sábado, septiembre 12, 2026
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Un amor exorbitante por la botánica; la pasión de Puga sigue aquí

Sus estudiantes y colegas recuerdan a Luz María Villarreal de Puga como una mujer que mantuvo su interés por las plantas dentro y fuera de las aulas del CUCBA

Luz María Villarreal de Puga sigue aquí. No porque su nombre permanezca en un auditorio, ni porque su trabajo haya quedado registrado en libros y colecciones. Sigue aquí porque, de alguna manera, se quedó en las personas que la conocieron.

Está en Pablo Carrillo Reyes, quien ahora cuida el herbario donde permanece parte de su colección. Está en Liberato Portillo, que todavía recuerda esos dulces con los que enseñaba botánica y en Alfredo Martinez, que dice que su clase era imperdible. Está en el jardín y en las magnolias que Diana Ortega mira de otra manera desde que sabe que Puga las plantó y en Pilar Zamora, que aprendió de ella que nunca es tarde para dedicarse a lo que uno ama.

Y quizá por eso, para hablar de Luz María Villarreal de Puga no hace falta comenzar por el año en que nació, ni por los cargos que ocupó, ni por todo aquello que hizo durante su vida. Hay que comenzar por quienes todavía la recuerdan, quienes cuando escuchan su nombre no piensan primero en una fecha o en un reconocimiento, sino en una mujer que estaba ahí.

Como Pablo Carrillo, quien nunca fue su alumno. Cuando él llegó a la universidad, Puga ya se había jubilado, pero retirarse de la vida académica no significó, para ella, alejarse de la botánica. Continuaba yendo al herbario, caminaba por el CUCBA y trabajaba con las plantas. Fue ahí donde sus caminos se encontraron.

Pablo era un joven especialmente interesado en la botánica. Él mismo se describe como un chico muy nerd. Puga lo notó y, poco a poco, comenzó a acercársele; no necesitó estar frente a un grupo para enseñarle.

Una sola ocasión salieron juntos a campo. Puga tendría poco más de 90 años y, aun así, estaba herborizando. Pablo recuerda su energía con admiración: verla recolectar plantas y moverse por el campo a una edad en la que muchos ya habían dejado atrás ese tipo de actividades. Para ella parecía no existir una edad en la que hubiera que dejar de aprender.

En 2003, cuando Pablo decidió irse de Guadalajara para continuar sus estudios de posgrado en Xalapa, Puga lo felicitó. Después de preguntarle qué comida le gustaba, recibió una respuesta que terminó convirtiéndose en una invitación.

—Lengua.

—Muy bien, lo espero a comer en mi casa, y lleve a sus papás este sábado.

Y así fue.

Puga cocinó para ellos, platicó con sus padres y compartió historias sobre su vida. No era una clase, no había plantas que identificar ni nombres científicos que memorizar. Era simplemente una comida en casa. Detrás de la maestra que preguntaba por familias, géneros y especies, había una mujer que cocinaba, recibía personas en su casa y encontraba espacio para hacerlas sentir parte de su vida.

Hoy, Pablo es curador del herbario que resguarda buena parte de la colección que ella reunió. De alguna manera, el camino terminó llevándolo a cuidar una parte de aquello a que Puga había dedicado tantos años para construir. Tal vez por eso, cuando habla de ella no la recuerda únicamente como una mentora, sino como su “abuelita académica”, como él la llama, ya que de alguna manera fue la “mamá de los profesores” que lo formaron.

Y esa imagen empieza a explicar algo que aparece también en otros recuerdos: Puga no solamente enseñaba botánica. Se quedaba en la vida de las personas.

Liberato Portillo Martínez la conoció de otra manera: desde el salón de clases. Era 1983 y él cursaba la licenciatura cuando Puga llegó al grupo para impartir botánica; sus clases podían ser divertidas, pero nadie confundía esa simpatía con falta de exigencia: preguntaba familias, géneros y especies. Y había que responder.

Una de sus estrategias para hacerlo era llevar una bolsa de dulces de diferentes sabores. Los estudiantes sacaban uno al azar y, dependiendo de cuál les tocara, venía la pregunta.

—¿Qué familia es la piña?

—Dime el nombre de la especie y el género del tamarindo.

Y la respuesta, había que saberla.

Liberato lo resume de una manera que parece capturar perfectamente aquella época: “Tenías que aprender o aprender”. Puga podía ser severa. Muy severa. Pero si alguno de sus alumnos tenía un problema, preguntaba, escuchaba y aconsejaba. La misma maestra que reprendía a un estudiante por no saber el nombre de una especie, podía preocuparse por lo que le estaba pasando fuera del aula.

Era regañona, pero maternal. Seria cuando tenía que serlo, pero también capaz de llenar una clase de anécdotas, chascarrillos y dulces.

