martes, mayo 19, 2026
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La pasión por la enseñanza del derecho

Durante 37 años en el CUAltos la “maestra Teresita”, además de dar clase, ha buscado ofrecer una formación integral de alumnas y alumnos

Para muchos estudiantes de la licenciatura en Derecho, del CUAltos, descubrir el nombre de la “maestra Teresita” dentro de la carga horaria provoca una reacción inmediata. Basta mencionarla en los pasillos para generar miradas de sorpresa, advertencias disfrazadas de bromas o un simple “suerte”, no precisamente por severidad injustificada, sino por todo lo que implica cursar una de sus clases.

Existen diferentes clases de profesores: por ejemplo, aquellos que sólo imparten una materia, y otros que no nada más la imparten, sino que logran transformar el aula en un espacio de absoluta atención, que convierten la clase en mucho más que una materia. María Teresa Gómez González pertenece a los segundos.

Cuando ella entra al aula, las conversaciones terminan de inmediato. No necesita pedir silencio, su sola presencia basta para transformar el ambiente. Camina hacia el escritorio dispuesta a acomodar con cuidado sus pertenencias, mientras alumnas y alumnos mantienen los ojos fijos en ella en tanto toma lista de asistencia y, sin decir nada, elige a alguien para preguntarle. Se trata de preguntas específicas, exactas, todas sobre temas vistos en clases pasadas, conceptos jurídicos concretos o detalles que obligan a los estudiantes a mantenerse de verdad atentos al curso. El silencio que inunda el salón no es únicamente nerviosismo, es concentración; permea la sensación constante de estar frente a alguien que conoce a profundidad lo que enseña.

Sus clases jamás son improvisadas, cada sesión tiene estructura, preparación y dirección. Mientras una parte de sus presentaciones se enfoca en lo establecido en el Código civil, otra se detiene en la doctrina, en la interpretación jurídica, en aquello que ocurre fuera del papel y que termina enfrentándose a la práctica real del derecho. Más allá de memorizar conceptos, sus alumnos aprenden cómo esos temas atraviesan la vida cotidiana, las relaciones familiares y los conflictos humanos; los obliga a comprenderlo no únicamente desde lo literal y escrito, sino también desde la lógica, la empatía y lo que es justo.

Y a pesar de que el contenido exige una atención absoluta, la manera en la que se expresa la “maestra Teresita” sobre la justicia es lo que en realidad termina marcando a quienes tienen la fortuna de recibir sus clases. No necesita repetir de forma constante o machacona sus convicciones, éstas se hacen presentes en la forma en que explica, argumenta y defiende cada postura dentro del aula. Los estudiantes no sólo aprenden derecho civil por medio de sus palabras y ejemplos, sino que aprenden a sostener una idea, a defender una postura y a no quedarse callados cuando algo debe manifestarse.

De todas las lecciones que imparte, la que más sobresale no está ligada a la materia; pero se queda arraigada en los estudiantes incluso después de que ellos abandonan el aula. Durante un examen oral, una alumna respondió con la frase, “Quería decir…”. La maestra Teresita la interrumpió de inmediato: “No quería. Si quiere decir algo, diga ‘quiero’. Si va a decir algo, dígalo con seguridad, eso es lo que forma a las personas. La seguridad de cómo expresarse”. Lo que parecía una simple corrección de vocabulario terminó convirtiéndose en una enseñanza sobre seguridad, presencia y firmeza al hablar; porque para ella, expresarse con seguridad también forma parte de la formación profesional y personal.

Quienes asisten a sus clases aprenden con rapidez que el conocimiento no es suficiente si no puede sostenerse con carácter. La seguridad al hablar, la claridad al argumentar y la manera de presentarse frente a otros son elementos tan importantes como memorizar cualquier artículo del Código civil. Quizá por eso, sus clases permanecen como un pilar tan importante. No es sólo por la exigencia académica de la materia, es por la certeza de estar frente a una profesora cuya pasión por enseñar logra atravesar cada explicación.

Al terminar la sesión, el ambiente se relaja mientras ella recoge sus cosas y abandona el salón con la misma presencia con la que había entrado. Y aunque la clase termina, las conversaciones sobre los temas vistos suelen continuar fuera del aula, en casa, entre amigos o en cualquier espacio donde el derecho deja de sentirse como teoría para convertirse en algo vivo.

