Realidad. Una palabra que es, hace mucho, un cadáver.
Juan Mattio

Cada vez, según parece, expresar una contundente afirmación puede ser un riesgo comunicativo. Afirmar, por ejemplo, que poco se lee o que poco se comprende lo que se lee, hace referencia a una situación creada por la afirmación misma, la cual suele ser sostenida, o bien por percepciones o bien por encuestas cuyas gráficas porcentuales sólo son un dato que se acomoda bien a lo que se quiere comunicar con dicha afirmación.

Leer poco o leer mucho; leer sin comprender completamente o leer creyendo que se comprende un poco, en absoluto lleva a pensar en un hecho comunicativo aceptable. Comunicar y comprender son una ficción que se sostiene por superstición o por arraigada creencia. Afirmar lo contrario, no necesariamente alcanza el valor de verdad ni de inequívoca realidad. 

En los textos narrativos –novelas, cuentos e “híbridos literarios”– la lectura no siempre ocurre por las vías de la comprensión. Puede que se trate de textos que exigen más de la incomprensión que del entendimiento seguro. Existen textos que en el transcurso de la lectura conllevan la idea de experimentar el sentido del sinsentido o de vivir el desconocimiento como efecto del desconcierto. En no pocas ocasiones aparecen libros cuyos textos, cuando se los comprende, dejan de ser interesantes o hacen que uno los encuentre ya sin el aura necesaria para volverlos a leer más de dos veces.

En La nación de los sueños diurnos (Caja Negra, 2026), de Juan Mattio, la realidad del lenguaje, o sea, la realidad que está hecha con historias y culturas diversas, y el lenguaje de la realidad son espacios multidimensionales percibidos mediante atisbos o por acercamientos inconscientes, donde no hay más lenguaje que el de la percepción y la sensación de estar en el mundo de las no palabras; en resumen, la realidad del lenguaje y el lenguaje de la realidad que están presentes en el texto de Juan Mattio son espacios para ser habitados por el lector, quien, de entrada, ha de asegurarse de que la realidad en que se moverán sus ojos es la de las palabras-cadáver, o si se prefiere, palabras que no se corresponden al sentido de la vida comunicativa ni de la comprensión definitoria.

Estoy hundida en el lenguaje torpe, aséptico –escuchamos decir a una de las tantas voces que se expresan en la nación de Juan Mattio–, tal vez demasiado estable, en el que la academia me entrenó durante los últimos quince años. Un lenguaje que se sostiene en la fantasía de que las palabras, sin más, comunican.

El desconcierto que puede provocar lo que dicen las voces en el libro de Juan Mattio es una situación que deviene misteriosa fantasía en que son alimentadas semánticamente algunas palabras. 

En La nación de los sueños diurnos, “la naturaleza había enloquecido, según el relato que le había dado la vieja, un delirio de copias sin control”. O también, como en los marbetes que se les da a algunas pinturas de caballete, en tal nación se podía indicar la existencia de una clase de naturaleza muerta:

Naturaleza muerta (II). Los primeros árboles aberrados tardarían veinte años en aparecer y, para entonces, la guerra estaría en su etapa final. El ciclo de lluvias generaría ríos de irrealidad que, al deambular por las viejas napas, abriéndose camino en el subsuelo del monte, terminaría por desplegar una vegetación híbrida […] entonces la naturaleza se había vuelto más sensible a las distorsiones psíquicas y a eso que James Turner llamó matemática extraña.

El título del libro es clave, si no para experimentar todo lo que ocurre en la totalidad de los textos que integran el volumen, sí para encontrarse en el fondo de los flujos que se desprenden de las palabras “nación” / “sueños diurnos”. Nación hace pensar en lo que nace, y como todo lo que nace muere, en el texto los hechos de la narración nacen, se desarrollan y mueren, a veces, en el espacio de un párrafo, y otras, en la relación de varios capítulos. En relación con “sueños diurnos”, más que sentir que nos encontramos dentro de un fenómeno mental acontecido o que está aconteciendo dentro de la luz del día en que se halla el soñante, se trata, antes bien, de encontrarnos con esa sensación que dan las palabras, cuando éstas logran convertirse en organismos vivos dentro de la mente, los cuales, no necesariamente ocurren bajo la luz del día.

Más tarde, cuando llegue el insomnio, voy a mantener discusiones mentales, voy a decir, a afirmar, a construir argumentos indestructibles, y con ese movimiento el sueño se irá alejando, como una orilla que me está vedada en este naufragio que es nuestra relación.

Es así como el sueño diurno bien puede estar dentro del espacio del insomnio, donde, quien lo padece, hace juegos dialógicos en la mente, para alejarse de los otros sueños –los nocturnos–, al grado que con estos juegos alcanza a sufrir las consecuencias de un naufragio, efecto cercano a la “muerte” de una cierta relación, que hubo entre el insomne soñante y la otra figura, la ausente respecto de la situación expresada.

Hay otras realidades que se ofrecen en el texto de Juan Mattio, de las cuales presento dos ejemplos: 

Se encontraron evidencias de que un demonio digital controla el pueblo donde comenzó la epidemia de cáncer […] 

y:

Death internet theory. Empezó suave en los 2010 pero a la fecha el 60% del tráfico de internet son bots. Entidades automáticas. Ya es tal la cantidad que resultan incontrolables. Ese tráfico es lo que usan las empresas para determinar qué nos venden y qué no, y el tipo de información que nos muestran.

Cuando se afirma que “pocos leen” y que “pocos comprenden eso que leen”, más que aceptar tal afirmación como una verdad, habrá que entenderla como una advertencia. Con tal afirmación se advierte de cómo la lectura se está volviendo una práctica socialmente extraña y que, con el tiempo, podría llegar a desaparecer; al igual que como han venido desapareciendo otra clase de prácticas, por ejemplo: escribir largos textos a mano, hacer operaciones aritméticas sin acudir a calculadoras, buscar información sin mediaciones electrónicas ni digitales…

Expreso esto último para señalar, además, que algunos textos narrativos, actualmente, están muy cerca –de manera asociativa y por similitudes– de los textos de la “caosmosis” que caracteriza a este mundo de realidades mediatizadas con lenguajes propios de tecnologías cibernéticas. En consecuencia, es probable que las futuras publicaciones “literarias” exigirán lecturas en absoluto parecidas a las de la comunicación y de la comprensión que en otros tiempos fueron muy necesarias; serán lecturas que tendrán que ser practicadas en clave “realidad posthumana”, en la cual estarán presentes gran cantidad de olvidos y de recuerdos provenientes de referentes confusos o que llevarán a la inevitable confusión de lo que se experimentará con esas lecturas; de manera que será necesario encontrarse dentro de una hiperrealidad alimentada con descomunales ítems de información multidisciplinar, donde las “historias” serán diversas y simultáneas, y donde la única memoria válida para experimentarlas será la que posibiliten las energías de una mente cuántica. Y entonces, cuando esto ocurra, ahora sí: la realidad será el cadáver de una palabra que –durante muchos años– parecía contener la totalidad de todo lo existente y de todo lo que se encontraba oculto en el mundo.

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