La sangre une

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Los donadores están recargados afuera del Banco de sangre, sobre la pared. De vez en cuando el policía vestido de blanco y negro exige a los de la fila: “Péguense a la pared, péguense a la pared”. Y a la tercera llamada: “Miren que aquí pasan rápido con las camillas. Hay que dejar que circulen”.
Y sí, como un trance monótono, cada tantos minutos pasan muertos vivientes encima de los camastros rodantes. Un camillero empuja por detrás y en la delantera otro sostiene el suero intravenoso encima del cuerpo enflaquecido de algún doliente. A la velocidad que pasan, alcanzan a remover el aire denso del pasillo, empujándolo hacia los de la fila.
Casi la mitad de los formados están por perder medio litro de sangre. Unos pasarán la prueba, otros no. Quizá a algunos les descubran algún tipo de virus infeccioso o simplemente no reúnan la cantidad suficiente de hemoglobina para donar el líquido rojo de la vida.
Todos están ahí por alguien. La mayoría por un familiar. En los pisos de la Torre de especialidades o incluso en otros nosocomios, hay muchos pacientes encamados que necesitan la sangre de sus familiares para prolongar los latidos del corazón.
“Estoy aquí por mi abuelita”, dice una mujer de entre 35 y 40 años. “Es increíble, nos piden ocho donadores de sangre y nomás han aceptado cuatro, de 10 familiares que han venido. ¿Tú crees? ¡Estamos hartos! No van a operar a mi abuelita hasta que juntemos los ocho donadores. Solo espero que me acepten a mí”, explica casi a gritos.
“A mí ya no me aceptaron”, contesta una mujer delgada desde el otro lado del pasillo. Se planta junto a la primera con sus largas y arqueadas cejas delgadísimas, color violeta. “No quisieron mi sangre porque tengo baja la hemoglobina. Me salió 12 y el estándar es 14”.
Otra mujer, formada más adelante en la fila, arremete en la conversación. “Es que las mujeres por naturaleza no tenemos el 14 de hemoglobina. ¡Oye, perdemos sangre cada 28 días! ¿Cuándo vamos a reunir los 14? Son muy exigentes”.
La fila comienza a dispersarse, para formar un círculo en torno a los quejosos. “Péguense a la pared, por favor”.
El tumulto afuera del Banco de sangre tiene el pulso arriba y no muestra intenciones de arrepegarse a la pared ni bajar el tono de voz.
“¡Y luego las galletas!”, refunfuña un hombre como de 30 años, con un bigote delgado por encima de los labios. “Deberían de darte una sopa, algo que te nutra”. El señor se refiere al bocadillo que entregan a los donadores después de la transfusión.
“Te dan un sangí¼is y un Fruti queko, ¡un Fruti queko!”, dice exaltado y los del resto de la fila levantan sus risillas mientras arrastran los pies hacia delante, avanzando pequeños espacios.
No todos donarán su sangre. Casi la mitad regresará con el cuerpo completo a casa o con el familiar hospitalizado. Son las reglas para cumplir con las normas internacionales de calidad.
“A mí no me importa”, discute la primera mujer. “Yo necesito que me aprueben para que operen ya a mi abuelita”.
“Péguense a la pared, por favor”, repite el guardián del orden.

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