El lector-corrector

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    El lenguaje escrito se hizo necesario, desde la antigí¼edad, para evitar la pérdida de información valiosa para las civilizaciones; el hombre comenzó a darse cuenta que la memoria humana y la difusión de información, vía oral, no era suficiente para retener y conservar su pensamiento. Un ejemplo de esto es cómo el derecho consuetudinario, de costumbre, es sustituido por el derecho escrito o positivo. Junto con el incipiente uso de la escritura, venía la necesidad de la inteligibilidad, el saber redactar. Careciendo de esta cualidad en un escrito o texto, su lector funge, además, el papel de corrector; pasa a ser un receptor que corrige al emisor, o, quizá, un lector más cauteloso que el escritor. Por supuesto, la cautela se necesita contenida en las dos partes, pero en el último es más importante, en cuanto hace más viable la comprensión de la idea. Los gazapos, errores ortográficos, gramaticales y de forma, se deben evitar para este fin. Sin embargo, los encontramos cotidianamente en nuestros escritos y en ajenos también. Encontramos en los periódicos —principales fuentes informadoras—, en cada sección de éstos, la falta o sobra de una coma, una tilde, unos puntos diéresis, etcétera. Y debido a esto, se cae en el peor error de un periodista: tergiversar los hechos o cosas.
    Si el mensaje es claro, inteligible, el lector no cuestionará el entendimiento ni el dominio sobre el tema que expone el redactor. Este último es quien debe preguntarse, ¿fui lo bastante claro?

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