La curiosidad (el mitote) de Samuel Gómez Luna ha guiado su relación con la historia de su familia, particularmente con la figura de su bisabuelo, Alfredo R. Placencia, poeta y sacerdote nacido en Jalostotitlán, Jalisco, en 1875 y fallecido en Guadalajara, en 1930. Aunque nunca pudo conocerlo, su presencia estuvo ligada a una historia familiar que durante mucho tiempo se contó en voz baja.
Maestro en Gestión y desarrollo cultural por la Universidad de Guadalajara y cronista de Guadalajara, Gómez Luna ha dedicado su vida a conversar, leer, investigar y caminar la ciudad. También conduce distintos espacios de radio y televisión; es expresidente de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, secretario de la Cátedra Latinoamericana Valentín Gómez Farías y vicepresidente del Seminario de Cultura Mexicana, capítulo Guadalajara. Sin embargo, al hablar de sí mismo, prefiere una definición menos solemne: “Soy un hombre que, pudiendo ser sabio, preferí ser mitotero”.
En la familia, recuerda, hablar de Alfredo R. Placencia podía convertirse en una conversación incómoda. Su condición de sacerdote y el hecho de haber tenido un hijo provocaban silencios alrededor de su figura. Sin embargo, conforme creció, Samuel comenzó a buscar respuestas sobre aquel hombre cuya historia, o al menos una parte de ella, parecía contada a medias.
En esa búsqueda, su abuelo se convirtió en una figura fundamental. A través de sus conversaciones y confidencias, Samuel pudo conocer una versión íntima del poeta, contada desde la experiencia familiar. Fue así como comenzó a descubrir no sólo al escritor reconocido por su obra, sino al papá de su abuelo, que había enfrentado las convenciones de su época y asumido las consecuencias de sus decisiones.
“Me llena de orgullo y satisfacción saber que fue un hombre valiente, un hombre inteligente, un hombre culto, pero, sobre todo, un poeta que supo que el destino también podía tomarlo entre las manos”, expresa.
De su bisabuelo reconoce algunas enseñanzas que siguen presentes en su propia manera de entender la vida. La primera es la introspección, esa disposición a detenerse y pensar en el destino, la providencia y la divinidad. La segunda es el orgullo de pertenecer a una historia familiar que, con sus complejidades, también habla de valentía.

Pues para Gómez Luna, Alfredo R. Placencia fue un hombre íntegro, justo y bueno que prefirió enfrentar su realidad antes que vivir en la hipocresía. Es decir, fue el padre de su hijo y tuvo la capacidad de asumir quién era y actuar en consecuencia, uno de los rasgos que más admira de él.
Investigar la vida y la obra de Placencia ha significado para Samuel pasar de ser el heredero de una historia a convertirse en uno de sus principales divulgadores. Él mismo se define como “el evangelista del bisabuelo”, una expresión que refleja su empeño por compartir con otras personas la obra y las circunstancias de aquel poeta.
Las conversaciones con su abuelo le dieron acceso a recuerdos y secretos familiares, pero la investigación también lo llevó a reconocer la dimensión literaria de Placencia, a quien incluso se le ha llamado el “San Juan de la Cruz mexicano”, debido a la cercanía de su poesía con la del doctor de la Iglesia renacentista. Su obra ha sido reconocida y estudiada por escritores y críticos como Gabriel Zaid, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, así como por figuras de las letras de Jalisco, entre ellas Sara Velasco, Yolanda Zamora, Hugo Gutiérrez Vega y Ernesto Flores.
Aun con ese reconocimiento, Samuel sabe que acercarse a la obra de un familiar implica un desafío: desligar el afecto de la mirada histórica. “A veces es complicado tratar de separar el cariño con el hecho histórico, porque no dejo de hablar de una parte de mi sangre. Pero también me doy cuenta de que a las personas tenemos que estudiarlas y aceptarlas como un ente completo, con sus virtudes y sus vicios. Algo que me llama mucho la atención, y me llena de orgullo, fue la manera en que Placencia tuvo que sortear su destino”, señala.
Según relata Gómez Luna, el poeta no tenía vocación sacerdotal, pero su familia lo encaminó hacia esa vida. Y antes de que muriera el padre del poeta, Placencia le prometió en su lecho de muerte que se convertiría en sacerdote. Destino que le encargaron y promesa que cumplió.
La herencia que Gómez Luna reconoce en Alfredo R. Placencia no se limita a un personaje que trascendió a través del tiempo por medio de la literatura. Recuperar su historia ha sido una manera de comprender sus raíces. Quizá por eso, entre sus múltiples actividades académicas y culturales, mantiene aquella definición que lo acompaña. Pudo haber elegido la solemnidad de la sabiduría, pero prefirió el movimiento de la conversación, el intercambio de ideas y la posibilidad de encontrarse con otras personas. Prefirió ser mitotero. Y quizá esa sea la verdadera sabiduría.
La historia de Gómez Luna y de su bisabuelo también pueden conocerse a través de la exposición del fotógrafo Mariano Aparicio, Herederos, montada en la galería al aire libre del Centro Universitario de Tlaquepaque. Y que estará itinerando por distintos puntos de la red universitaria. Además de Alfredo R. Placencia, en Herederos se podrá conocer la historia de los descendientes de varios personajes ilustres que ayudaron a forjar la personalidad de nuestro estado.