Alfredo Martínez, alumno de la generación de 1979, también la describe como una maestra exigente, pero antes que cualquier otra cosa, recuerda que su clase era imperdible. En aquellos años, llegar o salir del CUCBA podía ser complicado, los horarios y el transporte hacían que quedarse a una clase significara, para algunos estudiantes, organizar todo el día alrededor de ella.

Aun así, faltar no parecía una opción, la clase de Puga tenía algo que hacía que valiera la pena quedarse, eran 60 alumnos en la clase y ninguno faltaba. De ella aprendió nombres, familias y especies; recuerda la pasión con la que hablaba de la naturaleza y la importancia que daba a conocer y conservar la biodiversidad.

Para quienes la conocieron mucho después, cuando ya era una figura casi inseparable de la historia del CUCBA, Puga era algo distinto: una presencia. Diana Aideé Ortega Ríos llegó al plantel en 2002, nunca fue su alumna ni trabajó directamente con ella, pero eso no significaba que no supiera quién era. Era difícil no saberlo.

Un día, Puga le contó que algunas de las magnolias que crecían afuera del edificio B habían sido plantadas por ella. Desde entonces, Diana no volvió a mirar ese jardín de la misma manera, ahora, cuando ve las magnolias, también la ve a ella.

Maria del Pilar Zamora Tavares conoció a Puga cuando ya estaba jubilada; llegó al Instituto de Botánica con interés por las plantas y, casi de inmediato, se encontró con su nombre: estaba en el auditorio y en los espacios del instituto. Puga parecía formar parte del lugar incluso cuando ya no ocupaba formalmente un puesto dentro de él.

Para ella, fue imposible no preguntarse quién era aquella mujer cuyo nombre aparecía una y otra vez. Con el tiempo, la respuesta dejó de estar solamente en los espacios del CUCBA y comenzó a aparecer en las historias de quienes la habían conocido. Pero hay algo de ella que Pilar recuerda especialmente: verla todavía en la sala de montaje del herbario cuando ya tenía más de 90 años. Ahí estaba, montando plantas y trabajando con los ejemplares. 

Porque Puga no llegó a la botánica siendo una mujer joven. Antes había sido maestra normalista y fue hasta los 47 años cuando comenzó a dedicarse a la botánica. Desde entonces, pareciera que decidió recuperar el tiempo que le quedaba haciendo aquello que le apasionaba.

Para Pilar, verla continuar a los 90 y tantos años no era solamente una imagen curiosa, era una lección, una demostración de que la edad no necesariamente marca el momento de detenerse, de que todavía puede haber algo nuevo por aprender y que una vida puede tomar otro rumbo incluso cuando parece que ya está escrita.

Jorge Pérez de la Rosa conoció a Puga desde su primer año, en la clase de Botánica. Dice que para ella las plantas eran su vida. Al terminar el curso, Puga le ofreció trabajo en el herbario, pero Jorge le agradeció y se disculpó, en aquel momento pensó que no podía aceptar ya que él ya trabajaba con su papá.

Pero Puga no parecía saber muy bien qué significaba la palabra “no”: “Cuando ella quería una cosa, eso se hacía”, recuerda Jorge. Así que trabajaba con su papá de cinco a diez de la mañana y después se iba al herbario, antes de comenzar sus clases.

Con el tiempo entendió que aquel ofrecimiento había sido mucho más que un trabajo. Puga le enseñó a querer las plantas, a mirarlas de otra manera. Hoy, Jorge se dedica profesionalmente a ellas y su especialidad son las coníferas: su amor por los pinos, reconoce, tiene una raíz que conduce directamente hasta aquella maestra: “Profesionalmente, a ella le debo todo”.

Pero la relación entre ambos no terminó en el herbario, Jorge tuvo la fortuna de formar parte de la familia de Puga. Su hija fue su esposa y, aunque con los años sus caminos cambiaron, ella continúa siendo una de sus mejores amigas. Quizá por eso, cuando habla de Puga, no habla solamente de la maestra que conoció en primer año, habla de alguien que terminó formando parte de su propia historia, y como una forma de agradecerle todo lo que le enseñó y todo lo que recibió de ella, Jorge dedicó en su honor una especie de pino que él describió: Pinus luzmariae.

Tal vez esa sea una de las formas más profundas de dejar huella: conseguir que alguien más mire el mundo con otros ojos.

Y ella sigue aquí: en las plantas que dejó, en las magnolias que todavía florecen y, sobre todo, en quienes le aprendieron. Porque hay personas que, aunque se van, encuentran la manera de quedarse: en una historia, en una enseñanza, en una pregunta. Mientras alguien la recuerde

Porque Puga sigue aquí. 

Y aquí seguirá, mientras su voz continúe encontrando eco en quienes aprendieron de ella.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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