El soliloquio del Supremo

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Gabriel García Márquez dijo en un documental transmitido por la televisión colombiana, que lo importante de su estancia en París fue la perspectiva que esa ciudad le dio de América Latina. El Barrio Latino, donde vivía, era un hervidero de jóvenes, y menos jóvenes, escritores de nuestro hemisferio que habían escogido la “ciudad luz” para, en el mejor de los casos, consagrar su creación literaria.
“Curiosamente, cuando estaba en París era un tiempo de dictadores”, recuerda al respecto el autor de Cien años de soledad. “Estaba Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, estaba Odría en el Perú, Trujillo en Santo Domingo, estaba Perón en Argentina, Batista en Cuba; prácticamente en todos los países”.
El nativo de Aracataca cuenta que se hospedaba en una pensión en la rue Cujas, justo enfrente de donde vivía Nicolás Guillén, “el poeta que todos íbamos a visitar en peregrinación”. En la misma calle vivían varios “peregrinos literatos” latinoamericanos, “y cada uno estaba pendiente de su país”. Una madrugada Guillén asomó de su habitación y pegó un grito: “¡Se cayó el Hombre!, y todos salimos a la calle, porque todos creímos que era el Hombre nuestro”.
Esta tensión política y atención hacia los regímenes tiránicos que en la mitad del siglo pasado proliferaron en varios países de América Latina, se convirtió en muchos casos en libros que los críticos inscriben en un subgénero literario denominado “novelas sobre dictadores”.
El otoño del patriarca (1975), de García Márquez, pertenece a esta corriente cuyo precursor es considerado el premio Nobel guatemalteco Miguel íngel Asturias, por su novela El Señor Presidente. No obstante que Julio Calviño Iglesias en su libro La novela del dictador en Hispanoamérica, la coloca en la lista de los 94 “textos más significativos de la novela del dictador y del poder personal”, movimiento literario específicamente latinoamericano que iría desde El matadero, de Esteban Echeverría (1838), hasta… y los dioses se volvieron hombres, de Carlos de la Torre (1981), la obra de Asturias es indiscutiblemente un parteaguas y una referencia imprescindible para este “género” literario.
Augusto Monterroso, otro gran escritor guatemalteco, en su ensayo Novelas sobre dictadores, escribe con respecto a El Señor Presidente: “Todo esto fue el origen de algo que se traduciría en la producción por otros autores de novelas con el mismo tema y con menor o mayor calidad, pero ya sin el tremendo efecto de la de Asturias, que por primera vez había dado a los lectores y críticos de otros países de América y de Europa la visión de un mundo indígena con resonancias universales”.
Entre los autores que produjeron novelas “con menor o mayor calidad”, además del mencionado García Márquez, destacan Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier. Aparte de tocar el mismo tema, sus novelas merecen una atención particular por sus prosas experimentales e innovadoras, pero sobre todo porque constituyen, unas más otras menos, obras cumbres de la literatura contemporánea de América Latina.

Los orígenes
Como toda gran obra, también El Señor Presidente subió esta forma a veces burda de exégesis para encontrarle alguna referencia anterior. Monterroso, en el citado ensayo, con su irrefrenable sarcasmo –leer, para creer, Lo demás es silencio–, dice: “Nuestros críticos, por buscar también algo, buscaban antecedentes y se ponían felices cuando encontraban el Tirano Banderas, de don Ramón del Valle-Inclán, y los especialistas norteamericanos exclamaban con júbilo en los congresos de escritores: ¡Don Ramón del Valle-Inclán es el padre de Asturias y de todos los tiranos de la literatura latinoamericana!”.
Y así era, reconoce Monterroso; mas luego agrega: “Y Asturias lo convirtió en el abuelo. Y por haberse portado como niño bueno, en 1967, le dieron en Suecia su premio, su premio Nobel”.
El Señor Presidente fue escrita entre 1922 y 1932, como lo señala el mismo autor en la firma al final del libro, lo que abarca, supone Monterroso, “no una década de trabajo, sino diez años de interrupciones”.
La obra fue publicada por primera vez y pronto se olvidó en las bodegas de la editorial mexicana Costa-Amic, en 1946. Luego el manuscrito fue rechazado por otra editorial importante de México, a pesar de la recomendación de Alfonso Reyes, y fue un año después, en Argentina, cuando llegó al gran público con la edición de Lozada.
El dictador que trata Asturias es el licenciado Manuel Estrada Cabrera, que gobernó despóticamente en Guatemala durante 22 años, hasta su caída en 1920. Sin embargo, no se trata de una biografía o de un análisis de la figura del tirano; lo que crea Asturias es más bien, como lo definió Gerald Martin, “un laberinto de horror”, donde con recursos literarios que se abrevan en el surrealismo, la poesía y la mitología indígena, crea un palimpsesto de personajes y ambientaciones fantásticas, con los que logra, casi por contraste, hacer visible y palpable el terror y la atrocidad que emanan del poder casi invisible de un mitológico padre de la patria.
Característica ésta, común a otros libros posteriores, como El otoño del patriarca, en el que el poder y el tirano son algo oculto y ubicuo, cuya omnipresencia y omnipotencia se percibe en la sumisión de sus adeptos y en la veneración temblante del pueblo. Tanto que, al inicio del libro de García Márquez, cuando un grupo de personas entra al palacio derruido del dictador y encuentra su cuerpo carcomido por los gallinazos, nadie puede asegurar, o creer, que sea el suyo de verdad, no sólo porque está desfigurado por las aves de rapiña, sino porque nadie lo había visto antes realmente, a pesar de que lo habían admirado en su balcón durante los eventos oficiales, y de que sus retratos aparecían a diario en la prensa oficial y en las efigies que atiborraban paredes de casas y calles de toda la inmensa nación.

