Una nueva simbiosis global después del Covid-19

La pandemia del nuevo coronavirus es una muestra que en adelante deberemos adaptarnos a un nuevo orden biológico, en el que sin duda llegaremos un día a coexistir con otros microorganismos

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Foto: Cortesía

Rodrigo Ramos-Zúñiga*

Se avecinan tiempos en que tal vez deberíamos adoptar el concepto de una  “nueva simbiosis” en el orden biológico y de los ecosistemas, tal y como lo hacen los economistas y socio-antropólogos cuando existe una sacudida en los mercados o en las fronteras del mundo y postulan el “nuevo orden mundial”.

La naturaleza nos ha dado una lección y más nos vale aprenderla.

Después de la turbulencia global relacionada con la aparición del SARS CoV-2, que ha puesto a prueba y ha rebasado la capacidad instalada de predicción, prevención, contención y mitigación de  las instituciones sanitarias en todo el mundo, pareciera que nos hemos quedado por ahora a merced de un proceso de selección natural, de resiliencia biológica y de resistencia adaptativa de nuestro sistema inmune individual y de la llamada inmunidad de rebaño (como si fuera una vacunación por contacto comunitario, definido por los asintomáticos y los recuperados de la infección).

Esta susceptibilidad tiene un impacto directo en la salud física que se expresa en ley de probabilidades, de factores de riesgo reconocidos y no modificables (la edad por ejemplo), y se ha expresado en la neumonía atípica severa con serias complicaciones en la capacidad ventilatoria. En aquellas personas en las que la sumatoria genera una tormenta “imperfecta”, pero tormenta al fin, es en quienes se presentarían los más altos riesgo de complicaciones y la instalación del compromiso respiratorio, con los riesgos inherentes para la falla orgánica progresiva.

Existen también otros factores modificables pero no necesariamente controlables (libre albedrío), en los cuales interviene la autodeterminación, pero apelando a un marco de prelación del interés en la salud pública y el beneficio común. Y con ello nos referimos a la conducta de los individuos ante un entorno de alerta, tanto en los mecanismos reactivos más primitivos, como en las estrategias con una planeación y ejecución cognitiva precisa.

En este panorama es común que la incertidumbre aparezca en la escena. Llega también como un fantasma que genera un impacto en la salud mental y emocional y tiene también impactos directos en las personas, que se manifiestan en diferentes vertientes: trastornos de ansiedad, crisis de pánico, falta de atención y concentración, agravamiento de síntomas cognitivos, trastornos del sueño y manifestaciones psicosomáticas entre otras.

Si  identificamos el rol corresponsable de los individuos en la sociedad, solo existen dos medidas fundamentales que pudiesen parecer limitadas y poco útiles, pero claves. Sobre  todo cuando nos enfrentamos a un enemigo microscópico, invisible, que no nos da la cara directamente. Estas acciones  guardan una lógica elemental para fortalecer los cercos de propagación: 1) Quedarse en casa; 2) Mantener las medidas de aseo y  protección respiratoria, incluyendo el distanciamiento físico (que no social).

La primera no requiere mayor explicación sino una ratificación en su pertinencia. Pero la última merece un comentario adicional: la traducción del concepto de aislamiento social no es literal para la comunidad latina y se transcribe como un distanciamiento físico de  acuerdo a las indicaciones de las instituciones de salud.

El virus de la incertidumbre solo se puede combatir estando comunicados, cercanos  emocional y afectivamente (y agreguemos virtualmente).

Este distanciamiento físico, pero con cercanía emocional y solidaria, es la mejor medicina para contrarrestar la depresión, la angustia y el pánico.

El cerebro del homo sapiens es de los cerebros más egoístas, que hacen evidente su actitud primitiva en condiciones de riesgo en busca de la sobrevivencia. Esta actitud configura un escenario de riesgo, cuando puede aparecer la conducta predatoria (depredadores que consideran justificada su conducta para mantenerse vivos), a la cual debemos estar atentos y evitar su despliegue encarnizado.

Es a través de la información correcta para la toma de decisiones y la educación emocional a través de la confianza, la justicia, la beneficencia y la equidad social, que se puede lograr.

Curiosamente estas premisas forma parte del principialismo bioético, que es más considerado en los códigos conductuales y dentológicos de la cultura occidental, y procura fortalecer los valores inherentes al ser humano, particularmente en su dignidad.

La resiliencia en un origen biológico postulada por Darwin, y que expresaba una tesis evolutiva en las especies, se sustentaba sobre todo en la capacidad de adaptación.

De esta misma forma, la resiliencia cognitiva y emocional nos propone un panorama que puede ser promisorio, no solo si resistimos a los embates de las crisis, sino que además tengamos la capacidad de aprender, desaprender (descolonizar) y salir fortalecidos, como individuos y como sociedad.

Seguramente esta nueva forma de convivencia con nuestro microbioma, así como con los ecosistemas con que compartimos espacios y ambientes con otras especies, nos llevará a recordar siempre y de una vez por todas, que no somos superiores en un sentido  jerárquico, sino en un sentido de responsabilidad.

Que debemos adaptarnos a un nuevo orden biológico en esta “nueva simbiosis”, en la que sin duda llegaremos un día a coexistir con otros microorganismos, sin tantos daños colaterales derivados de esta nueva convivencia.

Debemos respeto a la naturaleza (incluyendo la que no vemos a simple vista), de la misma manera que respetamos a nuestros congéneres.

 

*Profesor Investigador del Departamento de Neurociencias, del Centro Universitario de Ciencias de la Salud

 

 

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