México en la soledad del laberinto

En su primer trabajo ensayístico, publicado en 1950, Octavio Paz se reveló como un ser de historia y de mitos, como un ser de percepciones y de experiencias profundas con la palabra que aún siguen vigentes en nuestro México actual

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A la izquierda la primera edición de 1950, a la derecha "Postdata" de 1970, en que Paz amplía sus reflexiones sobre la historia mexicana.

Hace setenta años que apareció El laberinto de la soledad, del poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998). En su primera edición, el libro presentaba ocho capítulos. Nueve años después, en 1959, fue publicada la segunda edición, ampliada y corregida, con un Apéndice: “La dialéctica de la soledad”.

Sobre este primer trabajo ensayístico de Octavio Paz, se han hecho críticas favorables y críticas desfavorables, acerbas, incluso cáusticas, como la que le hizo Jorge Aguilar Mora en su libro: La divina pareja: Historia y mito. Valoración e interpretación de la obra ensayística de Octavio Paz.

Con base en lo que exponen los ocho capítulos, llevaría a pensar que El laberinto de la soledad es una obra sociológica, antropológica, psicológica, histórica y filosófica; pero no es así. La obra no es producto de un especialista, y tampoco es la obra de un académico. Antes bien, es la creación de un poeta, de una persona audaz e inteligente que combinó diversos saberes para expresar la visión de sus pensamientos. Como personalidad de la cultura mexicana en que se asumía Octavio Paz, con apenas treinta y seis años de edad, en El laberinto de la soledad se reveló como un ser de historia y de mitos, como un ser de percepciones y de experiencias profundas con la palabra.

En la “Nota” previa que aparece en Posdata (1970), un libro que guarda relación de continuidad con El laberinto de la soledad y donde Paz sigue reflexionando sobre varios hechos relevantes de la historia mexicana, el autor nos recuerda que en El laberinto de la soledad lo que hizo fue “un ejercicio de la imaginación crítica: una visión y, simultáneamente, una revisión”. Esto mismo le permitió enfatizar una tesis suya que dice: “El mexicano no es una esencia sino una historia”.

Como todos los trabajos que son prosa de ideas, El laberinto de la soledad presenta aspectos diversos que no conllevan la misma intención ni provocan el mismo interés en sus lectores; son, por esto mismo, perspectivas que permiten alcanzar una cierta valoración analítica en términos de distanciamiento y diferenciación, así como de cuestionamientos en oposición argumentativa. Asimismo, en tales perspectivas se pueden observar los signos propios del cambio y la alteridad, es decir, los signos de la Historia y de las historias de otros tiempos. No obstante lo insostenible que puedan resultar algunas de las tesis que en la obra aparecen, hay otras que aún continúan vigentes; sobre todo, existen poderosas interrogantes, como estas: “¿para qué buscar en la historia una respuesta que sólo nosotros podemos dar? Si somos nosotros los que nos sentimos distintos, ¿qué nos hace diferentes, y en qué consisten esas diferencias?”

Hace medio siglo que Paz se preguntó, en esa misma “Nota”: “¿seremos al fin capaces de pensar por nuestra cuenta? ¿Podremos concebir un modelo de desarrollo que sea nuestra visión de modernidad?”

El contexto en que colocó tales cuestiones presenta los desequilibrios sociales y culturales que han permanecido desde entonces entre nosotros, donde advierte: “en estas tierras nuestras hostiles al pensamiento han brotado, aquí y allá [sin interrupción], poetas y prosistas y pintores que son los pares de los mejores en otras partes del mundo” (subrayado nuestro). En pocas palabras, en cuanto a obras de arte, México tiene personalidades que lo han representado históricamente en todo el mundo. Pero en torno al pensar, al hacer conceptualmente obras, dichas interrogantes continúan acechándonos. En estos momentos de nuestra historia nacional, el pensar activa y productivamente sigue siendo una exigencia pertinente.

Apoyándonos en el capítulo IV, “Los hijos de la Malinche”, del Laberinto de la soledad, donde Paz hace un análisis puntual respecto del “grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones”, diríamos que es preciso dejar de expeler nada más que resentimiento y odio contra los otros —y contra nosotros mismos.

De permanecer atorados en este lenguaje de “altisonantes palabras”, ambiguo y sin ideas que surjan del pensamiento —y no nada más de la emoción—, al mismo tiempo que envueltos por nuestras angustias y frustraciones cotidianas, me parece que continuaremos padeciendo la soledad con la sensación de estar atrapados, presos de un cierto laberinto que no nos atrevemos a conocer ni a comprender, y que es el laberinto-mundo, el laberinto-pensamiento, el laberinto-Historia, el laberinto que hay dentro de nosotros mismos.