Que dice que no lo es

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En turco, Deniz significa “mar”. Gerardo Deniz (Madrid, España, 1934) adoptó este apellido quizá porque, visionario, iba a citarlo innumerables veces en sus poemas (su nombre real es Juan Almela). No obstante, hoy ciego y alejado de la vida pública, se sabe que nunca aprendió a nadar: las aguas tan sólo lo cercaron en las palabras, no en las teorías ni en esas nociones de literaturidad de las que siempre renegó (véase Mansalva, 1987), y porque a estas alturas ni poeta se considera. Es un hombre de letras atípico: químico de profesión, hijo de un exiliado español avecindado en México —que contaba con 52 años cuando nació Gerardo—, ha publicado en un lapso de cuatro décadas cuadernos de una poesía que los más avezados llaman “inclasificable”, adjetivo por demás canónico y menor.

Alojado en esa esfera nebulosa de los escritores “raros” que esporádicamente aparecen en el panorama literario, Deniz ha sabido no dejar, como se dice por lo común, “títere con cabeza”: de su primer libro, Adrede (1970), Octavio Paz hizo una reseña en la que resaltaba que en esos primeros poemas hay “un gesto de soledad frente a la ya entonces visible tendencia a confundir la literatura (y hasta cierta poesía) con el negocio editorial” (citado por Christopher Domínguez Michael en su Diccionario crítico de la literatura mexicana). De esa combinación de diversas materias en su poesía: ciencia, filología, historia, música, parodia, lenguas, se produce en el lector un abanico de sensaciones, sentimientos e ideas que podría hablarse entonces que la escritura, en Deniz, es deleite, un “acto gozoso”. Será que no hay otra manera de imaginar su obra.

“Esa afición no era ningún pasatiempo, sino un interés apasionado. Un proyecto, jamás”, respondería Deniz, en una entrevista, a la pregunta de si su escribir poemas desde joven se trataba de un pasatiempo, de una obsesión o formaba parte de un proyecto. Ahí está el talante de su trabajo de poeta, de su poesía, de su personaje de poeta. Aurelio Asiain, en la presentación de Amor y oxidente (…), escribe: “Muchos de sus poemas son versiones de una temporada en el infierno (que no recuerdan a Rimbaud sino a Quevedo, lo mismo por la habilidad verbal que por el peculiar temperamento): la presunción vana de los poetas, la estupidez erudita, los delirios del pensamiento doctrinario, la mala fe de las buenas conciencias, el desamor […] Basta la mera enunciación de esos infiernos para mostrar que los laberintos de este poeta son los de todos nosotros…”

Bien sabemos que la poesía no es una actividad de grandes masas, y si además aparece y permanece en el imaginario un poeta que se empeña en desacralizar la actividad poética al punto de que nada es “intocable” para él, estamos ante un hombre al que la literatura le tiene sin cuidado, pero en un sentido en el que, como al lenguaje y el ejercicio literario, le da vuelta, los ve de revés (coinciden Adriana Díaz Enciso y José María Espinasa); como a la vida misma, que no entendía lejos de los accidentes científicos y de los pormenores históricos.

Como apunte sumario queden aquí estas palabras que Díaz Enciso escribió sobre la poesía de Deniz: “…son tan superficiales los juicios de quienes califican a Deniz como un poeta poco serio.

Juicios nacidos de una lectura fácil que pasa por alto la multiplicidad de sentidos de esta poesía, que al recrearse en la ambivalencia de las palabras y, por tanto, en la riqueza de sus significados, rebasa el lenguaje para convertirse en esa otra realidad que es la obra literaria. Esos juicios, entonces, al negar el juego, niegan la literatura” (Vuelta, febrero de 1993).

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