¿Y quién salva a los médicos?

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Karla Flores es una veterana de guerra. Pero esta mujer sinaloense de 32 años no es un elemento de las fuerzas armadas, sino una vendedora ambulante de mariscos, que sin la ayuda heroica de un grupo de médicos se habría sumado a las 356 “víctimas o daños colaterales de enfrentamientos y agresiones” que reconoce el gobierno en cuatro años de lucha al narcotráfico.
Su increíble historia, además de mostrar la vulnerabilidad de la población civil ante la violencia que se despliega en calles y barrios de las ciudades mexicanas, es el ejemplo más evidente de cómo la inseguridad ha cambiado las prácticas cotidianas de los médicos, convirtiéndolas en una auténtica medicina de guerra. Con los riesgos que esto implica para su profesión y, sobre todo, para su persona.

Víctima inocente
En el caluroso mediodía del 6 de agosto, Karla caminaba por una calle de Culiacán, Sinaloa, en dirección a la Procuraduría de Justicia. Como todos los días, afuera de esta dependencia se instalaría a vender mariscos. De repente escuchó una explosión, volteó y recibió un impacto en la cara. Se desmayó.
A la una de la tarde la mujer ingresó a urgencias del Hospital General de Culiacán, con una herida en el lado derecho de la cara. Con las radiografías que le aplicaron se detectó que tenía un cuerpo metálico extraño incrustado arriba de la garganta, que le fracturó el maxilar y la mandíbula. “En la tomografía se veía claramente que el objeto era un cilindro con dimensiones de 8×6 centímetros”, explica Luis Soto, jefe de cirugía del nosocomio.
Los peritos del Ministerio Público que acudieron después de una hora, dijeron que pudiera tratarse de un artefacto explosivo, por lo que de inmediato avisaron a la Secretaría de la Defensa Nacional, que envió un especialista. Un comando antibomba instauró un cerco de seguridad alrededor del nosocomio.
El experto en explosivos estableció que se trataba de una ojiva disparada con un lanzagranadas, que podía estallar en cualquier momento matando a quienes se encontraran en un radio de 10 metros. Entonces fue aislada la paciente en un área del quirófano, donde su hermana, que es enfermera, la atendió sacándole la sangre y la saliva que habrían podido sofocarla.
Los militares pidieron buscar a un médico valiente para realizar la operación, ya que se descartó la posibilidad de trasladar a la paciente al hospital militar de Mazatlán, porque el viaje de 220 kilómetros implicaba el riesgo de que la granada explotara.
La situación se resolvió a las 11 de la noche: “De repente Karla escribió en un papelito que se estaba ahogando. Entonces en automático, sin dudarlo un instante, el personal médico que estaba de guardia decidió entrar a quirófano, porque su vida ya estaba seriamente en riesgo”, afirma Soto.

El acto heroico
A las 12 de la noche la cirujana Norma Soto, el doctor José Betancourt, el enfermero Rodrigo Arredondo, los anestesiólogos Felipe Ortiz y Cristina Soto, hablaron con sus familiares para manifestarles su afecto y despedirse antes de iniciar la riesgosa intervención.
En el quirófano entraron también dos militares. Los médicos rechazaron los chalecos antibomba, porque estorbarían la operación. “Cuando estaban extrayendo el artefacto, el experto en explosivos les dijo que no podían ladearlo, levantarlo o golpearlo, porque estallaría. Imagínense la tensión que había en el quirófano durante la media hora en que duró la intervención”, explica el cirujano.
Karla sobrevivió, pero ahora tiene que realizar por lo menos tres reconstrucciones faciales para aliviar las heridas que la desfiguraron. Además perdió el trabajo. El más pequeño de sus tres hijos, cuando fue a verla al hospital, le dijo: “Coco, mamá”. “Coco para mi niño de tres años quiere decir monstruo”, explicó a los doctores. Al día siguiente de la operación Karla pidió una pluma y una hoja para agradecer al equipo de médicos por su acto heroico.

