jueves, agosto 6, 2026
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Entre guardias y aprendizajes

En la práctica de la medicina sirve mucho lo aprendido en el aula, pero sobre todo la disposición a la responsabilidad y la empatía 

Hay umbrales que uno cruza sin saber bien a bien lo que encontrará del otro lado. Y el inicio del preinternado, para mí, fue uno de ellos. Llegué al hospital con la emoción mezclada con el nervio propio de quien sabe que, por primera vez, la teoría tendrá que responder ante algo mucho más impredecible: una persona viva, con todo lo que eso implica. Desde la junta inicial con los directivos del centro universitario, quedó claro que el propósito de esta etapa era ampliar y aplicar el aprendizaje. Lo que nadie anticipa, y que sólo se descubre al vivirlo, es cuánto de ese aprendizaje tiene que ver con una misma: cuál médico se aspira a ser, cuál médico no se quiere ser jamás; cómo acompañar sin perder la distancia justa; cómo ver lo que duele sin que te consuma, sin tampoco volverse impermeable.

Para mí, el preinternado fue un parteaguas en mi formación académica y profesional, pero también en mi vida personal, en la forma de entender y situarme frente al mundo. Hubo guardias que me dejaron sin palabras, noches de las que salí con la sensación de no estar lista para lo que acababa de presenciar. Y también hubo momentos que cargo con una gratitud que todavía no termino de saber nombrar.

Este es un sentimiento compartido con varias de mis compañeras. Para Andrea López García, Megan Cervantes López y Ruth Paulina Franco Gómez, estudiantes de octavo semestre de Médico Cirujano y Partero del CUCS, ese primer día llegó cargado de miedo y expectativa a partes iguales.

“Llegué con una mezcla rara: miedo, incertidumbre, estrés, pero también mucha emoción. Sentía que por fin salía del salón de clases y entraba a algo real”, dijo Megan.

Pediatría: el principio de todo

El primer servicio fue en el área de Pediatría, y desde el primer día supe que algo en mí iba a cambiar ahí. Hay algo en la lógica de ese servicio: su ritmo, su ternura obligada, la transparencia de los pacientes pequeños que no saben fingir, que te vuelven más consciente de cada gesto. Aprendes a cuidar las palabras, a que suenen cálidas y sinceras, a ganarse una confianza que no se da por sentado. Urgencias, de Pediatría, fue mi servicio favorito: por esa puerta podía entrar absolutamente cualquier cosa, y algo en esa incertidumbre mantuvo la mente viva, alerta, presente.

Fue también ahí donde empecé a sentirme, por primera vez y de manera genuina, una médico. Exploré pacientes, conduje interrogatorios, participé en lluvias de ideas diagnósticas. Empecé a entender cómo funciona el sistema de salud por dentro: sus procesos, sus métodos, sus normativas y también sus obstáculos, que no son pocos. Los pases de visita, que al principio parecían pequeños simulacros del terror, fueron volviéndose territorio conocido. No hubo un solo día sin aprendizaje, en gran parte gracias a residentes y adscritos en quienes se nota, y se agradece, la pasión genuina por su vocación y el interés real porque aprendamos.

Andrea López llegó sabiendo que quería ser ginecóloga, y el preinternado era su primera oportunidad de comprobarlo. Pediatría, en cambio, no estaba en sus planes. “Yo nunca voy a ser pediatra, no me pasa ni por la mente”, pensaba antes de comenzar. La rotación la hizo cambiar de opinión, aunque no de vocación. “Me di cuenta de que es algo súper lindo. Tratar con niños, poder platicar con las mamás… era un curita para mi alma”, dijo.

Ginecología y obstetricia: el caos que también enseña

Mi cambio a Ginecología y obstetricia fue radical. Ahí, el ambiente es otro: siempre hay urgencia, siempre hay alguien que corre hacia algún lugar, y el estrés puede desbordarse sobre todo el equipo con una facilidad que desconcierta. Los primeros días coincidieron con un relevo generalizado: residentes nuevos, internos que ya estaban a nada de concluir su año, preinternos recién llegados y la suma de todo eso fue, en el mejor de los casos, caótica.

En el caso de Andrea López, cuando llegó a ginecología encontró lo contrario de lo que le habían advertido: “Habían dicho que era muy tóxico, muy hostil. No sentí nada de eso. Gine fue mi rotación más bonita”, comentó.

Lo que se lleva de regreso

El preinternado no deja únicamente conocimientos clínicos, deja algo más difícil de medir y, quizás, por eso, más importante: la certeza de que la medicina se ejerce desde adentro, que el tipo de profesional que se decide ser es construido en cada guardia, en cada trato, en cada momento en que se elige la empatía sobre la indiferencia.

El momento en que cada una sintió que hacía medicina de verdad llegó de formas distintas, pero igual de concretas. Ruth Paulina lo vivió en Pediatría, recibiendo a un recién nacido. “El ver cómo estás apoyando a un ser humano a nacer y das tu granito de arena en cuanto a su futuro es una sensación indescriptible” dijo. Andrea López García lo sintió en urgencias pediátricas, cuando las mamás le preguntaban sobre medicamentos. “Esto es la medicina”, recordó entre risas.

Las tres pasaron también por el quirófano, y ahí encontraron algunos de sus mejores momentos. Megan instrumentó sola una cirugía larga con un doctor conocido por su rigor; al terminar, él le preguntó de qué escuela venía y la felicitó. “Ahí entendí que nada fue en vano”, dijo. Andrea vivió algo parecido con una doctora, quien tras dos cirugías le comentó que le había gustado cómo había instrumentado. “Siendo que es de un carácter muy fuerte y que no da cumplidos”, recordó.

Lo que cada una se lleva tiene más que ver con lo que descubrieron de sí mismas. “Puedo con más de lo que creía”, dijo Megan. Ruth Paulina aprendió a no dudar: “La palabra que tenemos como médicos es muy fuerte; ellos confían en nuestra persona y no podemos fallarles”. Andrea encontró la lección en sus propias pacientes: “Cada paciente merece su tiempo. Si tienes que indagar bien para llegar a un diagnóstico, también tienes que disfrutar tu propia vida”, concluyó.

El hospital enseña que el universo clínico es infinitamente más vasto de lo que cualquier aula anticipa, y que esa vastedad no tiene por qué ser aterradora. No sale del preinternado con todas las respuestas, pero sí con mejores preguntas, con el peso justo de lo vivido y con la certeza de que éste es apenas el primer amanecer de muchos.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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