El fuego estaba alumbrando y ardiendo,
cuando vino un gran aguacero y granizo que lo apagó.
Popol Wuj
Imagina que estás detenido en una esquina donde confluyen dos grandes avenidas y descubres, a contra esquina, a esa persona a quien tanto admiras y de quien tenías varios años sin saber nada de ella. Levantas los brazos para llamarla y le gritas algunas palabras cargadas de emoción. Es una hora en la que el tráfico está embotellado y todo es como un mar de ruidos y de muchas voces y mucho estruendo de cláxones. Esa persona no te ha visto, o no ha podido distinguirte y tú, desesperado, quisieras volar o dar un salto increíble para alcanzar la esquina donde esa persona continúa entre muchas otras que esperan a que los semáforos cambien de señal y hagan posible atravesar las tantas franjas del paso peatonal.
Ante una situación así, es como me sentí cuando comencé a leer Don Gregorio. Un sabio maya (2025), de Jorge Miguel Cocom Pech (1952). Este singular libro comienza diciendo:
En aquellos tiempos, cuando escuchar relatos y cuentos de la voz de nuestros mayores era el pasatiempo favorito de los niños, supe de la existencia de personajes, animales y lugares insospechados.
En esos días, y a falta de libros y revistas ilustradas, hacíamos esfuerzos por llevar a nuestras cabecitas duras las imágenes de todas esas maravillas descritas en las narraciones.
Leemos / escuchamos las sabias palabras del abuelo Gregorio, gracias a que éste le dejó la encomienda a su nieto Jorge Miguel de que su tarea sería memorizar las narraciones; pasado un tiempo, recaería en él la responsabilidad de escribirlas; “pero si tiene dificultad para cumplir con este encargo –le advirtió el abuelo Gregorio a Jorge Miguel–, no debe sentir miedo, ya que tendrá una oportunidad de que se las repita para poder recordarlas”.
La sabiduría es como aquella persona que está a contra esquina, de quien nos separa todo ese tráfico y todo ese ruido y que hace imposible que nos vea y que nosotros podamos llegar hasta donde se encuentra detenida, esperando a que cambie la señal del semáforo, a que cambie la situación, a que sea posible la conexión comunicativa en una sociedad ensordecida y atiborrada de estímulos pasajeros.
Es tanto el ruido que nos rodea todo el tiempo, que hace muy difícil escuchar lo que en la sabiduría se guarda: una memoria de cultura y de historia.
—Abuelo, ¿de dónde sacas tantos y tantos cuentos que parecen no acabar nunca?, ¿cómo le haces para que cada uno sea diferente?, ¿quién te los contó?
Después de sentarse y ponerse cómodo en un banquillo de madera, dijo:
—Los cuentos pertenecen a todos, nadie es su propietario. A mí me los han contado mis abuelos, y a los abuelos de mis abuelos se los contaron sus abuelos… Así ha ocurrido sucesivamente…
Toda esta sabiduría maya que existe en torno a la palabra que narra está directamente relacionada con lo más vital del ser humano:
Cuánta razón tenían los abuelos cuando decían: “Tu corazón es el guardián de las palabras, no su cueva; porque las palabras no estarán ahí para alojarse eternamente…”.

En el corazón está la palabra que dice lo que significa vivir; un ser de historias con las cuales se va conformando una memoria y una cultura de abundantes formas de ser. Esa palabra que narra es la misma que otorga poder a quien la posee y a quien la escucha. Sin narraciones no es posible que exista ninguna historia, ninguna memoria y ninguna forma de comprender todo eso a lo que llamamos –no sin extrañeza– vida social y cultural. Sin memoria y sin historia tampoco habría palabra, y mucho menos nada que nos haga saber quiénes somos y dónde estamos viviendo.
En el Popol Wuj, donde se guardan tantas historias de un pueblo antiguo –el de los indios quichés de Guatemala–, leemos sobre la presencia de un profundo silencio, sin el cual ni el conocimiento acerca del origen, ni la sabiduría acerca de la existencia vital de los seres en la tierra, nos permitiría tener idea alguna de cómo pudo haber iniciado el canto que resuena en todo:
Antes de la Creación no había hombres, ni animales, ni pájaros, pescados, cangrejos, árboles, piedras, hoyos, barrancos, paja ni bejucos y no se manifestaba la faz de la tierra; el mar estaba suspenso y en el cielo no había cosa alguna que hiciera ruido. No había cosa en orden, cosa que tuviese que ser, si no es el mar y el agua que estaba en calma y así todo estaba en silencio y oscuridad como noche [Versión y vocabulario de Albertina Saravia E./ Editorial Porrúa, colección “Sepan cuantos…”, n. 36].
De acuerdo con esto último, fue el silencio la condición con que la que pudo iniciar todo lo existente; fue en el silencio donde no había “cosa en orden” ni “cosa que tuviese que ser”; fue en el silencio que la oscuridad –como la noche– coexistía a la par que el agua y el mar, que estaban en calma; fue en el silencio que en la tierra no se había manifestado aún la faz de su existencia.
Silencio es lo que hace falta para que escuchemos las palabras que el otro narra desde una memoria antigua; el otro que son todos aquellos que llevan en el corazón el manantial de todos los cuentos, de todas las historias que jamás deberán estar guardadas eternamente. Es por todo esto que Jorge Miguel Cocom Pech, haciendo eco de la prodigiosa memoria de su abuelo don Gregorio, nos hace copartícipes, al recordar lo que aquél le encomendó: contar lo que los abuelos de los abuelos contaron para mantener viva la memoria que da vida en la superficie de la tierra.
Mientras haya vida sobre la tierra, la palabra que narra con libertad será la misma que otros escucharán como el canto de alguien con prodigiosa memoria, quien se resistirá a morir en el ruidoso silencio de las urbes, donde automóviles y otras tantas máquinas impiden que podamos acercarnos a esa persona –de prodigiosa y sabia memoria–, desde donde ella no puede vernos, desde donde no puede escuchar todo eso que gritamos o que callamos con tanta desesperación.
Esa persona, como todas las personas que llevan en su corazón la palabra que sabe, la palabra que narra, la palabra que recuerda –y nos recuerda–, es una persona que está rodeada de mucho ruido, de mucho tráfico, de mucho espacio ocupado por la gran cantidad de cosas que no permiten el acercamiento; y entonces, nada de todo eso que rodea –a esa sabia persona– impedirá que surja y que sienta la existencia del silencio, sin el cual, no será posible ni probable proseguir narrando ni escuchando la creación de la memoria humana.








