
Trabajo, transporte y tareas diarias, aprender a resistir; dos estudiantes nos presentan la parte de la universidad que casi nunca se cuenta
Hay una hora específica en la que el CUCEI cambia; no cuando empiezan las clases, tampoco cuando se llenan los pasillos. Sucede más tarde. Tal vez, a las siete de la noche, cuando algunos edificios ya deberían estar vacíos, pero todavía tienen luces prendidas. Cuando quedan estudiantes sentados en el piso terminando un proyecto, personas dormidas sobre una mochila y laptops abiertas junto con algunos libros por leer.
A esa hora, el cansancio ya se nota distinto, en los ojos, en la espalda, en la forma en la que alguien mira fijamente una pantalla mientras intenta terminar una tarea más antes de regresar a casa. Porque para muchas personas, estudiar en el CUCEI no termina al salir del salón. A veces, apenas empieza ahí.
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Paola Herrera estudia la licenciatura en Química. Va en onceavo semestre de una carrera cuya malla curricular normalmente termina en diez. Dice que antes veía a la universidad diferente, más ligera, más social.
Había tiempo para quedarse platicando, pasar horas muertas dentro del campus; para sentir que la universidad también era un espacio de convivencia. Ahora no, ahora trabaja mientras estudia. Y aunque habla de eso con orgullo –porque ejerce dentro de un área relacionada con su carrera–, también reconoce el desgaste que implica intentar equilibrarlo todo al mismo tiempo.
“Muchas veces tienes que priorizar mental y físicamente”, dice. Como si el tiempo nunca alcanzara por completo para todas las partes de su vida.
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Hay estudiantes que desayunan camino a clases. Otros, comen rápido en un pasillo antes de entrar al laboratorio. También hay quienes hacen tareas durante horas libres porque saben que llegando a casa ya no tendrán energía suficiente. Y también aquellos que trabajan después de salir del CUCEI, aunque al día siguiente tengan un examen.
La vida universitaria rara vez se parece a la idea romántica que muchas personas imaginan antes de entrar. A veces, se parece más al cansancio constante.

José Eloy Hernández Olivera estudia Ingeniería en computación. Actualmente, cursa su séptimo semestre y vive en Chapala.
Su rutina empieza alrededor de las cuatro de la mañana. Todavía es de noche cuando se despierta para alcanzar el primer camión rumbo a Guadalajara. Entre transbordos, tráfico y trayectos puede pasar hasta cinco horas diarias solamente en transporte público. A veces más tiempo del que pasa dentro de clases.
Dice que hubo momentos en los que su vida entera parecía ocurrir entre camiones, tareas y pantallas. Y probablemente no exagera, porque estudiar una ingeniería ya implica pasar muchas horas frente a una computadora, pero hacerlo mientras recorres diariamente kilómetros para llegar a la escuela cambia completamente la experiencia universitaria.
El cansancio deja de ser solamente académico, también se vuelve físico.
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Hay algo extraño en las universidades grandes. Aunque siempre están llenas de personas, muchas veces se sienten solitarias.
José habla de eso cuando menciona que vivir lejos también termina afectando la parte social. Mientras otros compañeros salen, conviven o permanecen dentro de la ciudad después de clases, él sabe que todavía le espera un trayecto largo para volver a casa.
“No tengo una vida normal en Guadalajara”, confiesa. Y hay algo triste en esa frase. No porque implique tragedia, sino porque habla de una distancia que no solamente es geográfica.
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Paola también habla de pérdidas. No las menciona como una cuestión dramática. Más bien, como pequeñas cosas que desaparecen poco a poco cuando empiezas a entrar de lleno a la vida adulta. Tiempo con la familia. Convivencia con amigos. Descanso. Incluso, cosas tan simples como cocinar.
“Uno, a veces, no tiene tiempo de preparar tres comidas”, comenta. Entonces comes donde puedes, cuando puedes. Y después sigues.
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Hay estudiantes que prácticamente viven dentro del CUCEI. Se nota en las mochilas pesadas, en los cargadores conectados a cualquier enchufe disponible, en las mesas y salas de estudio llenas durante semanas de parciales. Se nota en quienes pasan horas enteras dentro de bibliotecas o laboratorios, aunque ya no tengan clases.
Como si regresar a casa implicara aceptar que todavía faltan pendientes.

José tiene lugares favoritos dentro del campus. Habla del Jardín de las matemáticas porque suele estar tranquilo y tiene sombra; también menciona unos laboratorios cerca de los baños, donde puede sentarse porque hay enchufes e internet. Pequeños espacios que terminan convirtiéndose en refugios temporales durante jornadas largas.
Porque, a veces, la universidad también consiste en eso: en encontrar un lugar donde puedas respirar un momento antes de continuar.
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Paola dice que una de las partes más difíciles de ir atrasada en la carrera ha sido ver cómo muchos de sus amigos ya están por egresar. Hay algo particularmente cruel en sentir que todos avanzan mientras tú sigues intentando sostenerte. Especialmente cuando también trabajas, especialmente cuando estás cansada. Especialmente cuando empiezas a preguntarte cuánto tiempo más podrás mantener ese ritmo.
Aun así, sigue. Y cuando habla de lo que la motiva, menciona a sus papás. La felicidad de su mamá al decir que tiene “una hija química”. El orgullo de su papá al verla entrar a la Universidad de Guadalajara.
A veces, seguir adelante también tiene que ver con eso, con no querer rendirte después de todo lo que costó llegar.
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Hay días en los que José regresa tranquilo a casa. Y hay otros en los que vuelve destrozado dentro del camión. Lo dice de forma sencilla, casi como si fuera algo normal. Pero, probablemente, ahí está una de las partes más invisibles de la vida universitaria: el desgaste emocional. Porque muchas veces el agotamiento no se nota de inmediato, se acumula, en dormir poco, en sentir que nunca hay suficiente tiempo, en pasar tantas horas siendo funcional que eventualmente olvidas descansar.
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Dentro del CUCEI existen cientos de historias parecidas. Historias de estudiantes que trabajan mientras estudian, personas que cruzan toda la ciudad para llegar a clases. Jóvenes que sienten ansiedad por el futuro, aunque apenas estén intentando sobrevivir el presente. Historias que normalmente quedan escondidas detrás de calificaciones, tareas entregadas y horarios saturados.
Porque desde afuera, muchas veces la universidad solamente parece clases, pero desde dentro puede sentirse como intentar sostener demasiadas cosas al mismo tiempo sin querer dejar caer ninguna.
Tal vez, por eso, el CUCEI se siente diferente cuando anochece. Porque cuando ya casi todos deberían haberse ido, todavía quedan personas estudiando, todavía hay alguien terminando un proyecto, todavía hay alguien esperando el camión de regreso, todavía hay alguien intentando reunir energía suficiente para continuar otro día más.
Y quizá eso es lo que casi nunca se cuenta sobre la vida universitaria, que muchas veces estudiar no solamente implica aprender una carrera, también aprender a resistir.
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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