De dónde nace su pasión por el derecho

Para la “maestra Teresita” la docencia nunca fue un plan cuidadosamente trazado, más bien, llegó casi por accidente cuando en 1988 el entonces director de la Preparatoria de Tepatitlán le pidió integrarse a ese plantel como docente. Lo que parecía un asunto temporal terminó en una vocación que, décadas después, sigue sosteniendo con la misma firmeza con la que entra a un salón de clases. “Fui descubriendo que esta labor me permite transformar realidades y aprender constantemente, no sólo de la materia, sino de las personas”, comparte en entrevista.

Hablar con ella deja claro que el derecho nunca ha sido únicamente una profesión; para ella representa una herramienta idónea para construir una convivencia más justa, formar a ciudadanos críticos y desarrollar en ellos la capacidad de defender aquello en lo que se cree y que es correcto.

“La enseñanza del derecho es apasionante porque al ser una disciplina dinámica y versátil te lleva a un aprendizaje constante”, explica. Pero más allá de códigos, doctrinas o artículos, lo que realmente busca transmitir dentro del aula son ideales: “Que nunca se olviden de sus ideales de justicia, que sean solidarios y empáticos”, afirma convencida de que enseñar también implica formar a personas. Y quizá ésa es precisamente la razón por la que tantos estudiantes la recuerdan años después de haber tomado una de sus clases.

Su trayectoria dentro de la Universidad de Guadalajara ha estado marcada por múltiples responsabilidades. Estuvo entre los fundadores del Centro Universitario de los Altos, coordinadora de la carrera de Abogado durante quince años y, posteriormente, jefa del Departamento de ciencias sociales y de la cultura. Formó parte de procesos históricos para el centro universitario, como la primera acreditación nacional y la acreditación internacional de la carrera de Derecho; sin embargo, al hablar de lo que más la ha marcado, no menciona cargos ni reconocimientos. Dice: “Lo que me ha marcado especialmente es la satisfacción de haber formado parte de la vida de tantas generaciones”.

A lo largo de 37 años de docencia, asegura haber visto historias que la transformaron tanto como ella intentó transformar a sus estudiantes. Jóvenes que enfrentaron adversidades, que trabajaban mientras estudiaban, sosteniéndose a sí mismos y permaneciendo de pie dentro del aula. Historias que, según cuenta, le recordaron siempre el valor de la perseverancia.

Aunque muchos alumnos la ven como una figura imponente en el aula, ella todavía recuerda cómo era estar del otro lado del escritorio. Habla con orgullo de su etapa como estudiante en la entonces Facultad de Derecho de la Universidad de Guadalajara, una etapa marcada por desvelos, exámenes orales, jornadas entre clases y despachos jurídicos; pero también por amistades que conserva hasta hoy. “Como todos los estudiantes, creía que esa etapa era muy difícil, pero lo complicado viene después”, comenta.

Para ella, enseñar nunca se ha limitado a transmitir información; considera que detrás de cada clase existe preparación, análisis, investigación, paciencia y vocación; todo eso forma parte de un trabajo silencioso que muchas veces los alumnos no alcanzan a percibir, pero demuestra lo que es el verdadero compromiso con la labor. “La práctica docente va más allá de transmitir información; implica crear condiciones para que los alumnos construyan conocimiento, desarrollen habilidades y se formen integralmente”.

Incluso ahora, después de tantos años frente a grupo, admite que sigue sintiendo nervios antes de entrar al aula. “Cada clase es un reto, porque cada grupo es diferente”. Más allá del derecho civil, de las exposiciones o de la exigencia académica, sus clases siempre buscan formar a personas capaces de defender sus ideas, sostener sus convicciones y enfrentarse al mundo con seguridad. 

Y aunque ella misma duda de merecer la admiración con la que muchos la recuerdan, hay algo que sí tiene claro sobre el legado que espera dejar. “Me gustaría que me recordaran como un ser humano, con defectos y virtudes, apasionada por el derecho… pero, sobre todo, que tengan presente que siempre mi intención fue formar a buenos seres humanos”.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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