Médicos de guerra
El equipo de médicos que salvó a la mujer sinaloense no estaba obligado a operar: “Yo hablé con ellos antes de que entraran a quirófano”, explica Soto, quien fue también presidente del Colegio de Cirujanos de Sinaloa. “Muchos se rehusaron. Los doctores tienen el derecho de operar en condiciones de máxima seguridad”.
Sin embargo –agrega–, “cuando ves que la paciente está en riesgo de fallecer, se te olvida de momento el peligro e inclusive tu incolumidad. Pues como médico no puedes verla morir así. Finalmente hicieron algo para lo que estudiaron, que es salvar vidas”.
Desde que comenzó la lucha contra el narcotráfico los médicos han sido expuestos cada día más a situaciones de riesgo: “Estamos viviendo una medicina diferente, una medicina de guerra, que no veías antes en una ciudad: heridos por armas de grueso calibre, como AK47, ‘matapolicías’ e inclusive granadas, que ahora son la cotidianeidad”.
También en nuestro estado esta situación ha ido en aumento. Como explica el doctor Sergio Quintero Hernández, presidente de la Asociación Médica de Jalisco: “La inseguridad ha traído un cambio muy importante en el medio médico: en primer lugar ahora se tiene mucha más atención a pacientes lesionados por armas de fuego. En los servicios de urgencias es raro el día que no tienen heridos de este tipo. Se reportan 15 pacientes por semana”.
“Esto modifica también la preparación de los médicos”, continúa el también secretario técnico de rectoría del Centro Universitario de Ciencias de la Salud, “porque uno tiene que estar actualizado y preparado para atender estos casos, además de la gran carga de trabajo que debe enfrentar”.
En el Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde, antes de 2007 atendían a un promedio de 300 heridos en abdomen por armas, el 80 por ciento de los cuales era por armas punzocortantes, explica el jefe de Servicios de Medicina Legal de este nosocomio, doctor Luis Bravo.
En cambio, en 2010, de un total de 532 pacientes, el 80 por ciento fue atendido por heridas de arma de fuego, y en lo que va del año son ya más de 500, por lo que estima rebasarán esa cifra. “El 70 por ciento de estos casos es por armas de grueso calibre. Antes teníamos el promedio de un herido de este tipo al día, ahora son dos diarios”.
Agrega que “la mayoría de los pacientes tiene que ver con el negocio del narcotráfico. Han aumentado las agresiones, la potencia y efectividad de las armas. Son armas de guerra”.
Explica que cuando llegan este tipo de personas, “hay miedo por parte del personal, pero delincuentes o no, nuestro trabajo es salvarles la vida. Por otra parte el hospital se llena de inmediato de policías federales y estatales que se encargan de la seguridad. Dependiendo de la peligrosidad del individuo, llegan hasta 40 o 50 elementos. Incluso en algunos casos con francotiradores”.
Frente a ello –añade– “hay sentimientos encontrados. Si uno ve muchos policías, le da miedo por dos cosas: uno es que si es un reo tan peligroso, quién asegura que no vaya gente a rescatarlo o a rematarlo; la otra es que no deja de impresionar que lleguen elementos de seguridad con armas muy gruesas y que estén a un lado tuyo. No se sabe nunca qué tan nerviosos estén y cómo puedan reaccionar”.
El último caso de este tipo en Jalisco fue en agosto pasado, cuando un comando armado remató en una ambulancia al jefe de la policía de Ixtlahuacán del Río, Jesús Humildad Galaviz, mientras era trasladado a un hospital de Guadalajara.

Amenazas y extorsiones
Además de los riesgos implícitos a la labor médica, los galenos denuncian que han aumentado notablemente las amenazas y las extorsiones a su gremio. “He sabido de varios compañeros míos que han tenido mucha presión por parte de pacientes o sus familiares, con amenazas que van desde simples lesiones corporales hasta amenazas de muerte, y vaya que a algunos les han cumplido”, asegura el jefe de Servicios de Medicina Legal del Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde.
“Si queda mal el paciente o tiene una complicación, se van en contra del profesionista, toman represalias con agresiones o inclusive le dan un tiro. Es muy común, como si fuera uno el que lo lesionó o lo mató, y no el que le dio el balazo o le lanzó la granada”.
El presidente de la Asociación Médica de Jalisco afirma que “hay regiones del estado donde hay más inseguridad. Los más expuestos son los médicos que hacen su servicio social en los pueblos. En algunas zonas, como el Norte de Jalisco, nos han referido que es muy peligroso y que varios pasantes han solicitado el cambio de adscripción”.
En cuanto a las extorsiones, dice que “la seguridad ha repercutido en el sentido de que a ciertas horas de la noche los médicos se la piensan para dar consultas en casas particulares y en algunos barrios conflictivos de la ciudad. Porque varios han tenido experiencias nada agradables y riesgosas”.
En este sentido Bravo asevera: “Voy a ser sincero. A mí si me hablan a medianoche y no identifico al paciente que voy a tratar, yo no acudo a verlo, porque puede ser un gancho para secuestrarme. Antes en cambio lo hacía con toda tranquilidad”.
Agrega que varios médicos, entre lo que se incluye, han recibido llamadas en las que les piden dinero o se les amenaza con secuestrarlos. Incluso hubo intentos de plagio a la luz del día en el mismo hospital. “Esto ha bajado mucho la confianza de seguir ejerciendo la profesión, sobre todo en el aspecto privado”.

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