis tareas incluso ha dificultado mi trabajo, me pone a consultar doble. Por eso no la utilizo personalmente”.
En el extremo opuesto, Candela Bernal, quien además de estudiar Historia se dedica a la programación, compara la llegada de la IA con un hito de la revolución Industrial: “Para mí no hay problema, hay que adaptarnos a la IA y el no adaptarnos es como estar en la revolución Industrial y rehusarse a usar una máquina de coser. Te vas a atrasar nada más. No digo que te reemplace, sino que hay que usarla como herramienta facilitadora”.
Para las casas editoriales y distribuidoras, el desafío no consiste únicamente en competir contra la pantalla, sino en integrar contenidos actualizados sobre la misma tecnología. Patricia Monserrat González de la Torre, representante de sellos como Taylor & Francis, confirma que existe un interés masivo por obras académicas del periodo 2026-2027 en disciplinas de frontera.
“Ha tenido que existir una adaptación. Las universidades siguen priorizando la adquisición de libros físicos, pero ha habido una caída en el interés”, señala y destaca, al mismo tiempo, que las áreas más demandadas por posgrados y estudiantes son la IA, la ciencia de datos y la programación.
Entre la búsqueda de datos verificables y la tentación de la síntesis automatizada, la comunidad académica del CUCSH deja claro que el libro en papel no ha muerto, se encuentra en un proceso de redefinición donde la tecnología sirve como copiloto, pero la capacidad crítica y de análisis sigue residiendo en la lectura profunda.
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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