1.

Un apacible viento baja del Nevado y refresca de lleno al valle de Zapotlán. La inmensa mole indica que el cambio climático sí existe. Antes, con las primeras lluvias, el picacho se llenaba de nieve desde finales de junio hasta los últimos días de febrero de año siguiente. En estos tiempos, la nieve está presente apenas unos días de cada uno de esos meses; si bien le va al paisaje.

Un día, allá por el año ochenta de siglo pasado, había un cielo traslúcido en la cima del Nevado. Alguien dijo: “Aquel azul es el mar”. Décadas después, 2017 quizá, un historiador de Colima compartió unas fotos donde un barco va pasando por el mar de Tecomán; al fondo, coqueto, se asoma el Nevado.

Cuentan que la altura prehistórica original del Nevado de Colima (Zapotépetl) es la obtenida de la prolongación de sus dos laderas. Después del colapso (sabrá Dios cuándo sería eso), se formó la altura actual que oscila entre 4,260 y 4,280 (m.s.n.m).

2.

Foto: Secretaría Cultura Jalisco

Al llegar a Ciudad Guzmán se recuerda el canto: “…cuna de grandes artistas, mi linda Ciudad Guzmán…”. Y sí. En estas tierras nacieron Clemente Orozco, Juan José Arreola, Consuelito Velázquez, Rubén Fuentes, Aurelio Fuentes, Guadalupe Marín y Guillermo Jiménez, por sólo citar a los artistas. Otra inmensa lista de científicos, historiadores, filántropos, coronan el señorío de la ciudad.

3.

En gastronomía son famosas las tostadas. De tortilla grande y raspada, se sirven con lomo, pata, lengua, cuerito u oreja. O combinadas. Dicen que el secreto está en la salsa y el chile. Cuando una persona tiene cara ancha le dicen: “Pareces tostada de Ciudad Guzmán”. Otra galanura de sabor son las palanquetas de La Güera. Es un dulce hecho a base de leche y nuez. De añoranza es el ponche de granada hecho por las Cibrián, las hijas de don Esteban. Suave al paladar, el sabor del mezcal combinado a la perfección con el jugo de la fruta. Se sirve en un vaso escarchado con nuez donde fulgura el rojo intenso del ponche de Zapotlán.

4.

Ciudad Guzmán tiene una joya poco valorada. Es una hornacina barroca de los tiempos la Colonia. Se ubica en la esquina de las calles Barragán de Toscano y Federico del Toro. Dos semáforos la ocultan y eso la ha protegido. La escultura titular es San Francisco de Asís. Llegan los autos, miran los semáforos y siguen su camino; lo mismo las personas. El santo sigue ahí, incólume. Es una escultura y es un sello que recuerda a fray Juan de Padilla, el evangelizador de Zapotlán cuando en aquellos tiempos era, a lo más, unas rancherías dispersas. Tres, según algunas crónicas.

5.

Rafael López Castro llegó a Ciudad Guzmán para retratar el busto del Benemérito de las Américas. Estaba haciendo su libro La huella de Juárez (2006). Entre sus apuntes traía la lectura de La feria de Arreola: “—La estatua de Benito Juárez le da la espalda a la parroquia desde el parque” (pág. 25). Subió al kiosco y ahí estuvo en espera en tanto los juegos infantiles giraban en su alegría. “Tomé la foto hasta que le llegó la caricia a Juárez”, dijo en tono solemne.

Para las fiestas de Zapotlán, en el 2006, López Castro diseñó el cartel utilizando las viñetas de Vicente Rojo que ilustran la primera edición de La feria de Arreola. Ambos trabajos son una festividad.

6.

El protector de la ciudad es Señor San José. Se le venera en la catedral, un templo con tres naves. En la primera lateral está San José con el Santo Niño en brazos. En la otra, la Virgen María. En la nave central se ubica el altar mayor. “A Zapotlán lo atacan seguido los temblores” era el decir de la gente de antes. Ahora expresan: “Ciudad Guzmán es sísmico”. Pero en todas las épocas, por leve que sea el movimiento, la ciudad mira al Patriarca. Antes del temblor del 85 todos vivían a su alrededor, como pollitos bajo su manto. Pasado ese acontecimiento telúrico, se fueron creando colonias por doquier.

7.

Se dice que hay “mano negra” cuando existe un compló (Amlo dixit). En Ciudad Guzmán hay un negocio ubicado entre las calles de Victoria y Morelos donde se vende un alimento, de seguro siniestro: “Tortilla de mano negra”. Tal vez para invitar a comer al enemigo.

8.

A finales de los años setenta del siglo pasado, un miembro de nuestro grupo, todos adolescentes, necesitó la circuncisión. El médico recomendó el hospital San Vicente de Ciudad Guzmán. “Muy limpio y es atendido por excelentes enfermeras”. El más alegre del grupo comentó odiseas de las susodichas. “Mi primo estuvo feliz en un hospital de Guadalajara”, remató. Llegado el día, fuimos a visitarlo. Estábamos en plena plática, cuando unos pasos serenos nos llenaron de decepciones.

9.

Calle Federico del Toro de Ciudad Guzmán. Allá se destacan los toldos tintos del Hotel Zapotlán. En una primavera de 1941, recuerda Juan José Arreola: “Estábamos en la terraza… (…) La que da sobre el jardín. Y los tabachines florecidos se incendiaban bajo el sol. El grupo de amigos no podía estar más contento al ofrecer tal espectáculo de belleza pueblerina. La campana mayor de la Parroquia se puso a dar las doce lentas, profundas vibraciones del mediodía. Y Pablo Neruda se quedó ensimismado oyéndose a sí mismo: «Ciudad Guzmán, sobre su cabellera/ de roja flor y forestal cultura,/ tiene un tañido de campana oscura,/ de campana segura y verdadera…» ”.

10.

Desde la cima del cerro de Las Peñas se contempla el valle de Zapotlán. Toda la hermosura cubierta por un cielo azul mariano. Al fondo el Nevado de Colima, y atrás de él, el Volcán de Fuego con sus breves fumarolas. Abajo, entre el verdor, una laguna y, a un lado, la ciudad.

Desde la terraza de su casa en La Barranquita, Arreola contemplaba el valle. Afirmaba: “A la derecha del Nevado, atrás de aquellos cerros, está La Media Luna”. Luego hacía la sugerencia: “La ciudad debería recuperar su antiguo nombre, Zapotlán. A mí me gustaría que fuera Zapotlán de Orozco, para seguir siendo El Grande”.

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