Postales del año de la peste

La historia y la vida nos muestran, con tan sólo ver al pasado y hacer analogías, que la nueva normalidad o anormalidad es una situación que la humanidad ya ha vivido, periódicamente, y que, con toda seguridad, seguirá viviendo

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I

Ante todo, la incertidumbre. Bueno, también la zozobra. Y el miedo, por supuesto. La vorágine de sensaciones no cesa: incertidumbre, zozobra, miedo. Ante tal aluvión, somos reclusos. Somos rehenes. Somos experimentos. Puertas adentro, confiamos, no entra el mal. Puertas afuera, sabemos, anda a sus anchas. Todo aquel que camina por la calle es un potencial agente de transmisión. Todo aquel que se guarda minimiza esta posibilidad. La reclusión, pues, parece ser hasta ahora la luz que buscamos. ¿Seremos protagonistas de algún entramado de ciencia ficción? Lo dudo.

II

«Además, la población observó con gran inquietud que el número general de muertes aumentó mucho durante esas semanas […] Sus familiares trataron de ocultar el hecho tanto como les fue posible, pero el asunto se divulgó en boca de los vecinos…».

[Daniel Defoe, Diario del año de la peste]

Foto: Abraham Aréchiga

III

Las mañanas, desde marzo pasado, no son las mismas. En general, los días no son lo que solían. Aquella primera noticia sobre un nuevo virus en una población china se ha perdido en el carrusel de los acontecimientos que le han sucedido. Sin embargo, la explicación a este desasosiego que nos embarga tendría que provenir precisamente de allí: porque el enfrentamiento a lo desconocido, más que a cualquier otro ente, nos coloca en una situación altamente vulnerable: somos el pato que confiado alza el vuelo pero que es acechado desde la maleza por los cazadores con el rifle dispuesto por encima del hombro y la mira clavada.

IV

«Advertimos entonces que la infección se fortificaba principalmente en los barrios de extramuros: como eran muy populosos y estaban llenos de pobres, la enfermedad los consideró mejor presa […] El aspecto de las cosas estaba muy trastornado; la pena y la tristeza se instalaron en cada rostro […] Notamos también que la peste se acercaba a nosotros».

[Daniel Defoe, Diario del año de la peste]

Foto: Abraham Aréchiga

V

Alergias. Las alergias me atacan un día sí y otro no. Soy vulnerable a cambios bruscos de temperatura, al ataque de una inocente nube de polvo, al aroma pútrido de numerosas flores, a una brillante luz repentina que me enceguezca, y a tantas otras calamidades más. Alérgico como soy-voy por el mundo lagrimeando y dando estornudos a izquierda y derecha, al sur como al norte, y las miradas de la gente, por estos tiempos, se dejan caer en picada sobre mí con un afán de aniquilación y más de alguno me rodea o se aleja presuroso como si llevara la marca de la peste en la frente.

VI

«Era muy mala época para estar enfermo, porque si alguien se quejaba, de inmediato se decía que estaba apestado».

[Daniel Defoe, Diario del año de la peste]

Foto: Gustavo Alfonzo

VII

Una ventana. Tal vez es ahora, este medio, lo que mayormente nos vincula con el afuera. Pararse ante la ventana para hurgar la realidad, para escapar por instantes al confinamiento. En ciertos momentos durante el día camino a la ventana, miro con atención a la calle y vuelvo al escritorio, al trabajo. Traigo de allá algo, lo suficiente para continuar con la jornada, lo suficiente para minimizar la extrañeza y el vacío que cada día se agrandan y oscurecen lo que nos rodea, y cercan lo que está a la mano. Al volver de esa visión me digo que queda todo por vivir, sí, pero en la medida en que sepamos no morir. «Quizá los vivos, entre menos viven, más los buscan los muertos», escribe Jesús Gardea en El tornavoz.

VIII

«Por la noche me despierto sobresaltado por la desesperante falta de contenido de mis días. Como si algo se agudizara en mí (sólo puedo formularlo de este modo). ¿Se prepara algo? ¿O todo lo contrario? Sólo algún minuto radiante ilumina a veces la oscuridad carcelaria de mi tiempo».

[Imre Kertész, Diario de la galera]

Foto: Abraham Aréchiga

IX

El tiempo está abolido. No tenemos tiempo. El tiempo, como lo conocemos, ya no lo es más. Se quedó en el algún punto y ahora ya no nos acompaña, ya no nos acomete ni vigila lo que hacemos. Andamos solos, a donde sea que caminemos. Hay solamente de dos sopas: hacer como que no pasa nada o hacer como que pasa todo. Esta es, tal vez, la tesitura de estos tiempos. Hay quien le hace a la paranoia, y hay quien el virus le hace lo que el viento a Juárez. Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar, porque en el sucederse de los días hay como una venda que impide vivir precisamente estos días.

X

«Cada habitante cuidaba de sí y de su familia como en una situación de extremo peligro, que claramente se veía venir. Si fuera posible representar con total exactitud aquellos tiempos para quienes no los vieron, y dar a los lectores una idea verdadera del horror que en todo se manifestaba, se dejarían profundas huellas en los espíritus… Bien puede decirse que Londres entero lloraba. […] Los gritos de mujeres y niños en las ventanas o puertas de las casas donde sus parientes más queridos agonizaban o ya muertos se escuchaban con tanta frecuencia que bastaban para atravesar el corazón más firme del mundo».

[Daniel Defoe, Diario del año de la peste]

XI

No es que estemos condenados, pero Epicuro dice que no se debe temer a la muerte, pues mientras nosotros somos ella no es y cuando ella llega nosotros ya no somos y, por tanto, no puede hacernos daño, porque ya nada tenemos que ver con ella.