El “boom”
El del premio Nobel colombiano, escribe Carlos Fuentes en su reciente libro La gran novela latinoamericana, es un tirano genérico, como en el caso de El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier. Esta novela, junto con La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, culmina y “rememora el propósito de aquella vieja conversación en un pub londinense”, donde se narra, varios escritores latinoamericanos acordaron escribir cada quien un libro sobre su propio dictador.
El modelo del cubano Carpentier, aunque no lo nombra explícitamente, es Antonio Guzmán Blanco, que gobernó con mano dura en Venezuela y que “padeció de una vanidad tan ancha como el río Orinoco”, escribe Fuentes. En cambio García Márquez se basa primordialmente en las figuras de Franco y Salazar, “aunque no quedan fuera resabios de dictadores latinoamericanos del pasado, del presente y del futuro”.
Roa Bastos y Vargas Llosa, en contraste, escogen a un tirano individual. El primero lo envuelve en la mitología transfigurándolo, mientras que el segundo se refiere a un tirano en carne y hueso e identificable con nombre y apellido. Se trata de Rafael Leónidas Trujillo Molina, sátrapa dominicano que gobernó durante 30 años con mano dura la isla caribeña.
Esto, dice Fuentes, no significa que el premio Nobel peruano se limite a un ejercicio periodístico. “Los datos están ahí, biográficos, exactos, lúgubres, pero el marco novelesco los reduce (o eleva) a testimonios de una realidad atroz, en tanto que la misma realidad es cercada (y revelada) por la imaginación narrativa, que se propone, a su vez, como parte de una realidad más ancha, que incluye a la realidad de la invención narrativa”.
Mención aparte merece Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos, tanto por su eclecticismo como por su exquisitez narrativa. El periodista y escritor paraguayo, más que como autor de la obra, se quiere hacer pasar como compilador de documentos y de memorias del Doctor Francia, dictador ilustrado del Paraguay poscolonial.
Libro complejo, en que se mezclan supuestos testimonios históricos con leyendas orales indígenas y pasajes oníricos, Yo el Supremo tiene varios niveles de lectura, que van del psicoanalítico al histórico, del simbólico al folclórico, como han señalado varios críticos. Sin embargo, la obra además de ser una lúcida reflexión sobre la tiranía y el espíritu del pueblo paraguayo, en particular, y latinoamericano, por extensión, es uno de los ejercicios literarios más destacables de la narrativa en español.
Un aspecto poco considerado por la crítica es la reflexión que Roa Bastos hace, a través de los soliloquios del dictador o en sus diálogos quijotescos con su amo de fechos, sobre la función de la escritura y el quehacer literario. “Escribir no significa convertir lo real en palabras sino hacer que la palabra sea real”, dice El Supremo; y también: “No trates de artificializar la naturaleza de los asuntos, sino de naturalizar lo artificioso de las palabras”, retomando el quiasmo de Montaigne. Por todo esto es una novela que requiere, y merece ser leída y releída, aun si cuando se habla de una gran obra puede parecer una redundancia; pues como sostenía el escritor ruso Vladimir Nabokov, “leer es releer”.

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