Conservadurismo universitario

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El conservadurismo es una actitud y un sentimiento favorable a las estructuras existentes y a la tradición, contraria a cualesquier intento de modificarlas. Es decir, refleja una resistencia al cambio y un posicionamiento a favor del status quo.
En el ámbito universitario, el conservadurismo se manifiesta en forma de crítica u oposición a la participación de los universitarios en las movilizaciones sociales, a la vinculación institucional con las luchas y causas ciudadanas y, sobre todo, a la oposición a que los académicos, estudiantes o directivos participen en la esfera político-electoral.
Si tradicionalmente la universidad se ha dedicado a la docencia, la investigación y la extensión, las voces conservadoras claman que esas son las únicas funciones que debe cumplir la institución. ¿Por qué entonces preocuparse en formar ciudadanos o, incluso, líderes en el ámbito social o político? ¿Por qué la universidad debe formar hombres y mujeres que se involucren en las luchas y problemas sociales? ¿Por qué la universidad debe participar en política? ¿Por qué debe salir a las calles a luchar por más presupuesto? Su idea es, en esencia, formar profesionistas o tecnócratas que se incorporen al mercado laboral acríticamente y se preocupen sólo por su supervivencia económica.
De hecho, hoy son varias las voces conservadoras que señalan que la Universidad de Guadalajara es sólo un campo para la enseñanza y la investigación científica, por lo que sus miembros o directivos no deben participar en asuntos de carácter social o de interés político-electoral. Con esta posición, contradicen los ideales de sus fundadores, como Enrique Díaz de León, quien, como su primer rector, recalcó el compromiso de la institución con los que menos tienen y su vocación de servicio hacia las mejores causas de la sociedad; o de Guadalupe Zuno, quien creía que un verdadero universitario debería salir de las aulas y participar en los asuntos de carácter público, como él lo hizo al haber sido diputado, presidente municipal de Guadalajara y gobernador del estado de Jalisco.
Estos posicionamientos contradicen también el espíritu de universidad que impulsó Javier Barros Sierra en la UNAM, en la década de los sesentas y Justo Sierra en los prolegómenos de la revolución. Al respecto, este ilustre pensador consideraba a la ciencia como factor de bienestar del pueblo y proclamaba la necesaria formación política de todos los mexicanos a partir de sus instituciones educativas.
Contrario al conservadurismo, existen, por fortuna, voces en la academia que consideramos que la universidad debe ser el espacio idóneo no sólo para la formación de profesionales, sino para el debate y las discusión de las ideas, donde se forme y acrisole el carácter de los futuros líderes de nuestra sociedad.
Ante un pueblo con un alto nivel de analfabetismo político, la universidad debe ser el espacio de formación política, donde se discutan y analicen las diversas ideologías, se construya ciudadanía, se respete la pluralidad y formen los cuadros directivos que requiere el desarrollo del país.
Una universidad moderna, tolerante a la diversidad, emprendedora y creativa, que fomente la participación de los universitarios en los asuntos públicos; una universidad sensible a los problemas sociales, vinculada a las mejores causas del pueblo de México, donde se fomenten y practiquen los valores democráticos y construya una cultura de responsabilidad cívica entre sus miembros. En fin, una universidad progresista y humanista, que ejerza el papel de liderazgo que le corresponde en la nueva sociedad del conocimiento.

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